Antes que todo: antes que economista, antes que educadora popular, antes que payasa terapéutica, antes que activista por los derechos humanos y feminista, ella es persona, y como persona es de las que piensa que permanecer en el mundo «no se trata solamente de vivir bien.
«Creo que es algo más. Preparar las bases para que otras vidas futuras vivan con dignidad y así traspasar las barreras del tiempo y del olvido ayudando a formar los cimientos…»
***
Es viernes y Aniet, previo entrar a su casa, se detiene en la ventana de una muchacha con discapacidad intelectual. La saluda, hace un moño en su pelo, luego besa su frente.
Dice no saber con exactitud cuántas cosas ha sido –o sigue siendo–, aunque «desde hace 13 años me gano la vida como payasa terapéutica».
Se interesó en eso cuando dieron un taller, en La Colmenita, sobre las payasas y ella, que «no sabía muy bien lo que iba a hacer mientras transitaba por mi segundo embarazo», le dijo a Tin Cremata:
–Oye Tin, esto es bueno para el Sistema de Salud cubano. ¿Qué crees?
–Bueno, si tú te ocupas, hazlo.
Y así, una vez a la semana visita la sala de Pediatría en el hospital oncológico, «y si una madre me pide que vaya porque el hijo quiere verme, allí estoy». Como también va todas las mañanas al hogar de ancianos a ver a Verónica, la amiga de ochenta y tantos años, aunque su padre diga: «Aniet, no puedes echarte eso tu sola».
«En ese camino he aprendido a valorar más los tiempos, la salud…, las pequeñas cosas de la vida. Y que, incluso, en los momentos más duros es posible generar un poco de alegría, porque, además, en este trabajo tienes que intentar comunicarte con la otra persona desde las capacidades. ¿Y cómo se logra? Mirando a los ojos, y después escuchando y poniéndote al servicio».
A los ojos. Ella siempre mira a los ojos, y no es solo por ese oficio de payasa que la hace merced de dignificar la vida. Sino porque es de las que piensa que «los cuidados y la ternura hay que sacarlos de los hospitales, de las casas, de los círculos infantiles o de las escuelas, y llevarlos a la política, a la humanidad».
Sépase que un gorro azul y una nariz roja nunca serán los únicos accesorios para definirla, si es que se logra algún día. Y si se logra algún día, verán con ella una bandera de Palestina, una kufiya, unos brazos que han abrazado la fragilidad y la misma mirada de siempre que parece gritar un: ¡Aquí estoy, contra las injusticias! «Porque como dijo el Che, donde haya injusticia tiene que dolerte».
Por eso, antes que todo, Aniet es persona. De esas que prefieren que les quede el consuelo, «horas antes de morir, que no me recordarán, porque en cada persona que viva, como quisiera que lo hicieran las próximas generaciones, estaré yo, desconocida, insignificante».


















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