ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
«Esto nos da una tranquilidad, una paz, una alegría que no sé ni cómo explicar», confiesa Ada. Foto: Hidalgo Rodríguez, Anaisis

Granma.–La noche cae sobre las montañas de Pilón mientras los trabajadores de Copextel, con un panel solar al hombro, desafían la oscuridad. Después de tres horas de arduo ascenso, el cansancio pesa en sus cuerpos, pero aún les queda una hora por delante para llegar a La Piedra, a más de 150 kilómetros de Bayamo, donde vive Gelen Cuello Cuello, una niña de seis años con cardiopatía y traqueostomía.

Su casa, distante a más de cuatro kilómetros de la carretera, obliga a los especialistas a caminar largas distancias. Cruzan ríos y atraviesan terrenos a los que solo mulos y caballos pueden acceder. Un trillo de tierra y piedras serpentea ante ellos.

Michael Matos López, especialista comercial de la filial Copextel Granma, junto a un técnico, conforman la brigada provincial designada para atender estos casos de alta sensibilidad. Su labor los ha llevado a adentrarse en parajes remotos de Pilón y por los intrincados caminos de Río Cauto.

La dirección provincial de Salud y el Programa Materno Infantil han tenido a bien garantizar la calidad de vida de niños que, debido a sus enfermedades de base, dependen de equipos eléctricos durante la noche, el momento más crítico y cuando los apagones golpean con mayor fuerza.

«Los padres nos cuentan anécdotas desgarradoras, de tener que salir corriendo a las 2 de la madrugada hacia un hospital, con la esperanza de que el niño llegue con vida. Estos sistemas fotovoltaicos autónomos, de 1 200 Watts, son un escudo contra esa incertidumbre», relata Matos.

«La noche nos cogió en medio del monte. Para los padres de Gelen fue increíble vernos llegar a esa hora, a ese lugar. Para nosotros, fue la confirmación de lo importante que es esta labor», recuerda emocionado.

DE LA ZOZOBRA A LA CALMA

No importan las dificultades del camino, lo importante es llegar. Foto: Cortesía del entrevistado

En Bayamo, muy distante de las lomas de Pilón pero igualmente necesitado de esta luz, vive Luis Alejandro Rodríguez Colina. Es un niño de diez años, de mirada viva y muy locuaz, que lleva su vida con las responsabilidades de un adulto, pendiente de horarios y medicinas.
Para su madre, Ada, este es su pequeño campeón, un guerrero que ha tenido que batallar con la fibrosis quística, una enfermedad que, en sus palabras, «hace con el cuerpo lo que quiera».

«Es una enfermedad genética degenerativa que ataca todos los órganos internos, principalmente pulmones y páncreas», explica Ada con la precisión de quien ha devorado libros sobre el tema y ha aprendido de enfermería para asistir a su hijo.

El cuerpo de Luis Alejandro libra una batalla diaria. «Él crea una flema verde espesa todos los días –describe su madre–. Si no logra limpiar todas esas vías respiratorias, esa flema se acumula y van creándose infecciones».
Para combatirla, su vida debe regirse por un riguroso accionar: aerosoles cada doce horas, fisioterapia con un chaleco vibrador percusor, un cóctel de medicamentos que incluye enzimas pancreáticas, y un horario que dicta cada instante.

«Es un niño que no puede dormir todo el tiempo que quisiera. Hay que levantarlo temprano para que provoque un vómito y expulse esa flema, que antes de desayunar debe darse aerosol, porque si no, todo lo que coma lo vomitará. Debe montar bicicleta no como hobby, sino por necesidad».

Entre aerosol y fisioterapia, llega la maestra de la escuela 21 de Octubre a darle clases en casa. Luego el almuerzo, más pastillas, y «muy poco horario y espacio para poder jugar».

Esta es quizá una de las mayores limitaciones que impone la enfermedad y que Luis Alejandro resiente. Porque, ¿a qué niño no le gustaría comer todas las chucherías que quisiera, correr desenfrenado por las calles del barrio con sus amiguitos, o estar en el campo de pelota, guante en mano, atrapando bolas y jugando al sol hasta que el sudor estalle por los poros, pidiendo a gritos un descanso?

No importan las dificultades del camino, lo importante es llegar. Foto: Cortesía del entrevistado

CUANDO LA ELECTRICIDAD DECIDE LA VIDA

Para tratar esta enfermedad, la electricidad es indispensable: viene a ser ese oxígeno que lo mantiene todo en marcha: los nebulizadores, el chaleco vibrador, el concentrador de oxígeno, incluso el ventilador, necesario para mitigar un calor que, por su condición, le provoca una peligrosa pérdida de sales.

Sin embargo, la rutina de su tratamiento a menudo no se ha podido completar porque en este circuito ha faltado el servicio eléctrico.

«Mi mundo se pone patas arriba cuando se va la corriente. Si se va por la mañana, afecta cualquier secuencia de su tratamiento, porque es un proceso de horas: los aerosoles no se dan en media hora, y la fisioterapia mucho menos.

«Si rompes esta rutina la tos aumenta, aparece dificultad respiratoria, sudoraciones por el exceso de calor, que en su caso es fatal, porque se deshidrata en un momentico, esto puede desencadenar una crisis y para en un hospital. Es una película de terror», afirma Ada.

Para el padre de Luis Alejandro, la estabilidad familiar es la base del equilibrio emocional y la salud de su hijo. Pero frente a la constante inestabilidad del servicio eléctrico, sus opciones eran limitadas: recurrir a un Ecoflow prestado para los tratamientos o, como tantas otras veces, entre él y su esposa, abanicarlo, dormir en el portal con un colchón en el piso, y realizar la fisioterapia de forma manual, asumiendo el costo físico de terminar con el cuerpo adolorido.

UN PANEL PARA VENCER LA OSCURIDAD

Hace una semana, el paisaje de terror comenzó a desvanecerse en la casa de Luis Alejandro. Trabajadores de la filial granmense de Copextel llegaron hasta su hogar y le instalaron, sin costo alguno, una estación portátil de carga de 1 200 Watts, que también se abastece de un panel solar fotovoltaico para garantizarle electricidad.

«Ellos vinieron, muy cariñosos y atentos –relata Ada con gratitud en la voz–, dónde ustedes lo quieren, y trataron de darle la seguridad mejor posible. Después vinieron a confirmar la instalación los de la Oficina Nacional para el Control del Uso Racional de la Energía y los de la Empresa Eléctrica».

El impacto fue inmediato y profundo. La estación, que ella misma muestra como un trofeo, carga en dos o tres horas con el sol potente que capta el panel solar.

«Puedo ir usando los equipos y cargándola al mismo tiempo», explica señalando los enchufes. «Aguanta el equipo de fisioterapia y el de aerosol al mismo tiempo, que son los más potentes».

Cada estación portátil permite conectar iluminación, ventiladores, cargar teléfonos celulares y, con un uso racional, incluso apoyar la conservación de alimentos. Pero Ada los destina a asegurar el tratamiento de su hijo. Esa es su prioridad.

El impacto no es solo técnico, también es emocional: «Nos ha mejorado la calidad de vida muchísimo, muchísimo», repite Ada, como si las palabras se quedaran cortas y agrega: «Nos da una tranquilidad, una paz, una alegría que no sé ni cómo explicar».

Su hijo, a quien un simple estrés le puede desencadenar una migraña o subirle la presión, ahora respira más tranquilo. Y ella puede, por fin, dejar de temerles a los apagones.

En Granma, 11 niños de entre 6 y 12 años, con vulnerabilidad clínica, fueron beneficiados con la instalación de estas estaciones de carga portátil: cuatro de estos equipos se destinaron a menores que residen en comunidades apartadas del municipio de Río Cauto, también en Bayamo, en Manzanillo, Cauto Cristo y Pilón.

ROSAS DEL DESIERTO

En el portal de la casa de Luis Alejandro, reposan varias macetas en las cuales su madre cultiva rosas del desierto. Esas plantas, las Adenium, son su hobby. «Son mis malcriadas», dice Ada  con una sonrisa, mientras señala una que está a punto de echar flores multipétalos rojo vino.

Las rosas del desierto son famosas por su capacidad de florecer en condiciones adversas, almacenando agua en sus gruesos troncos para sobrevivir a la sequía. Luis Alejandro es como esas rosas. Su vida sigue siendo una rutina estricta de tratamientos y cuidados, pero ahora, al igual que la planta que retiene su recurso vital, él tiene una reserva de energía que no depende de los vaivenes de la red eléctrica.

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