ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Lo que comenzó como una urgencia se ha convertido en una lección de humanidad que no se aprende en los libros. Foto: Cortesía de la Universidad de Ciencias Médicas de Camagüey

La noche del 14 de febrero, mientras muchos jóvenes celebraban el día del amor, Yuliet Pujal Cornela y un grupo de estudiantes de la Universidad de Ciencias Médicas de Camagüey ponían música a un volumen bajo. No era una fiesta, pero había algo que celebrar. En una de las residencias estudiantiles, convertida en casa temporal para pacientes con insuficiencia renal crónica, el dominó y las canciones intentaban borrar por unas horas la rutina del tratamiento.

«Ellos se ponen muy contentos al ver que no están solos», contó la estudiante de quinto año de Medicina, quien forma parte de las dos decenas de muchachos que, desde el 9 de febrero, dejaron por un momento las aulas para convertirse en el hombro derecho de quienes, varias veces a la semana —normalmente son trasladados en taxi hasta las instituciones de Salud, completamente gratis—, deben someterse a tratamiento de hemodiálisis en medio de la compleja situación energética del país.

«Estos pacientes deben estar en un ambiente totalmente tranquilo, alejados de, vamos a decir, de las bullas, porque la mayoría son hipertensos, no pueden estar alterados porque les sube la presión, y no pueden realizarse entonces las diálisis», especificó la estudiante.

LA BECA COMO UN HOGAR

Lo que comenzó como una urgencia –garantizar que pacientes de lugares como Najasa o Vertientes no interrumpieran un tratamiento vital– se ha convertido en una lección de humanidad que no se aprende en los libros.

El rector de la universidad, doctor en Ciencias Lester Marrero Molina, explicó a Granma cuánto aportan estás experiencias a la formación de los futuros galenos. «Lo primero que transmitimos es que esta es una universidad médica que tiene que caracterizarse por un gran valor humanista».

Y la solidaridad tiene nombre y turno. Dieciséis estudiantes –de Medicina, Enfermería, Estomatología y Tecnologías de la Salud– se dividen en dos grupos de ocho para sostener guardias de 24 horas.

No solo trasladan a los pacientes al hospital, a pocos minutos caminando, sino que les buscan la comida, les llevan agua caliente para bañarse y, cuando la tensión arterial se dispara después de la diálisis, se quedan hasta la una o las dos de la madrugada esperando a que baje.

Junto a los estudiantes, agregó el Rector, «tenemos un grupo de siete médicos y diez licenciados de Enfermería, que son profesores de nuestra institución, y el imprescindible personal de servicio, cuya labor ha sido en este momento el apoyo a todas las actividades de acompañamiento.

«Además de que con esta experiencia estamos formando profesionales cada vez más humanos, más solidarios, nuestros estudiantes cumplen también un grupo de funciones, que están más inclinadas hacia el área de la Enfermería, pero que son habilidades que el médico general debe conocer. Intercambian también con estos pacientes en el servicio de Nefrología y así van apropiándose de un grupo de conocimientos, de lo que se denomina currículo oculto, que no está directamente en una asignatura».

Liabel Perón Plá, estudiante de primer año de Enfermería, resume con una sencillez que estremece: «Estoy aquí porque quiero. Me siento bien conmigo misma sabiendo que estoy ayudando a personas enfermas».

Su compañero Dayron Matos González, también de primer año, agrega: «Uno siente que estar aquí le ha ayudado a lo que puede hacer en un futuro: el vínculo con el paciente, el cuidado, la disciplina».

La disciplina es, precisamente, lo que mantiene en marcha este engranaje. A las ocho de la mañana cambian la guardia. Revisan la lista de pacientes –19 en este momento, acompañados por 12 familiares–, chequean las tensiones arteriales y organizan los horarios de diálisis. Algunos van en silla de ruedas, otros caminan. Pero todos saben que, pase lo que pase, no estarán solos.

UNA MEDALLA, LA DEL AMOR

Tres veces por semana necesita dializarse Edy Zayas Palmero, paciente del municipio de Vertientes, quien asegura a Granma sobre su estancia allí: «Maravilloso, divino, es una bendición estar aquí donde además del tratamiento nos dan mucho amor y eso nos ayuda a enfrentarlo en mejores condiciones». A sus 64 años, agradece esta opción y que los muchachos estén siempre dispuestos.

Por su parte, la acompañante Yasmari Camejo Martínez, viene de un poco más lejos, de Najasa: «A esos niños hay que darles una medalla –aseguró–. Ellos los llevan al tratamiento, los traen, los esperan, no importa si es de noche o de madrugada».

La Universidad garantiza la comida para estudiantes y acompañantes, mientras los pacientes mantienen la dieta hospitalaria que exige su condición. Ni siquiera la alimentación, un tema sensible en tiempos de restricciones, empaña el reconocimiento. «La situación del país es difícil, pero la elaboración es buena. Todo está en buenas condiciones».

Carlos Alberto Hernández Dupuy, estudiante de sexto año de Medicina, abundó en cómo es un día allí.

«Son guardias de 24 horas, comenzamos a las 8:00 am, relevando al turno anterior, revisamos la cifra de pacientes y acompañantes, porque todos los días nos pueden llegar nuevos. Además, les tomamos la tensión arterial para ver cómo están en esos momentos, revisamos cuál es el cronograma de llevarlos a hacerles las diálisis, porque no todos lo hacen al mismo tiempo, y hay algunos que tenemos que llevarlos en silla de ruedas. A otros solamente los acompañamos, porque van por sus propios pies. También estamos pendientes a las 11 de la mañana, para traer los almuerzos». 

Mónica Enamorado Pi, presidenta de la FEU en la universidad y estudiante de cuarto año de Estomatología, recordó que cuando el rector los convocó, en menos de un día tenían el contingente completo. «Ni siquiera sabían a lo que se iban a enfrentar. Y dijeron que sí. Dieron el paso al frente». En ese grupo hay dirigentes estudiantiles y también muchachos sin más cargo que la conciencia, que simplemente sintieron que debían estar.

La experiencia, aseguraron, los forma como profesionales y como seres humanos. «No es su profesión –insistió Mónica–. Un estomatólogo puede servir de camillero, un enfermero ayudar en cualquier situación. Nos estamos formando integralmente para lo que el país necesite».

Y el país, en estos momentos, necesita que 19 pacientes crónicos puedan seguir dializándose. Y que, cuando se decida, lleguen los primeros pacientes oncológicos de Ciego de Ávila, encuentren las camas limpias, los baños listos y, sobre todo, a esos muchachos que, a las dos de la madrugada, estarán despiertos para llevarlos al hospital.

Afuera, la noche camagüeyana es tranquila. Adentro, en una de las habitaciones acondicionadas, un paciente duerme sabiendo que mañana alguien le llevará el desayuno. Esa certeza, en medio de la tormenta, vale más que cualquier tratamiento.

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