El Mayor convoca a la carga desde el bronce desde hace 114 años. La Oficina del Historiador los abraza desde hace 29. Este 24 de febrero, Camagüey no solo conmemora el reinicio de las Guerras de Independencia, celebra la savia que mantiene viva el alma de la ciudad que Agramonte soñó libre.
Si uno se para justo frente a la estatua ecuestre de Ignacio Agramonte, en el parque que lleva su nombre, y mira hacia el este, verá exactamente lo mismo que observó Amalia Simoni aquel 24 de febrero de 1912 cuando, con el alma partida por la ausencia, la estatua de bronce y granito rosa de Baveno, obra del escultor italiano Salvatore Buemi. El Mayor sigue allí, como jinete eterno de una ciudad que no concibe su horizonte sin sentirse agramontina.
Pero si en vez de mirar hacia la lejanía, uno observa el entorno, descubrirá que la ciudad no ha quedado congelada en el tiempo. Camagüey vive, respira y se conserva gracias a un ejército de hombres y mujeres que, desde hace 29 años, empuñan planos, pinceles y memorias. La Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey (OHCC) arriba hoy a casi tres décadas de existencia, y lo hace en la misma fecha en que la Mayor de los camagüeyanos se volvió bronce y en que la Patria se levantó de nuevo en armas en 1895. No es casualidad. La historia de Cuba y la de esta tierra de tinajones y alfareros suelen darse la mano.
No es solo restaurar paredes viejas, en estos 29 años la mano de la Oficina ha sido el bisturí que ha operado al Camagüey profundo para devolverle el brillo. Desde la intervención en las calles Maceo e Ignacio Agramonte hasta el Museo Ferroviario, que se alza como prueba de que la ciudad no olvida su pasado sobre rieles, el sello de esta institución está en cada rincón. Y en 2008, cuando un fragmento del centro histórico entró en la lista indicativa del Patrimonio Mundial de la UNESCO, detrás había un expediente tan sólido como las piedras de sus iglesias, tejido con la paciencia de investigadores que no se rinden.
La fecha elegida para el festejo no es un adorno. Un 24 de febrero de 1895, Cuba entera se estremeció con la orden de reiniciar la Guerra que Martí llamó Necesaria. Un 24 de febrero de 1912, el pueblo de Camagüey le regaló a Amalia Simoni la eternidad de su esposo esculpida en bronce. Y desde 1997, cada 24 de febrero, la Oficina del Historiador de la Ciudad renueva su juramento de hacer de Camagüey una ciudad mejor.
Por eso, por tanto simbolismo en una fecha, los hijos más jóvenes de Agramonte también recorrieron la ciudad, en bicicleta y la bandera de la estrella solitaria en las manos, desde la plaza Joaquín de Agüero, antigua Plaza de Méndez, donde las autoridades coloniales pretendieron ahogar el primer grito libertario de esta tierra, hasta el parque que recuerda al héroe epónimo de los camagüeyanos.
Los tiempos son difíciles, pero mientras El Mayor siga al frente, con su mirada de bronce apuntando hacia el horizonte libre, y mientras haya quien se empeñe en conservar los valores histórico-patrimoniales que hacen única a esta urbe, Camagüey seguirá siendo esa dama antigua que, pese al paso de los siglos, no envejece: se engalana.




















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