ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
 Fotocomposición: Carlos Michel Perdomo

Hay oficios que, durante décadas, fueron territorio vedado para las mujeres. Oficios de altura, de riesgo, de fuerza bruta. Oficios que la sociedad guardó bajo llave con el estigma de «solo para hombres». Pero las cerraduras, se sabe, existen para ser abiertas por quienes tienen la llave correcta. Y esa llave, en el caso de Marlen Milady Sánchez Pérez y Rubisneysi Boza Fernández, se llama vocación.

Ellas son la prueba viviente de que el liderazgo femenino no entiende de límites. Una desafía el fuego; la otra encara las alturas. Ambas, con 24 y 22 años de edad, respectivamente, escriben con tinta propia un nuevo relato: el de las mujeres que reinan en sus oficios desde la aptitud y el deber, desde la responsabilidad y el corazón, demostrando que la valía no entiende de etiquetas.

BOMBERA

A Marlen Milady Sánchez Pérez le apasionó desde niña el oficio de bombera, pero durante años, esa llamada quedó extinta en el aire, como una brasa sin oxígeno.

«En mi municipio no había comandos de bomberos. Tampoco sabía que las mujeres pudiéramos desarrollar esta labor», refiere.

El destino, sin embargo, es testarudo con quienes llevan la vocación tatuada en el alma. A los 19 años, cuando iniciaba sus estudios universitarios para licenciarse en Biología, sintió que su corazón latía por otros intereses, y se alistó en el Servicio Militar. Allí encontró el espejo en el que siempre quiso mirarse: el Comando de Bomberos.

Pero la vida, que a veces es lenta para revelar sus planes, la colocó detrás de un teléfono.

«Cogía la llamada de incendios, pero no participaba en acciones de extinción, que era lo que me apasionaba».

Hasta que un día, en medio de una práctica, su desempeño habló más alto: «No sé si fue suerte de principiante, pero le gané a la profesional que competía conmigo». Ese día, el oficio de bombera dejó de ser un sueño para convertirse en destino. Tras matricularse en la Escuela Nacional de Bomberos, estuvo en el Comando del Mariel y, posteriormente, fue trasladada al Comando de Bayamo, en el cual lleva seis años.

Hoy, Marlen es jefa de carro y de pelotón. Sus botas han pisado cenizas, su voz ha calmado y adiestrado soldados bisoños, y su temple ha desafiado incendios en los que cada segundo es una lucha a muerte.

«El primer incendio nunca se olvida», dice mientras rescata de su memoria aquel siniestro en una zona cañera de La Habana, que se propagó hacia una vivienda de madera y guano. El fuego redujo todo a cenizas, salvo una bicicleta 28 y una hornilla eléctrica que su dueño pudo salvar.

«Sucesos como estos siempre nos llegan, porque aunque muchos piensen que somos fuertes, sobre todas las cosas somos humanos. Cuando uno vive momentos como estos, los sufre.

«¿El miedo? El miedo siempre está, solo hay que saber transformarlo en valor. Cuando ese teléfono suena para alguna emergencia, me concentro en lo que tengo que hacer, me olvido de todo: de mi mamá, de mi papá, de mis amigos. Solo pienso en evaluar la situación, socorrer y apagar las llamas.

«Hay personas que no creen que una mujer pueda, pero no todo es cuestión de fuerza en los brazos: si tienes la verdadera, la fuerza interior, lo tienes todo».

LINIERA

Del otro lado del espejo está Rubisneysi Boza Fernández. Ella no aspira a desafiar el fuego, sino la gravedad. A temprana edad, está a punto de convertirse en algo que hasta hace poco parecía imposible: una liniera, de esas que trepan postes y tensan los cables en lo más alto, donde el viento silba distinto y la ciudad se parece a un mapa de luces diminutas.

«¿Lo que más me gusta? Pues eso de estar "encaramá" en un poste. Me gusta esa adrenalina. Eso sí, con todos los medios de protección. En este trabajo, la disciplina, la responsabilidad, la exigencia y el cuidado son fundamentales», dice con pocas palabras, segura de que no necesita grandes discursos para justificar un sueño.

«En casa, la noticia cayó como una bomba. "Imagínate, eso es algo para hombres, no para una mujer", me decían. Estuvo tenso el ambiente».

La familia osciló entre los prejuicios y el miedo, entre lo positivo y lo negativo. Al final, sus padres la apoyaron. No cabía duda de que su hija, cuando decide perseguir sus sueños, no hay poste lo suficientemente alto para detenerla.

Rubisneysi no le teme a lo que no conoce; le teme a lo que no ha intentado. Y ella ha decidido intentarlo. Junto a otra compañera, son las primeras mujeres que en Granma iniciarán, este mes de marzo, el curso de habilitación como linieras, un paso que rompe esquemas y abre caminos en los que antes solo había dudas.

«Somos las únicas mujeres aquí. Es una profesión complicada, difícil, riesgosa, pero con la formación y nuestro empeño nada es imposible. Este oficio me gusta. Hasta ahora he aguantado los retos y pienso seguir», afirma.

Lo del esfuerzo físico y el ejercicio constante no constituyen problemas. Esta joven bayamesa, que antes practicaba fútbol, sabe a lo que se enfrenta.

Por el momento, Rubisneysi mira hacia arriba. Sabe que en un futuro conquistará la altura y que, cuando apruebe el curso, podrá demostrar que los oficios no entienden de géneros.

Marlen y Rubisneysi son el testimonio vivo de que el liderazgo femenino rompe barreras. La primera, transforma el miedo en fuerza para salvar vidas; la segunda, aprende a trabajar con la corriente sin titubear. Ambas, desde trincheras distintas, combaten la misma batalla: demostrar que las mujeres pueden ocupar cualquier espacio, ejercer cualquier oficio, reinar en cualquier territorio.

«No hay nada imposible». Y en esa frase cabe todo: el vértigo superado, la familia convencida, los prejuicios desafiados. Marlen y Rubisneysi saben que su ejemplo abre camino para otras que les sucederán y que, paso a paso, conquistarán un mundo donde las mujeres también reinen –no por imposición, sino por mérito propio– en cada oficio, en cada altura, en cada llama que se atrevan a enfrentar.

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