Hace poco tropecé en las redes con un volumen, publicado por la Editorial Verde Olivo, en el año 1992, cuyo título es Con nuestros propios esfuerzos. Algunas experiencias para enfrentar el periodo especial en tiempos de paz.
En núcleos temáticos organizados a lo largo de 14 capítulos, se trata de una compilación de «resultados, iniciativas, experiencias y esfuerzos para enfrentarnos a las dificultades».
Esto es, soluciones que unen la reutilización, el reciclaje, la inventiva y la creatividad popular, muchas veces anónima, para abrir opciones de simple existencia, trabajo y desarrollo en áreas tan diversas como el cultivo agrícola, la elaboración de medicinas, la propuesta de tratamientos, la fabricación de artículos y productos de uso doméstico, así como la producción de energía.
Casi a la misma vez, tanto mi hijo Kenneth (que estudia en Chile), como un amigo (desde España), me enviaron la página de inicio del Catálogo de Tecnologías Locales, iniciativa que –en palabras de sus creadores– se propone «visibilizar y circular distintos artefactos, procesos o sistemas desarrollados por comunidades en varios territorios de Chile, y que están orientados a resolver o mitigar algún problema concreto de carácter socioambiental».
El proyecto, desarrollado por la Escuela de Sociología de la Universidad Diego Portales, de Santiago de Chile, busca «transformar la realidad social y material» mediante el fomento de «la participación activa de personas sin formación técnica previa como cocreadores y usuarios». De esta manera, el trabajo «reconoce y valora formas de improvisación, adaptación y reapropiación tecnológica, especialmente en contextos del Sur Global».
Al compartir la página con colegas del país, recibí dos respuestas que merecen atención especial: la primera, de Bruno Henríquez –reconocido narrador de ciencia-ficción, presentador televisivo de programas de este corte y especialista en temas de energía solar–, quien me recomendó descargar, escoger y leer entre los numerosos textos aparecidos en EcoSolar. Revista científica de las fuentes renovables de energía, y en Energía y tú, ambas publicaciones nacionales.
La otra invitación, esta de Jorge Núñez, reconocido experto en temas de política científica, me condujo a la lectura de los dos volúmenes que –bajo el título Cataurito de herramientas para el desarrollo local 1 y 2– fueron publicados en los años 2011 y 2020 por la Editorial Caminos.
Al revisar ambas opciones encontré materiales sobre calentadores solares, sistemas de biogás para edificios, aerógrafos, molinos a viento, energía eólica, energía fotovoltaica y preparación de proyectos de desarrollo.
A lo dicho hasta aquí sumo la recomendación, que más de una persona me ha hecho, de revisar la sección Hágalo usted mismo, en la revista Juventud Técnica, en la cual, también a lo largo de años, son presentados ejemplos de creatividad e inventiva ciudadana.
En este punto, me gustaría agregar la reserva de ideas y creatividad reunidos en ámbitos institucionales como los propios de la Asociación de Innovadores y Racionalizadores, las Brigadas Técnicas Juveniles, o los encuentros científico-técnicos de celebración anual en universidades y/o centros laborales.
Todo este archivo, no pocas veces semioculto y disperso, contiene una abundante base documental de soluciones e inventiva para ser insertadas en nuestro presente, escenario en el que cada vez resulta más útil, oportuno, necesario, incluso vital, el conocimiento y socialización extendida de todas las maneras posibles de contribuir al fortalecimiento de la resiliencia, la sostenibilidad y la sustentabilidad.
Lo anterior implica demostrar:
- capacidad de recuperación al experimentar momentos de crisis o situaciones de desastre;
- presencia y/o reproducción de la estructura en el tiempo, al mismo o superior nivel;
- capacidad de contribuir, mediante producciones concretas, a la generación de los recursos que ofrezcan condición de permanencia a su funcionamiento y/o crecimiento.
Dado que vivimos en un país que, a la vez que enfrenta la agresividad de un capitalismo abiertamente imperial y con ansias de reconquista planetaria, todavía experimenta efectos a largo plazo del periodo especial, y lucha por reconstruir su economía dentro de las coordenadas de un mundo globalizado, las preguntas son aún más urgentes.
. ¿Cómo entender y administrar las correlaciones entre crisis/desastres de una parte y el estímulo/potenciación a las formaciones resilientes, sostenibles y sustentables?
. ¿De qué manera desplegar políticas públicas que –con carácter continuo y cientificidad confirmada– se propongan y garanticen la recolección, procesamiento, socialización, uso y retroalimentación de la masa de información, productos y modelos que brotan de las tradiciones locales, así como de la creatividad e inventiva populares, entendidas ambas como manifestaciones de resistencia?
. ¿Cómo interaccionar con esa tecnociencia de base institucionalizada que son las organizaciones como la ANIR, la BTJ y los citados encuentros científico-técnicos?
. ¿Qué papel deben desempeñar aquí esos actores de alcance extendido que son, a todo nivel, los medios masivos de comunicación, la escuela, la academia, los órganos de administración, las organizaciones profesionales, políticas y de masas?
. ¿Cómo sintonizar toda esta cantidad diversa hacia la constitución de resistencia, resiliencia, sostenibilidad y sustentabilidad?
Para un país como el nuestro es esa la lógica. Entonces, en ese mismo grado de intensidad, se encuentran las preguntas que –bajo la figura de las tecnologías locales y la tecnociencia ciudadana– articulan tradicionales locales, creatividad popular y ciencia de alto perfil.
Por eso, ¿qué nos toca hacer?, ¿qué nos falta?, ¿cuál es la respuesta?























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