ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Obra de Frederick Coffay Yohn.

En 1873, a la mitad del camino que recorrería la Guerra de los Diez Años, José Martí afirmó que en Cuba «la insurrección era consecuencia de una revolución». Dejaba así sentado, explícitamente, el núcleo conceptual de la reorientación ideológica impresa por él al curso de la lucha independentista en Cuba. Ese núcleo conceptual será el que plasme –desarrollado como formulación universal– en el primer número de Patria (14 de marzo de 1892), al definir el programa de ese periódico: «la guerra es un procedimiento político».

La formulación, expresada en el vocero de la prédica martiana para la guerra necesaria, se ubica en el centro del fundador pensamiento del Héroe Nacional. Ya en 1880 había evidenciado su conciencia de que su pupila crecía al servicio del pueblo de Cuba, y se diferenciaba de la visión que tenían otros, enturbiada por una «urbana y financiera manera de pensar». En esa misma oportunidad estableció: «Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones».

Años después, próxima ya a proclamarse, el 10 de abril de 1892, la organización política fundada por él para realizar su proyecto liberador, expresaría: «El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano». Sus concepciones democráticas –nutridas por el decisivo crecimiento de las fuerzas populares en el seno del movimiento patriótico de Cuba– se reflejaron también en una consecuente estrategia militar, llevada, incluso, hasta el modo como habría de consumarse el levantamiento que daría inicio a la nueva guerra: a diferencia de había caracterizado al independentismo en nuestra América y, dentro de ella, en Cuba, la lucha armada no estallaría en un punto aislado, sino, simultáneamente, en la mayor cantidad posible de localidades con fuerzas movilizadas para la gesta.

Tal orientación estratégica obedecía, en lo inmediato, a la necesidad de afinar al máximo la eficiencia militar del movimiento revolucionario, no solo frente al Ejército español –que en 1895 no tendría que encarar la multitud continental de fuerzas que a principios de siglo se habían alzado contra él en América–, sino también frente al peligro de la intervención estadounidense. Este peligro era, en el fondo, lo que más preocupaba a Martí, como él mismo confirmó en su carta póstuma a Manuel Mercado. La complejidad de semejantes circunstancias explican el sentido determinante de su afán por lograr que la guerra fuera «breve y ágil como el rayo».

Al mismo tiempo, la avanzada y sembradora estrategia político-militar fue encarnación del carácter democrático del proyecto revolucionario martiano en su conjunto. Como el Maestro la concibió, la insurrección del 24 de febrero de 1895 constituye un antecedente de lo que hoy llamamos guerra de todo el pueblo. En ello, como en tantos otros aspectos cardinales, «es y será guía eterno de nuestro pueblo», y autor intelectual de nuestra Revolución.

Aunque circunstancias y factores de diversa índole impidieron que el 24 de febrero se levantaran todas las localidades comprometidas, ese día lo hicieron varias de ellas. En Matanzas, adonde se trasladó Juan Gualberto Gómez, enlace del Partido Revolucionario con los conspiradores que se hallaban en Cuba, el honor correspondió a Ibarra y Jagüey Grande; y en Las Villas a Los Charcones, foco vinculado con los matanceros.

Grupos armados de Oriente –donde fue más exitoso el plan– se pusieron en pie de guerra, por lo menos, en unos cuantos lugares de la jurisdicción de Santiago de Cuba: Alto Songo. El Cobre, San Luis y Loma del Gato, cuyo poblado fue incendiado; así como de Manzanillo: Bayate y «casi todos los poblados del término», según ha escrito Hortensia Pichardo. Los bayameses lo consiguieron en El Mogote, Vega de Piña y San Diego; mientras también lo hicieron huestes guantanameras en Matabajo, La Confianza, el ingenio Santa Cecilia y Hatibonico, donde se tomó el Fuerte enemigo. La relación de los más importantes acontecimientos orientales del 24 de febrero puede concluirse con los de Jiguaní y Baire. Aquí Saturnino Lora –de acuerdo con un testimonio citado por la propia Hortensia Pichardo– le expresó a su tropa que aquel «no era un movimiento local, sino un movimiento generalizado en toda la Isla».

Sabias palabras las de Lora: si bien con distinto grado de fortuna, todos los grupos levantados el 24 de febrero actuaron en cumplimiento del plan concebido por Martí al frente del Partido Revolucionario Cubano. La simultaneidad alcanzada no fue obra del azar, sino de un proyecto cuidadosamente elaborado.

Lo que vendría a ser el verdadero pronunciamiento de aquel estallido en su conjunto, o sea, de la guerra necesaria a la que todos los levantamientos sirvieron como acto sagrado y fundador, fue el Manifiesto de Montecristi, escrito por Martí y firmado por él y Máximo Gómez el 25 de marzo de 1895, en el tránsito de ambos hacia Cuba insurrecta, donde el Maestro se propuso realizar plenamente las ideas revolucionarias a las que se había consagrado. Por ello, mientras preparaba en campaña la Asamblea –a la cual la muerte le impidió llegar– que debía establecer la estructura de dirección adecuada para la patria combatiente, expresaba que la representación en dicha Asamblea le correspondía a «todo el pueblo cubano visible», o sea –en las condiciones del país en guerra–, a «las masas cubanas alzadas».

Fueron grupos representantes de las masas cubanas los que se levantaron en distintos lugares de la Isla el 24 de febrero de 1895, de acuerdo con un plan novedoso y popular, cuyo máximo dirigente no podía estar para esa fecha en ninguno de aquellos puntos: al igual que los más sobresalientes jefes llamados a seguirlo, debía permanecer en el extranjero hasta después de iniciada la contienda, en aras de la seguridad requerida por el movimiento que él encabezaba.

A todos esos grupos de alzados, y a los combatientes que los secundaron, debemos la devoción a que ganaron derecho con el nuevo «bufido del honor» por donde –a la voz y el ejemplo de Martí–volvió a enseñarse entera la dignidad de Cuba, abonando el camino que llevaría a nuestro pueblo a la victoria.

* Archivo de Granma. Publicado con el título Alzamiento en Cuba, en la edición impresa del 24 de febrero de 1988.

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