En Cuba, la consigna ¡Patria o Muerte! no es una reliquia del pasado; es un verbo que se conjuga a diario, en presente y en futuro. Expresa la resistencia de un pueblo que ha aprendido a crecer a contrapelo de las dificultades, a inventar cuando las carencias asedian, y a defender el suelo con la frente en alto y el corazón puesto en cada labor.
Lejos de ser un simple eslogan político, ¡Patria o Muerte! es una filosofía de firmeza y dignidad.

AMAR LO QUE HACES
En el hogar materno Mariana Grajales, de la ciudad de Bayamo, el andar pausado de las embarazadas se mezcla con el sonido rítmico de un esfigmomanómetro y el ir y venir de una mujer de bata blanca. Es Yudelsis Díaz Castro, de 44 años, de los cuales 23 ha consagrado a la enfermería.
Con esa trayectoria entregada a la labor asistencial, Yudelsis encarna una certeza que no necesita proclamar porque la vive a diario: «La Patria se defiende desde el lugar que a uno le toca». Lejos de los podios y los discursos, su tribuna es la primera línea de batalla por la vida. Su revolución se mide en logros concretos: que una adolescente con un embarazo de riesgo llegue a término, que un bebé nazca con el peso adecuado, que una madre diabética logre controlar su enfermedad durante la gestación.
En un contexto marcado por limitaciones de medicamentos, su labor de educación preventiva deja de ser un complemento para convertirse en la principal defensa contra una crisis de hipertensión gestacional o una descompensación metabólica que podría costar dos vidas.
Consultada sobre si volviera a enfrentarse a aquella boleta en blanco para definir su futuro, responde sin dudar: «Sería nuevamente enfermera, porque me gusta ayudar».
Esa disposición, tan simple como profunda, es la médula espinal de una filosofía que en la Isla tiene nombre y apellido: ¡Patria o Muerte!. Pero no la Patria que se queda en los grandes titulares, sino la que se construye con el esfuerzo de cada jornada.
Yudelsis atesora reconocimientos como la medalla Piti Fajardo y la de la colaboración internacional por una misión en Pakistán durante la COVID-19, donde se contagió.
Sin embargo, al hablar de ellos lo hace sin énfasis, casi de pasada. Su verdadera medalla no cuelga del uniforme; se parece más a un bebé que nace con buen peso, a una madre que estabiliza el suyo o a una adolescente que asiente tras una charla educativa.
«Mi ¡Patria o Muerte! es cada vida que ayudo a traer al mundo», enfatiza, y uno siente que lo vive. Al hacerlo, demuestra que la mayor riqueza de esta Isla no reside en sus recursos materiales, sino en la capacidad de su gente para convertir cada obstáculo en una oportunidad para crecer, cuidar y amar.
LA EPOPEYA DE UN COLECTIVO

En la cotidianidad de Roberto López Regüeiferos se cumple la máxima martiana de que la Patria está hecha del mérito de sus hijos.
La panadería La Entramada -de la ciudad de Santiago de Cuba-, que administra desde hace dos años, fue devastada por el huracán Melissa y hoy «está levantada por el esfuerzo de todos nosotros, incluso hicimos un horno artesanal para la elaboración del pan cuando no hay fluido eléctrico».
Para él, la defensa del país «se decide en cada jornada y en cada solución que les damos a los problemas; el principio aquí es no parar: si no hay harina, producimos vinagre, encurtidos, incluso nos hemos integrado a otro centro de la industria alimentaria para hacer guarapo y otros derivados de la caña», aseguró este hombre que ha dedicado cuatro décadas de su vida al trabajo.
«Soy un cubano de ¡Patria o Muerte!, y por eso me toca controlar y exigir por la calidad y el respeto a los consumidores; ni la panadería ni sus alrededores pueden estar sucios o con desorden, independientemente de que es un centro de elaboración continua; tampoco pueden faltar la leña para el horno, o los productos para la caldosa que ofertamos a la población», destacó, mientras coordinaba una producción cooperada con una forma de gestión no estatal.
Robertico, como le llaman subordinados y clientes, encabezó el mencionado proceso de recuperación del local, «no solo con los recursos que el Estado destinó, sino con los medios que el colectivo puso a disposición de la tarea, en la que nos convertimos de alguna manera en carpinteros, albañiles y electricistas».
La industria alimentaria, agregó, «tiene muchas reservas por explotar, y ese es el llamado que ha hecho una y otra vez la dirección del país; no es otra cosa que crear mientras se resiste un bloqueo tan dañino como el que el Gobierno de Estados Unidos nos ha impuesto. Que el pueblo tenga opciones cuando el pan falta es un ejemplo, y aquí atendemos a unos 10 000 consumidores».
Hacer Patria es no parar, aunque falte de todo. Es, en definitiva, la certeza de que, mientras haya un cubano dispuesto a trabajar, a crear y a resistir, no habrá huracán ni bloqueo capaz de apagar el fuego de su dignidad.

CUMPLIR LA PALABRA EMPEÑADA
La primera vez que el joven Yoan Emilio de la Torre Collazo se paró frente al organopónico Victoria de Girón, de la ciudad de Las Tunas, tuvo sentimientos encontrados porque la vista se le perdió entre tantas hierbas, canteros destruidos y muchas otras señales de meses de abandono.
Se propuso cambiarlo, y ahora allí, como parte de uno de los colectivos laborales de la Granja Urbana del municipio cabecera tiene su batalla actual.
Su quehacer es la continuidad de una frase que ha marcado a varias generaciones porque decir -y sentir- el ¡Patria o Muerte! es priorizar los intereses colectivos sobre los propios, a sabiendas de que solo los cubanos podemos resolver nuestros problemas.
«Nosotros vinimos aquí a trabajar y es lo que hemos hecho desde el primer momento. Esto estaba en las más pésimas condiciones; totalmente perdido. La cerca tenía mucho deterioro y faltaban los principales recursos, incluyendo las conexiones eléctricas.
«Somos cinco obreros y yo y nuestra voluntad es echar para adelante todo el tiempo. Lo primero fue limpiar y reacondicionar los 59 canteros y luego comenzamos a sembrar diferentes renglones; sobre todo el tomate empalado, una técnica con múltiples beneficios».
Yoan y sus compañeros conocen de desvelos y preocupaciones porque, a veces, escasea el agua o las semillas no alcanzan; pero, siempre encuentran la manera de salir airosos, hasta con las plagas de insectos dañinos o las amenazas del caracol gigante africano.
«Usamos algunos productos biológicos como la tabaquina, y preguntamos lo que no sabemos. Intercambiamos con otros productores de más experiencia y trabajamos muchas horas al día para transformar el lugar, que a eso vinimos.
«Recuperar esta unidad y sacarle provecho a la tierra es nuestra misión, y la vamos a cumplir para apoyar la soberanía alimentaria. En ese propósito es importante que cada escenario productivo cumpla su rol y lo haga bien».
Cuando se escuchan estas historias, queda claro que la consigna de ¡Patria o Muerte! es algo tangible. Es la lucha diaria que desafía la muerte, la rendición, el desaliento, la apatía.
En un contexto en el cual el bloqueo intenta doblegar el espíritu, el cubano que se crece. La escasez se convierte en catalizador de la creatividad, la limitación en motor de la solidaridad entre vecinos y la dificultad, en el escenario perfecto para demostrar que la mayor riqueza de esta isla no está en sus recursos materiales, sino en la capacidad de su gente para reinventarlo todo.
Porque hacer Patria, al final, es eso: un acto de amor que se renueva en cada jornada, y se defiende a muerte.



















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