
Sancti Spíritus.–Cuando al llegar a su casa, en el reparto Los Olivos 1, y percatarse de que en el bolsillo trasero de su pantalón no estaba esa inseparable billetera que lo acompaña a todas partes, Luis Cruz Rodríguez sintió que el mundo le caía, literalmente, encima.
Descartando la idea de que un maleante lo haya «cartereado», se inclinó por la hipótesis de que se le hubiese caído mientras pedaleaba, procedente del reparto conocido como Kilo 12.
Por cierto, lo que más le angustiaba no eran los «kilos» (en billetes) con que en estos duros tiempos suele andar la ciudad un hombre jubilado como él. Le preocupaban, además, el carné de identidad, el de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, la tarjeta de banco, otros documentos de gran valor sentimental…
«Esa noche no pude dormir», me cuenta mientras conversamos en la recepción del inmueble que ocupa la Delegación Provincial del Ministerio de Transporte, en cuyo puesto de mando labora para incrementar un poquito sus ingresos personales y, de hecho, familiares.
Entre otras cosas, le atormentaba la idea de enfrentar engorrosos trámites para la confección de nuevos documentos, sobre todo en momentos como estos, signados por prolongados apagones que impiden la estabilidad en casi todas las actividades productivas y de servicios.
Angustiada, su esposa lo observaba, sin hallar forma alguna de consolarlo, hasta que apareció…
UN ÁNGEL INCÓGNITO
Se encontraba Luis precisamente en las oficinas de trámites del carné de identidad, para comunicar la pérdida, cuando recibe una llamada desde la casa.
Un vecino acababa de aparecer con la billetera, intacta, en sus manos. Faltó poco para que Luis se pellizcara el antebrazo con la intención de ver si era cierto o si soñaba.
«Guiándose por la dirección del carné de identidad, un hombre, desconocido, se había presentado en la casa del mencionado vecino, para entregar mi carterita.
«Pero… «¿Quién es?, ¿cómo se llama?, ¿dónde vive?, ¿cómo puedo verlo?» pregunté de inmediato a mi amigo, y me respondió que tampoco él sabía nada; solo que el hombre se había encontrado la billetera cerca de la Feria y que había venido desde Banao para entregarla.
«Es obvio que no quiso dármela directamente para que yo no le fuera a agradecer su noble acción con dinero o de alguna manera parecida, concluí mientras razonaba el asunto con mi vecino».
Solo que la gratitud, cuando es auténtica de verdad, no se rinde. Y horas después Luis caminaba rumbo a Radio Sancti Spíritus. Si no podía darle a aquel «ángel incógnito» el tronco de abrazo que tanto hubiera deseado, al menos podía llevarlo al éter, «para que todo el mundo supiera que, a pesar de estos duros tiempos, en nuestra sociedad sí hay muchas personas honradas, sensibles, con valores, capaces de tener gestos tan sanos y desinteresados como ese».
El dinero que había dentro de la billetera tenía un monto, una cuantía. Haberla hallado, conservarla, regresar luego desde el poblado de Banao (a unos 17 kilómetros) y devolverle la tranquilidad a un humilde jubilado, es una especie de «transferencia millonaria de valores» o lo que es igual: algo imposible de cuantificar en metálico porque, sencillamente, «no tiene precio».

















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