Abril siempre ha sido mi mes preferido, y no todo tiene que ver con el especial detalle de que, dentro de él, una tarde despejada y tranquila, desembarqué en este mundo, por el cual damos un breve paseo antes de irnos al reciclaje obligatorio de la vida. Sucede que, cumpleaños aparte, abril me trae recuerdos muy gratos. En el marco de esos 30 días han pasado muchas cosas que vale la pena recordar.
Mi generación podemos decir que es sensible a los abriles, todos crecimos con esa primera semana llena de festejo y ajetreo juvenil.
Siempre que se acerca el día 4 se animan las escuelas, los barrios y miles de otros lugares en los que los jóvenes se aprestan a festejar, porque en verdad vale la pena el festejo y es válido sabiendo que pocos lugares del mundo dedican una jornada a sus retoños, declarándolos las personas más importantes que son, y pensando en ellos como la prioridad y el sostén de la patria toda.
Abril, si eres cubano, te ha de sonar bonito, aunque lo escuches desde lejos. No podrás ignorar el recuerdo que llega trayendo de regreso la algarabía del parque en el cual había una piñata o un grupo de payasos, ni el patio de la escuela con fiesta de disfraces, con dulces, con maestros capaces de inventar soluciones felices que burlan cercos y derriban muros.
Abril trae olor a acampadas, a bicicletas, limpieza de caña, recogida de papa, fiestas de medianoche, homenajes, noviazgos y algún que otro divorcio, que para que haya abril tiene que haber de todo.
No fue, ni ha sido fácil, preservar este abril, salvarlo de los vientos que vienen desde el norte, incluso fue preciso hasta pelear bien duro, también dentro de abril y sobre las arenas, para evitar que algunos –cambiados por compotas– nos privaran de todas estas cosas de las cuales escribo.
Así que ya lo saben, compartan la alegría.

















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