ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
«Más que una tarea, este es un compromiso con mi padre», enfatiza Labrada Coronado. Foto: Hidalgo Rodríguez, Anaisis

A veces, uno no elige el oficio, sino que el oficio lo elige a uno o, más bien, lo hereda, no para exhibirlo como reliquia de museo, sino como quien carga con un peso entero en la espalda antes de aprender a caminar.

Esa es la historia de Humberto Labrada Coronado: la de un hombre al que le fue entregado un legado que pesa como la tierra mojada después de la lluvia, y que aprendió que el único modo de honrarlo es el trabajo.

Su origen no provino de un título de propiedad, sino de las manos de su padre, que antes de los 20 años ya administraba una granja y fue, en su tiempo, el presidente de Gobierno más joven de Granma, con solo 27 años; un hombre que transformó el fondo habitacional de Jiguaní y dejó huella en el pueblo; humilde, capaz, de visión larga, que lo único que le enseñó fue una sola e inamovible lección: trabajar.

«No me enseñó otra cosa», afirma Labrada Coronado. Y esa frase, dicha con sencillez, es la clave de su existencia, desde que rompe el alba hasta que el cielo se cubre de estrellas.

La infancia de Humberto Labrada Coronado transcurrió al calor de esa doble herencia: por el lado materno, la firmeza de un abuelo agricultor, un hombre de una sola profesión y de una sola palabra, y del otro lado, el ejemplo de su padre, un hombre que hizo florecer pueblos y parir la tierra; de manera que, para hablar de sí mismo, tiene que volver una y otra vez a sus raíces. Así, sin que él lo decidiera del todo, su camino ya estaba trazado.

Pasó por la escuela vocacional, por el servicio militar, en el que se hizo energético, y a los ocho días de licenciarse ya estaba trabajando al lado de su padre, en la Empresa Avícola de Granma. No hubo pausa. No hubo respiro, solo el afán de continuar sus pasos.

Luego llegó la tierra. Primero una finca en la zona de Cautillo, Jiguaní, un lugar de acceso difícil y sin corriente eléctrica. Después, permutó por otra, allá arriba, en La Caridad de el Dátil, Bayamo, de unas ocho caballerías de tierra que eran solo marabú y escombros cuando la recibió, y que hoy es un exponente ganadero y de cultivos varios.

Extensión de esta es la finca Bella Aurora, también en la Ciudad Monumento Nacional, gestada por su padre, quien desarrolló la ceba de toros y de forma empírica la producción porcina y avícola.

En La Caridad de el Dátil, Humberto estableció su familia. Su esposa –una licenciada en Biología Química, intensivista, pediatra– que dejó su profesión para seguir sus sueños y se plantó en medio de aquel monte. Ambos se entregaron en cuerpo y alma a transformar aquel paraje inhóspito. Al mes, ella salió embarazada, de manera que su hijo menor tiene, simbólicamente, la misma edad que esa finca que brotó de la nada.

«Lo que tenía por delante era marabú. Nadie le da a uno una finca roturada, pero aquello había que convertirlo en sustento». Y así lo hicieron. Desarrollaron la siembra del plátano extradenso y otros cultivos varios; y cuando el ciclón arrasó con todo, volvieron a empezar.

Cuando su padre falleció en 2024, Labrada Coronado también asumió su finca. No podía dejar atrás lo que su padre hizo. No por obligación, sino por principio.

«Después de sacrificar a mi esposa y a mis hijos durante 15 años, no podía deshacerme de algo que nos costó tanto trabajo. No se trata de poseer dos fincas, es que no sé hacer otra cosa, y ahí estaba la mano del viejo», aclara.

Su reloj no marca vacaciones. Tiene un despertador que suena a las 4:30 de la mañana y una jornada que se extiende hasta bien entrada la noche, lo cual obliga a su esposa, en repetidas ocasiones, a llevarle la comida y ropa limpia, porque a él no le alcanza el tiempo para pasar por casa.

Le place saber que no es un hombre solo. A su alrededor, una estructura familiar se ha ido forjando en ese mismo yunque. Su hijo mayor trabaja a su lado. El que acogió de un año, hoy asume la responsabilidad de la otra finca bajo su guía, y el más pequeño, de 16, sabe que le tocará llevar el timón de todo lo construido. Humberto no les ha legado una fortuna, sino la voluntad de no rendirse.

Su vínculo con la comunidad es otro capítulo de esta misma historia. Las dos fincas son altas productoras y tienen un destino claro: concurrir con parte de las producciones a la Plataforma Alimentos Cuba, y, en mayor medida, abastecer el mercado de Bayamo que radica en calle Saco, hogares maternos y de niños sin amparo familiar que hoy devienen puntos de encuentro entre el campo y la mesa.

Cuando indago por el legado que sueña dejar más allá de la tierra, Labrada Coronado no habla de hectáreas ni de fincas ni de dinero, porque asegura: «con esto nadie se vuelve rico». Habla de inculcarles lo mismo que él recibió: «Que sean hombres de bien, consagrados al trabajo, estén donde estén. Ese es mi sueño».

Y luego, como si fuera un apunte menor, habla con brillo en los ojos de cuánto ha crecido la finca: las minindustrias, el matadero de aves que su padre concibió y que hoy se convierte en planta de procesamiento de frutas, la guayaba que se lava en la misma máquina que antes pelaba pollos, la planta de hielo que está por montar... y una respira en él esa capacidad de transformar lo que ya existe, de no desperdiciar nada, de encontrar siempre un propósito para seguir adelante.

Al preguntarle qué siente al palpar el crecimiento de ambas fincas, responde: «Como lo haces día a día, no te das cuenta. Cuando te pones a pensar en una pregunta como esa, entiendes que verdaderamente hay un sacrificio grande detrás de todo esto. Te puedo decir que mi esposa lo ve más que yo. Yo lo percibo como algo normal que tenía que hacer, y lo hice sin mirar para atrás», afirma.

La historia de Humberto Labrada Coronado es la de un hombre que entendió que el mayor peso no es la carga que se lleva, sino la que se abandona. Y por eso no ha dejado de caminar. Porque lo heredado se preserva, se cuida. Cuidarlo, en su idioma, significa estar allí cada día, antes de que salga el sol, con las manos listas para seguir sosteniendo lo que su padre, antes que él, comenzó a levantar.

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