La primera vez que llamamos, Manuel estaba en la carnicería y Elena había ido al médico. La persona que nos salió al teléfono, muy cortésmente, nos sugirió que repitiéramos la llamada. Sin darnos cuenta hicimos un gesto de contrariedad, pues el tiempo nos presionaba en la redacción de este trabajo. No teníamos elección, la espera era obligada. Manuel Hernández y Elena Rodríguez del Rey son testigos claves de los preparativos del Moncada. Eran los residentes del apartamento D de la calle Jovellar 107, entre Espada y Hospital. Son los padres de Melba.
En horas de la tarde sonó el timbre del teléfono. Del otro lado una voz apagada y cortés preguntó por nosotras. Era Manuel, quien nos citaba para la entrevista.
Al verlos allí, sentados en la acogedora sala con la nobleza dibujada en sus rostros pensamos cuánta tranquilidad debieron haberles transmitido a «los muchachos del Moncada». Estar con ellos era como transportarse en el tiempo e imaginarnos el apartamento de Jovellar 107.
Les explicamos que en la bibliografía consultada y en los testimonios escuchados sobre los uniformes que usaron los jóvenes de la Generación del Centenario teníamos algunos cabos sueltos. Al referir que en varias ocasiones habíamos leído que no se consiguió la talla que usaba Fidel y que en la mayoría de los casos faltaron las corbatas, Elena precisa:
«No, no era solo el uniforme de Fidel el que faltaba, tampoco a Gildo Fleitas y a Pedro Miret les servían los que se habían conseguido».
«Fue entonces –apuntó Manuel– cuando Melba le comunicó a su madre la necesidad de confeccionar en casa los que faltaban. Esto era ya por los primeros días de julio».

Acto seguido como un monólogo, cuenta Elena: «La cosa fue así. Cuando mi hija me dijo lo de los uniformes inmediatamente pensé en Delia Terry, una vieja amiga que se dedicaba a confeccionar pantalones de montar, por allá por Cruces, a pedido del almacén de Jaime Niemann, y que una vez trasladada a La Habana me ayudaba en los quehaceres de la casa.
«A mí me constaba el odio que ella sentía por la tiranía y sus actividades revolucionarias durante la época de Machado. Por lo que no vacilé en pedirle ayuda.
«Claro, que había otro inconveniente: la tela. ¿De dónde sacar el kaki para los uniformes…?»
Interrumpe Manuel y recuerda que fue Fidel quien se apareció un día con una pieza de tela Palm Beach de la que usaban los oficiales durante el verano y esa fue la que se utilizó.
«Una vez en posesión de la tela –retomó Elena el hilo de la conversación– yo cortaba en la mesa del comedor los pantalones y las camisas y Delia los cosía en una máquina Singer que había en la casa. En ella se cosieron 12 camisas y 13 pantalones, mientras que en uno de los cuartos Elita Dubois y Naty Revuelta hacían los ojales y pegaban los botones.
«Fue un trabajo muy lindo y recuerdo que un día cuando Fidel entró en la casa y nos cogió en los trajines de la costura, con su habitual sonrisa, nos dijo: Aquí habrá que dar muchas medallas».

–Elena (la interrumpimos pensando que el tiempo le había jugado una mala pasada y estaba olvidando un detalle), ¿por qué usted afirma que en su casa se cosieron 12 camisas y 13 pantalones, no falta una camisa?
Con la condescendencia que dan los años, Elena nos dijo: «No, no es un olvido, recuerdo cada detalle de aquellos días. Los uniformes debían estar listos el 24 de julio a las 9 de la noche para su traslado a Santiago de Cuba y allí sobre la máquina, sin terminar, quedó una camisa. Después supimos que aquella prenda correspondía a Gildo Fleitas, quien en la madrugada del 26 de julio se probó una tras otra todas las camisas que fueron a Oriente, pero por su corpulencia, no cupo en ninguna».
Ahora es Manuel quien recuerda que no fueron solo las camisas y los pantalones el único problema que se les presentó a los inquilinos de Jovellar 107. Las corbatas y los kepis fueron un dolor de cabeza.
«Elena y Haydee Santamaría –relata Manuel con disimulado orgullo– recorrieron la calle Muralla, hasta dar con el almacén en que días antes Yeyé y Melba encontraron la tela apropiada. Era cerca de la calle Bernaza. No fue fácil comprarla, pues era para uso exclusivo del ejército. No obstante, con habilidad femenina, convencieron al dependiente argumentándole que era “para el muchacho que estaba en un colegio en los Estados Unidos...”».
Elena cortó las corbatas y el propio Manuel las planchó. Con ellos hablamos toda la tarde. No olvidan un detalle, son capaces de recordar, como solo saben hacerlo un padre y una madre, hasta los gestos de cada uno de los jóvenes que acudían presurosos a Jovellar 107. En esa casa recibieron los asaltantes del cuartel Moncada seguridad y confianza, y recibieron también el amor que, por la compartimentación de la lucha, no pudieron recabar de sus padres en los últimos momentos, para muchos los últimos de su vida.




















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