Un viejo proverbio hace constar que, como norma, solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena.
Pareciera que ese refrán también le viene «como anillo al casco de los bueyes».
Incondicional desde tiempos remotos para infinidad de labores agrícolas, el paciente animal atrae una vez más miradas en la palestra nacional.
Condiciones muy parecidas –tal vez más agudas aún– a las que vivió Cuba en la crucial década de 1990, hacen que el agro vuelva ojos (nunca debió quitarlos) hacia el uso del buey.
En declaraciones recientes a la prensa espirituana, por ejemplo, Juan José Nazco González, delegado de la Agricultura en el territorio, habló de seguir preparando animales, en virtud de un programa, aun cuando la provincia registra alrededor de 6 000 yuntas.
Es obvio que nadie compararía la productividad de un tractor con la de una yunta de bueyes.
Lo que, sin embargo, sí se me ocurre comparar es la situación de quienes hoy no tienen «ni una gota de petróleo» para hacer funcionar la maquinaria, y quienes pueden realizar determinadas labores mediante la tracción animal.
Aparentemente «atrasado», el campesino siempre ha estado delante. Acaso ahí anide una de las razones por la cuales, bajo cualquier circunstancia, con sequía o sin ella, siempre tiene su pedacito sembrado, en producción, aportando frutos… sin que, en el plano personal, renuncie al sueño de tener su tractor, modernos implementos agrícolas, riego electrificado…
Recuerdo que en el llamado periodo especial, estatalmente se les dio tremendo impulso a los centros de doma, a la preparación de yuntas de bueyes, a la formación de boyeros, a la fabricación de arados para asegurar diferentes actividades con la tierra y los cultivos.
Pero el «desarrollo» es el desarrollo, y los almanaques fueron aporcando piedras sobre muchas de aquellas salvadoras experiencias, hasta sepultarlas totalmente en no pocos lugares.
¿Quién no recuerda la azul llama con que en muchas partes se llegó a cocer alimentos gracias al uso del biogás? La pregunta, en cambio, es: ¿Perduró la enseñanza? ¿Mantuvo su utilidad como solución hasta hoy o estamos tratando de «redescubrir el agua fría» otra vez, repisando idéntico sendero?
La situación en torno a los molinos de viento no parece ser muy diferente… por apenas situar otro ejemplo.
Para municipios como el de Yaguajay (con una proporción de más de dos cabezas de ganado por habitante) no debe resultar tan difícil eslabonar las ideas y acciones que lleven a disponer de más yuntas de bueyes para enfrentar momentos críticos con el combustible y la maquinaria, como está ocurriendo ahora mismo.
Otro panorama, desde luego, signa a quienes no han logrado fomentar, y sobre todo proteger, su masa ganadera.
Ya no se trata de que «el río suene» o de «truenos en la lejanía». El problema está (ha vuelto a estar) aquí. Y la solución, obviamente, no debe ser invocar a Santa Bárbara para implorarle milagros, sino afincar bien las botas en el suelo y echar pa´lante.
Pareciera que el buey lo advirtió hace años, décadas… pero, por lo visto, no todo el mundo le hizo caso.


















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