ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Archivo de Granma

Bajaron del avión el 1 de febrero de 1990, entonando las notas de nuestro himno y portando la bandera de la estrella solitaria. Al pie de la escalerilla los esperaba Fidel, quien había estado movilizado y pendiente todo el día anterior, del ataque al buque mercante Hermann que ellos tripulaban. Una concentración de pueblo los esperaba en el Monumento al Maine, en el Malecón habanero, donde el Comandante en Jefe explicó todo lo acontecido.

La embarcación había sido arrendada por nuestro país a Panamá y navegaba desde Moa hasta Tampico, México, con una carga de 10 toneladas de cromo y también iba a cargar mercancías allí. Sin embargo, los 11 tripulantes cubanos tuvieron que enfrentar, casi al final de la travesía, la agresión de un guardacostas yanqui por no dejarse inspeccionar con el viejo pretexto del tráfico de drogas.

Este hecho, del que se cumplieron recientemente 36 años, demuestra que el modo de operar del imperialismo es un guion viejo al que solamente se le hacen algunas adaptaciones de contexto. Sus semejanzas con la realidad actual, lo ratifica.

La decisión de la tripulación cubana del Hermann, cuando intentaron intimidarla, fue no dejarse inspeccionar, pues constituía una arremetida a la dignidad de Cuba. La disposición fue ratificada por Fidel al conocer los hechos y de inmediato contactó con la Oficina de Intereses en Estados Unidos, a la 1:45 am; así como con nuestra embajada en México a las 2:25 am del 31 de enero de 1990, según se guarda en los archivos.

Los marines estadounidenses alegaban que tenían derecho de revisar el buque panameño por un acuerdo que tenían con esa nación; sin embargo, Fidel rápidamente los desmontó en su discurso: «En dos palabras: el barco está arrendado a Cuba y Cuba es la responsable de ese barco; además, ese barco lleva una tripulación totalmente cubana, y el hecho ocurre después del monstruoso crimen de Panamá, después de una serie de provocaciones allí contra nuestro país: detenían a nuestro embajador, rodeaban la embajada, hacían guerra sicológica, y han cometido así todo tipo de provocaciones (…); en un momento excepcional, de amenaza -repito- cuando el país en nombre del cual dicen actuar no existe, cuando las fuerzas que dicen que hicieron el acuerdo con ellos no existen, cuando el jefe que suscribió ese acuerdo está secuestrado en Estados Unidos. ¿Qué legalidad podrían alegar realmente para esta desvergüenza, para esta felonía?».

Fidel se refería a la invasión a Panamá a finales de diciembre de 1989, y al secuestro de su presidente Manuel Noriega con el pretexto del tráfico de drogas, el 3 de enero de 1990.

En ese contexto, tuvieron lugar los sucesos con el buque Hermann, que desde las 8 de la mañana del día 30 de enero comenzó a ser hostigado en aguas internacionales por el guardacostas estadounidense, y recibió un ultimátum hasta las 4 de la madrugada del 31. La respuesta de Fidel era no dejarse abordar bajo ningún concepto y que Cuba solo permitiría que el barco fuese inspeccionado por las autoridades mexicanas si estas lo consideraban pertinente en sus aguas jurisdiccionales. Poco después de las 4 de la madrugada del 31 de enero, el guardacostas yanqui comenzó a disparar contra el buque y durante una hora y 45 minutos estuvo atacándolo.

No obstante, aquel pequeño grupo de cubanos, desarmado, dio una lección al imperialismo: en medio de la balacera que pretendía hundirlos, que impactó la proa, el timón, las máquinas, los cuartos de los tripulantes, cabina y puesto de mando, ellos siguieron avanzando a riesgo de sus vidas pero con el honor intacto: «es algo verdaderamente asombroso, algo verdaderamente excepcional la conducta de estos hombres», diría Fidel.

El Hermann, que no se había detenido gracias a la decisión y el valor de su tripulación, llegó a aguas mexicanas con su carga a salvo. Una vez allí, el guardacostas estadounidense no se atrevió a continuar su embestida. Las autoridades de México, rápidamente, demostraron que en el buque no se cargaba drogas.

Estos hechos corroboran que el imperialismo no varía demasiado sus métodos; los adapta ligeramente a los avances tecnológicos o particularidades de algún tipo y prosigue su historia de agresiones: el asedio a los barcos petroleros que hoy pone en práctica es una de sus viejas maniobras para intimidar y controlar escenarios de elaboradas tensiones geopolíticas, económicas y de guerra.

Es evidente, además, la similitud de la invasión a Panamá de aquellos días con la de Venezuela de enero de 2026: ambos países fueron ilegalmente atacados por Estados Unidos; y sus respectivos presidentes, Noriega y Maduro, fueron secuestrados y trasladados hacia Washington bajo la acusación de tráfico de drogas, casualmente, un 3 de enero, con 36 años de diferencia.

Pero, si bien el enemigo mantiene su política hostil en el tiempo, nosotros también continuamos ofreciendo al mundo ejemplos de incuestionable heroísmo: aquellos 11 marineros cubanos y los 32 hermanos nuestros que cayeron combatiendo en la patria de Bolívar, demostraron que la firmeza de los principios defendidos por nosotros es invariable. Por su parte México, en las dos ocasiones, ha estado a la altura de la hermandad que une a nuestros pueblos en momentos de definiciones.

«…de todo esto tenemos que ir sacando cada día nuestras conclusiones, por si hay algunos que todavía dudan, si algunos no se han acabado de convencer de las cosas que hemos dicho, el tipo de mundo que se está formando, el tipo de paz que espera a los pueblos del Tercer Mundo y la lucha que tenemos que librar», expresó Fidel.

Tres décadas después de esas palabras del Comandante en Jefe, que parecen dichas en estos días convulsos, ¿permitiremos que sea «la paz» de las cañoneras yanquis la que nos toque vivir ahora y a nuestros hijos? Los pueblos de América Latina, del mundo, ¿elegiremos en este momento difícil estar del bando de los que luchan o de los que lloran? Para Cuba el camino siempre ha estado claro. Hay que librar unidos la lucha que corresponda por la paz con soberanía y justicia, con lealtad meridiana y sin concesiones de principios; y para eso, como Fidel sentenció aquel 1 de febrero de 1990: «hay que combinar la inteligencia con el valor; eso es lo que conduce a la victoria.»

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