ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Si los jóvenes están formados en la historia de su patria, si conocen los rostros de sus héroes, si saben diferenciar entre las dificultades propias y la agresión extranjera, entonces el golpe blando no funciona. Foto: Dunia Álvarez Palacios

En los laboratorios del norte, en esos think tanks donde hombres en trajes «juegan» con mapas y recursos ajenos, descubrieron hace años el secreto mejor guardado de la política: no hay mejor combustible para derribar un gobierno que el dolor verdadero de su pueblo.

Y no me refiero a dolor inventado. Me refiero a necesidades que hacen difícil la vida, a la inflación que vacía bolsillos, carencias que complican la adquisición de productos elementales. Esas heridas son tan reales como la tierra que pisamos. El truco no está en crearlas –aunque también, porque el bloqueo y las sanciones aprietan donde más duele–, sino en montarse en ellas como jinete en caballo ajeno y dirigirlas hacia la zanja.

El método tiene nombre y apellido: Gene Sharp escribió el manual, y la cia y la otan lo imprimieron. Pero el verdadero artefacto explosivo no es el libro, sino la receta que contiene.

Primero, identificas una necesidad objetiva. En Serbia eran las sanciones que habían empobrecido al país; en Ucrania, la corrupción que gangrenaba al Estado; en Georgia, elecciones que apestaban a fraude. Todas ellas, demandas legítimas. Todas ellas, clamores que merecían respuesta.

Segundo, buscas jóvenes. No militantes experimentados, no cuadros políticos. Jóvenes de clase media, despolitizados, que se muevan más por la moda que por la ideología. Les das un logo atractivo –un puño cerrado en Serbia, una rosa en Georgia–, y los lanzas a la calle con un discurso simple: «Queremos lo justo».

Tercero, amplificas. Las cámaras de cnn, los micrófonos de la prensa «libre», los reflectores de las ong que florecen como hongos después de la lluvia –Usaid, ned, iri, Open Society– se encargan de convertir una protesta juvenil, estudiantil, o de alguna minoría, etnia o grupo social, en un terremoto global.

Y cuarto, desvías. Porque lo que comenzó pidiendo empleo, termina exigiendo la cabeza del presidente. Lo que empezó como una queja por el costo de la vida, se transforma en una «revolución por la democracia». Y los jóvenes, honestos en su dolor, ni siquiera advierten que su angustia legítima está siendo orquestada desde embajadas.

¿Suena conocido? Es el libreto de siempre. Los muchachos de Otpor, en Belgrado, lo aprendieron del coronel Robert Helvey, un militar retirado que enseñaba cómo convencer a los policías de que «todos somos víctimas». Luego Srdja Popovic y sus muchachos fundaron Canvas y viajaron por el mundo adiestrando a otros: a los de Kmara, en Georgia; a los de Pora, en Ucrania; a los estudiantes venezolanos que recibieron cursos intensivos en 2005 mientras las partidas de Usaid se multiplicaban.

El patrón se repite como un disco rayado. Buscan un país con recursos estratégicos –petróleo, gas, posición geopolítica incómoda–. Esperan el momento de más tensión y, cuando el descontento real –ese que duele de verdad, el de la nevera vacía– se junta con la manipulación mediática y el financiamiento externo, entonces encienden la mecha.

Lo vimos en Ucrania en 2004, cuando la Revolución Naranja prometió Europa y trajo oligarcas. Lo vimos en Georgia, cuando la Revolución de las Rosas instaló a un presidente que abrió las puertas a las multinacionales. Lo vimos en Kirguistán, cuando los tulipanes se marchitaron dejando la misma corrupción de antes. Y lo vimos fracasar en Bielorrusia, en Irán, en la Venezuela de Chávez y Maduro.

Y, precisamente, esta es la lección que no enseñan en las academias del norte. El manual de Sharp tiene un punto ciego, una debilidad que los estrategas de escritorio no logran comprender: cuando un pueblo tiene conciencia, la orquesta desafina.

Porque si los jóvenes están formados en la historia de su patria, si conocen los rostros de sus héroes, si saben diferenciar entre las dificultades propias y la agresión extranjera, entonces el libreto se rompe. El dolor sigue doliendo, las necesidades siguen apretando, pero el jinete foráneo se queda sin caballo.

No es que en Cuba falten problemas. No es que el bloqueo no apriete. No es que la juventud viva en una burbuja de felicidad mientras afuera ruge el imperio. Las necesidades objetivas existen, y sería necio negarlas. Pero la diferencia –la enorme, la insalvable diferencia– es que este pueblo aprendió hace mucho a distinguir entre quién sufre con él y quién quiere usar su sufrimiento para enterrarlo.

Por eso, cuando el imperio reparte sus manuales y financia sus ong, y entrena a sus muchachos con logos coloridos, choca contra un muro de memoria. Porque aquí la mayoría de los jóvenes sabe que ningún color prestado vale lo que el azul de nuestra bandera.

No son tiempos para ingenuidades. La estrategia es vieja como la codicia. Pero el antídoto –la conciencia, la historia, la dignidad– también lo es.

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