
Sancti Spíritus.- Cuando lo traen y lo acomodan en una silla, como si se tratara del mismísimo Pequeño Príncipe de Antoine de Saint Exupery en persona, «se arma, la que se arma»: pacientes y trabajadores aplauden, le tiran besos, lo felicitan…
Con una ecuanimidad pasmosa, él los observa, mientras el semblante -bañado en una de las sonrisas más cándidas que he visto en mi vida- destila esa felicidad que no se finge: se porta en vena, en alma.
El Centro Psicopedágico cumple 36 años de pura sensibilidad humana. Pero él, Carlitos (Espinosa Pérez), está coronando sus primeros 15 calendarios de existencia. De manera que la celebración tiene partida doble.
Delante, un cake. En bolsos, diferentes regalos aportados por miembros de un comité de base de la Unión de Jóvenes Comunistas y por trabajadores de la propia institución.
Claro que le gustan. Por supuesto que, desde el fondo de su fondo, lo agradece. No dice, sin embargo, una palabra. Su mirada es la nítida e inequívoca expresión de ese abrazo que se le escapa por la pupila para envolver a todo el mundo.
En su historia clínica consta una discapacidad intelectual severa y epilepsia. Si no me lo dice Mariela Méndez, la doctora, no lo creería.
Tan sereno, seguro y bello se ve…
«Llegó a nosotros hace ocho años, procedente de la enseñanza especial y se adaptó rápidamente al centro, a pesar de que viene de Trinidad. Es un niño muy cariñoso, tranquilo, obediente y sobre todo muy querido por todos porque se deja querer», –me dice Mariela, mientras en silencio me pregunto si quien habla es la doctora aquí o la madre del pequeño.
Observo la hermosa camisa a cuadros que lleva puesta (Carlitos) y puedo imaginar con cuánto orgullo lo deben contemplar, en cada pase, ese par de abuelos maternos, profundamente humildes, que no han podido encontrar jamás las palabras exactas con que agradecer tanto cariño y tantas atenciones hacia el niño, en términos de alimentación, medicamentos, educación especial, ternura…
Muy lejos está él de suponer que esa mirada, esa sonrisa, esa expresión del rostro suyo anuló por completo la intención que hasta hace unos minutos tenía yo de hacer un comentario, un reportaje, otro tipo de trabajo acerca de cómo el centro mantiene total vitalidad, gracias a la prioridad que le concede la provincia y al sensible aporte de organismos, en medio de este complejísimo momento.
Tampoco sabrá nunca la estiba de preguntas (para él) con que me vuelvo a casa envuelto en una extraña dicha de silencio.
«Es que Carlitos no habla» –me han dicho. ¿Quién dice que no? –he ripostado. Miren esos ojos. Observen esasonrisa.



















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