ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Siempre hay una ambulancia que arranca, un médico a bordo, un paramédico que conduce. Foto: Ortelio González Martínez

Cuando en el teléfono marcas el 104, del otro lado de la línea no solo contestan operadores. Contestan historias. Y, en Ciego de Ávila, esas historias llevan más de una década sin escribir la peor de todas: la de un fallecido a bordo de una ambulancia.

El licenciado en Enfermería –y en Economía– Reimundo Pineda Estrada, al frente de Recursos Humanos de la Base Regional de Ambulancias de Ciego de Ávila, lo dice con la seguridad de quien conoce cada estadística, cada ruta, cada hombre y mujer que compone el Servicio Integrado de Urgencias Médicas (SIUM) en la provincia, del cual es fundador.

«Hasta este momento no hemos tenido pérdidas de vidas humanas durante el traslado hacia los centros asistenciales», afirma. Y la frase, dicha así, sin aspavientos, pesa como un lingote. Porque detrás de esa afirmación hay diez años de estadísticas, dos lustros sin un suspiro final dentro de una unidad móvil, con miles de pacientes trasladados dentro de la provincia y fuera de ella.

Diez años en más de 6 000 kilómetros cuadrados de geografía avileña —y más allá de los límites de la provincia—, cifras que ningún parte médico puede reflejar del todo.

MINUTOS CRUCIALES

En la Base Regional de Ambulancias, en la ciudad de Ciego de Ávila, 2025 fue un año de cifras con discretas mejorías: 450 emergencias, 3 533 urgencias, 367 traslados no urgentes.

«Diariamente hacemos de tres a cuatro emergencias y hemos salvado muchas vidas», resume Reimundo. Y en esa síntesis cabe todo: el llanto, la prisa, el vértigo de las madrugadas…

Este 2026 comenzaron con cuatro carros nuevos. «El servicio va a ser mejor», promete el Director de la Base, Yeinier Vidal Ferrales, licenciado en Enfermería, quien camina entre vehículos con la mirada entrenada para detectar lo que falta, lo que duele, lo que urge.

El promedio de rescate dentro de la ciudad es de siete minutos con cinco segundos; fuera de esos límites, 19 minutos; o lo que puede ser lo mismo que la frontera entre la vida y la muerte.

«No se trata de llegar muy rápido, como locos, a riesgo de un accidente», advierte la doctora Maikelis Oliva Salazar, jefa de Asistencia Médica del SIUM. Y suelta una máxima que es casi un código de honor: «Los rescatistas no podemos morir en el intento o después de haber socorrido a alguien».

Suena frío. Pero es pura humanidad, porque en una escena de accidente múltiple, lo primero es salvar al que puede salvarse. Después, recoger a los fallecidos.

En esos minutos cruciales, desde el Puesto de Mando, especialistas evalúan cada llamada. Según la gravedad, uno de ellos monta en la ambulancia. «Asiste al paciente en el lugar donde esté, para realizar los procederes de la mejor manera; de ese actuar también depende la vida», explica Oliva Salazar.

LOS QUE CONDUCEN CON EL ALMA

Si hay una figura medular en esta historia, silenciosa, versátil, esencial, es el paramédico integral. El chofer que también es enfermero, mecánico, sicólogo de emergencias, héroe anónimo.

Pineda Estrada simultanea el oficio con el de Recursos Humanos del SIUM, los conoce bien. Sabe sus nombres, sus historias, y, sobre todo, sus esfuerzos.

«Los paramédicos no duermen. Conducen, vigilan al paciente, ayudan al enfermero a manipularlo. Han pasado el mismo Diplomado que médicos y enfermeros. Saben de instrucciones médicas. Y, cuando el carro se poncha a las dos de la madrugada, bajan, se ponen el overol, cambian el neumático, y siguen. Sin embargo, el salario es mucho menor que el del enfermero o el médico. La diferencia no debiera ser tan grande. Ellos tienen un sentido de pertenencia».

Manuel Cañete López conduce la única ambulancia existente en el municipio de Bolivia, la 030. Llegó a la Base Regional de Ciego de Ávila en el momento de la visita del reportero, al timón de una Jimbei que «ha salido buenísima», comenta.

«Siempre estamos encima de ella para mantenerla, pese a los pocos recursos disponibles». Manuel es paramédico desde 2008. «A quien no le gusta el oficio, no puede realizarlo. Yo me pongo en el lugar del paciente. Cuando uno de ellos monta, por muy grave que esté, es mi responsabilidad que llegue vivo al centro asistencial».

Hoy viaja con Dalia Alejandra, una bebé de dos meses con parálisis facial, y Teresa Sulueta Duque, de 68 años, operada de cadera. Dos pacientes, un mismo viaje. Distintas atenciones y optimización de los recursos.

Lleva 43 años en servicios de ambulancia. «Cuando concluí el servicio militar en Etiopía, este fue mi primer oficio», comenta con orgullo visible Eliover Villa Zamora.

Ha visto de todo. ¿Lo más impresionante? Los accidentes de trenes en la zona de Tablones, cercana al poblado avileño de Jicotea. Muchachos jóvenes del servicio militar a un lado y otro de la línea férrea y dos locomotoras como fundidas, después del choque.

Le preocupa la indisciplina vial por parte de otros. «Las rastras y los camiones privados andan como bólidos, y no respetan cuando la ambulancia pide vía».

Adrián Noa Amor, el niño que se ilusionó con las ambulancias, es chofer de una de ellas desde hace 30 años. «Cuando pequeño, tuve una sepsis generalizada y me trasladaron a La Habana en una ambulancia. Se me quedó aquello en la mente y logré cumplir el sueño. Aquí me ve».

Habla el mismo lenguaje de sus compañeros. Coincide en señalar la creciente indisciplina vial, sobre todo de las motorinas suicidas, que son capaces de tirarse delante de la ambulancia; de las rastras y los camiones que transportan pasajeros; también coincide en que el salario es muy bajo para la «labor que desempeñamos: entramos al hogar, atendemos al paciente, manejamos y somos los máximos responsables de que la misión humanitaria llegue a feliz término».

A Margarito Rodríguez Turiño le llaman el Novio de la Intensiva. Entraba de guardia cuando lo encontramos. Lleva desde 1990 como paramédico. «Siempre me gustó manejar ambulancias. Soy chofer del carro intensivo. Tiene cuatro choferes, pero lo cuidamos, aunque sea una novia para cuatro novios».

Sus casos más difíciles: el accidente del tren en Tablones y el choque de los dos ómnibus con trabajadores de los cayos del norte de Ciego de Ávila.

Explica que, en caso de accidente, socorren primero a las embarazadas, los niños, las mujeres. Esa máxima, dicha con la naturalidad de quien la ha aplicado decenas de veces, condensa toda una filosofía.

EL FOTÓN OBLIGADO

Entre el parque automotor –Fotones, Mercedes Benz, Maxus– hay uno que, no por ser el preferido, en tiempo de escasez es el más indicado: un Fotón antiguo, menos gastador que los modernos. «Ese es el carro que ahora sacamos más fuera de provincia», confiesan.

A La Habana no solo llevan pacientes. Traen insumos médicos, sangre, medicamentos en falta... Optimizar es la consigna. «De una función hacemos tres», resume la doctora Oliva.

El servicio no discrimina: trasladan pacientes desde las áreas de Salud, retornan a quienes estuvieron hospitalizados en otras provincias, mueven órganos, atienden eventos deportivos nacionales e internacionales, actos políticos. Cobertura total.

Y cuando no hay urgencias, están los «casos sociales»: el encamado que permuta, el enfermo crónico que necesita una consulta en la capital, el familiar que gestiona un turno quirúrgico. La ambulancia, entonces, también es un puente.

LA OTRA BATALLA

La batalla no es solo contra la muerte, la indiferencia en la vía, la falta de recursos, la obsolescencia tecnológica, los bajos salarios.

Los días de paralización en la Base de Ciego de Ávila duelen en las estadísticas, pero duelen más en las guardias, cuando un carro menos significa más presión para los que quedan; duelen por el bloqueo injusto de EE. UU., que no deja llegar las piezas y equipos a bordo de las ambulancias.

El coeficiente de disponibilidad técnica del 40,22 % es una condena silenciosa. Significa que una gran parte del tiempo las ambulancias están inmóviles mientras afuera la vida sigue, los accidentes ocurren, los infartos no esperan; los niños por nacer tampoco.

Aun así, cuando suena el 104, alguien contesta. Y cuando la clave once irrumpe en el tráfico, un hombre como cualquier otro hombre digno, conduce y lleva en sus manos la vida de otros, porque siempre, siempre, hay una ambulancia que arranca, un médico a bordo, un paramédico que conduce y repara, y reanima y contiene.

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