del silencio
reminiscente de mi cuarto
brotan estas palabras
para nombrar lo ausente
en la ferocidad del día de los días
hasta el fin suficiente hasta el regreso
con el polvo de astros y palabras
al futuro en la sombra
al silencio
PRÓLOGO
A ratos, desanda entre sus labios la costumbre del «presente» en varias conjugaciones: «Yo le digo». «Él me dice».
¿En libros como este, a quién le importa el uso correcto, si el «pretérito» nunca es buen tiempo verbal para hablar del amor? Mucho menos, cuando el amor se queda sin «futuro imperfecto».
Que se muerdan la lengua los sabios gramaticales: al amor siempre le vendrá bien joderles la pedagogía. Que se alejen de estas líneas los incrédulos, los bastardos del pudor, los decentes, los susceptibles, los del miedo al vacío, los que no quieren sentir. El resto, sean capaces de usar incorrectamente los tiempos del verbo «amar».
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CAPÍTULO 1: PÁJAROS EN LA TENDEDERA
Vivían puerta con puerta, como en las historias simples. Y cuando hubo pasado por el mar cierta cantidad de águilas, se les juntó la vida más allá del pasillo intermedio.
Empezaron a volverse «nuestras» cosas que antes eran de uno solo y, en la tendedera de aquel patio de Alamar, Pedro, «artista al fin», imaginaba pajaritos donde había «palitos negros». Entonces, les dio por alimentar a los que vuelan para que, en pago inconsciente, alegraran las horas primeras.
Cuando se mudaron aquí, esa costumbre usurpó el balcón. Siguieron las mañanas con pájaros en los pies, mientras bajaba el café por sus gargantas.
Todos los días vienen a posarse cerca de las macetas y, «como han cogido confianza», a veces, entran hasta la sala. Cuando Xonia los ve, piensa en Pedro. Siempre. ¿Si los pájaros van al cielo le contarán algo?
CAPÍTULO 2: «HOY TE QUIERO MÁS QUE AYER»
Nunca lo vio embarrarse de pintura, algo que su amigo, el pintor que «pintaba descalzo», jamás comprendió. Pedro «tenía sus cosas».
Terminaba una obra y siempre se la enseñaba: «¿qué ves ahí?». Aunque ella no sabía mucho de tal mundo, sabía lo suficiente como para que él, varias veces, le hiciera caso al «Yo hubiera hecho esto. Yo hubiera sacado esta línea desde la esquina».
Una vez hasta se quedó por título una interpretación de Xonia. Las formas le habían devuelto «una persona tocando el piano», así que aquel cuadro «se vendió como El Pianista».
Cuando a Pedro le dio por «hacer pinturas en saco», quiso que ella aprendiera también porque «no es que tú pintes así y ya. No, no. Tienes que ir pintando todos los huequitos».
Ha de saberse –por si no se sabe aún– que Pedro de Oraá también fue poeta y, poeta al fin… «Yo estaba sentada y él allí pintando. Y me tiraba un papelito. Yo lo cogía, lo abría: “Hoy te quiero más que ayer”; “Te queda linda esa blusa”. Todos esos papelitos los tengo por ahí».
CAPÍTULO 3: LA FOTO QUE NO ESTÁ
Se respiran lienzo y pincel, palabras del amor vivo. Cuesta contabilizar cuántas firmas de Oraá dan autoría a materiales autopercibidos arte entre tanto bostezo de la plástica.
Hay premios en las paredes, abstractivos en repisas, la portada enmarcada de una edición de Paradiso ilustrada por Pedro, fotografías, flores y libros, muchos libros: solo algunos con marbete porque: «como él era tan matraquilloso, no quise ensuciárselos».
Y los cuadros, los cuadros…
–Este es una copia de La Parranda. El original está en el museo.
–Este es un Pedro distinto, porque es del 94. Y estos otros son de 2019.
–Este yo no sé por qué nunca lo quiso vender. Vino un hombre a comprar y el que le gustó fue ese. Pedro le dijo: «es el único que no vendo». Y no se lo vendió.
–Y este es el que más me gusta a mí porque me lo regaló en 2009, por el Día de los Enamorados.
De los libros que Pedro escribió, Xonia solo presta los que tiene repetidos. A veces, los regala. Las fotos las ha organizado en catálogos: «aquí están las familiares, aquí las de los amigos…». Y, de a poco, las ha ido escaneando para digitalizarlas. Se ha encargado también de traducir libros y hacer no sé cuántas cosas más para que el alma de artista que ella amó –que ama– nunca muera, para que, corra el tiempo que corra, alguien, siempre, la recuerde.
Pero luchar contra el olvido toma tiempo. Por eso quiere dejar el trabajo, para «meterle cabeza a lo de Pedro». Lo que pasa es que ahora mismo no tienen quién la releve en sus labores de bibliotecaria y sigue yendo, cuando puede, hasta que encuentren a alguien. Su argumento es tal que uno llega a pensar que ella también carga con la cruz de un poeta: «De la cuenta con que vine, se me está acabando el tiempo».
Entonces, pasa al cuarto. Hay más cuadros, luz por la ventana que da al este, y un retrato de su madre.
«Él me dijo: “Cuando yo me muera, nunca pongas una foto mía”. Todas las mañanas, le digo a mi madre: “Dame fuerza. Y si estás junto a Pedro, quiérelo como me quiso él a mí”».
CAPÍTULO 4: TRANSGREDIR EL TIEMPO
«Se murió agarrando las manos de mi hijo, no las mías. La doctora me pidió que me sentara en la mesa, por aquella esquina, porque tenía la presión demasiado alta.
«Él iba a llorar y le dije: “¿Te acuerdas de lo que tú me decías a mí? Que las lágrimas nunca en la vida te habían resuelto ningún problema, ni siquiera los dolores”». Y, aun así, Xonia Jiménez todavía llora, cada vez que el mar no logra quedársele quieto dentro.
«¿No te has dado cuenta de que mencionaste a Pedro casi diez veces en la hora?» –le han preguntado. Ella no se acostumbra a «lo ausente».
Cuando «más triste» está, va adonde cree encontrarlo: «y me siento ahí. Y hablo con él». No ha dejado de ir «tempranito» un solo cumpleaños suyo porque –transgrediendo los tiempos o, quizá, no– «él siempre me hace una sorpresa.
«Me enseñó muchas cosas de la vida. Yo lo amé. Me enamoré de él de forma tal que pienso que nunca había estado enamorada de nadie. Tenía algo que jamás vi en otro hombre. Yo le decía a una prima mía que él era distinto a todos los demás. Ella se reía».
Lo único que Xonia lamenta es que si se hubieran conocido antes habrían «tenido una novena de pelota». A Pedro «le encantaban los niños». Todavía se acuerda de cuando uno desarmó en el piso un juego de dados, le soltó aquello de «Hazme un abstracto ahí», y Pedro se sentó con él a jugar a los pintores de lo no concreto.
Podría uno creer –sin temor a equivocarse– que a ella la amó con la misma libertad de sus pinturas: esas que caben en interpretaciones inexactas porque lo verdaderamente importante es sentir, aunque no se entienda lo que se está sintiendo.
EPÍLOGO
Nadie sabe con certeza –aunque se prodigue– cuáles son «el origen y el destino del universo». Muchísimo menos, el origen y el destino del amor.
Adónde van a parar los amores que, de tan enteros, dejan un vacío en medio del pecho y flores en algún lugar pintado de blanco.
Adónde van a parar los amores que no se llevan nada: ni el lado frío de la cama, ni las costumbres, ni las fotos, ni la taza del café, ni los besos…
Adónde van a parar los amores que no se mudan de ciudad, sino de mundo; los que, hasta mudándose de mundo, permanecen en este.
Adónde van a parar los amores que dejan La Teoría del Todo en la página 24 porque la mudanza no les da chance a leer el resto del libro.
Adónde van los amores que abren La Teoría del Todo que otros dejaron en la página 24 para colocarles un papel que diga: «Último libro que leyó Pedro».



















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