Sabemos que el aporte de Granma a la experiencia comunicacional latinoamericana no puede comprenderse como un capítulo anecdótico dentro de la historia del periodismo regional; es, más bien, un laboratorio histórico donde la palabra se asume como fuerza material y la verdad como territorio en disputa. Desde su fundación en 1965 como órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, Granma ha operado en una zona de tensiones donde informar no es únicamente transmitir datos, sino participar activamente en la configuración simbólica de la realidad. En América Latina, donde la comunicación ha estado intoxicada por asimetrías coloniales, dependencias económicas y hegemonías mediáticas monopólicas, la emergencia de un medio que declara su inscripción en un proyecto revolucionario implicó una redefinición radical del estatuto de la noticia. La prensa, lejos de concebirse como observadora neutral, se reconoce como actor histórico organizador, como trinchera y como herramienta de formación política. Es una herramienta para la dirección científica de la sociedad.
Esa condición organizadora no se reduce a la retórica épica; se expresa en una práctica semiótica concreta. La “verdad en combate” no es una metáfora ornamental, sino una hipótesis de trabajo; toda producción de sentido está atravesada por fuerzas en pugna, por intereses que intentan naturalizar su versión del mundo como si fuese la única posible. En ese escenario, Granma asume la comunicación como campo de batalla simbólico, donde la construcción de la verdad exige desenmascarar las operaciones ideológicas que pretenden presentarse como “sentido común”. Frente a la maquinaria mediática global que, desde corporaciones asentadas en centros de poder, fija agendas y jerarquiza acontecimientos según lógicas mercantiles o geopolíticas, el periódico cubano se propone disputar el significado de los hechos, reordenar las prioridades y ofrecer marcos interpretativos que partan de la soberanía nacional y la solidaridad internacionalista.
Y la experiencia latinoamericana de comunicación popular encuentra en Granma un antecedente y un interlocutor. Si en otros países surgieron radios comunitarias, periódicos obreros o televisoras alternativas como respuesta a dictaduras y neoliberalismos, en el caso cubano la prensa revolucionaria se convirtió en filosofía política de Estado, lo cual generó una singularidad, la posibilidad de articular coherentemente educación, cultura y comunicación bajo un mismo horizonte estratégico. No se trata de negar tensiones internas ni desafíos dialécticos propios de toda institucionalización revolucionaria, sino de reconocer que la existencia de un medio con alcance nacional, comprometido explícitamente con un proyecto emancipador, alteró el mapa simbólico de la región. Granma no sólo informa sobre Cuba; propone una narrativa continental donde las luchas de los pueblos se leen como capítulos de una misma historia de revolución frente al imperialismo.
Contamos con que la semiótica subyacente a esta experiencia parte de una premisa dialéctica: el signo no es inocente, la palabra no es sagrada, la imagen no es neutral. Cada titular, cada fotografía, cada editorial configura un dispositivo de sentido que organiza la experiencia social. En contextos de asedio económico, campañas de desinformación y disputas diplomáticas, el periódico se convierte en espacio de clarificación programática. No se limita a responder acusaciones; intenta desarmar los códigos desde los cuales esas acusaciones adquieren verosimilitud. Así, la verdad en combate no es un dogma cerrado, sino un proceso de producción colectiva, donde la realidad se contrasta con la experiencia cotidiana del pueblo y con la memoria histórica de la Revolución.
En América Latina, herida por golpes de Estado mediáticos y operaciones psicológicas, la lección que emana de esta experiencia es que la comunicación no puede desentenderse de la correlación de fuerzas. La objetividad, entendida como abstención política, suele encubrir la reproducción acrítica de matrices informativas dominantes. Granma, en cambio, asume que toda objetividad es histórica y que la honestidad intelectual consiste en explicitar el lugar desde el cual se lucha. Esta toma de posición no elimina la exigencia de rigor; la redobla. De ahí la insistencia en la verificación, en la coherencia entre discurso y práctica, en la correspondencia entre lo que se proclama y lo que se vive.
Hoy la narrativa que despliega el periódico articula revolución de sentido y cotidianidad. La épica semiótica no como exaltación vacía, sino como reconocimiento de que la historia cubana contemporánea ha estado signada por desafíos extraordinarios, bloqueo económico, injusticias a granel, crisis energéticas inducidas, amenazas militares imperiales. En ese contexto, la crónica de una zafra, la inauguración de una escuela o el avance científico adquieren densidad simbólica; se leen como actos revolucionarios y afirmación de no retorno. Su filosofía de la comunicación dialéctica evita que se petrifique en consignas y permite que socialmente se reconozca un proceso revolucionario en movimiento permanente.
Así, el aporte regional de esta experiencia también es un modelo exportable metodológicamente, para disputar la hegemonía mediática desde una perspectiva revolucionaria. En tiempos donde plataformas digitales transnacionales imponen algoritmos que jerarquizan contenidos según criterios comerciales, la apuesta por una comunicación orientada por valores políticos y sociales adquiere renovada relevancia. Granma ha sabido adaptarse a la era digital, ampliar su presencia en internet, dialogar con nuevas generaciones acostumbradas a la inmediatez y la fragmentación. Ese tránsito no está exento de aportes y logros, ¿cómo mantener profundidad analítica en entornos que privilegian la brevedad? ¿Cómo sostener la coherencia discursiva en redes donde proliferan rumores y noticias falsas? La respuesta ha sido reforzar la formación profesional, integrar recursos multimedia y sostener la perspectiva crítica frente a la intoxicación burguesa global.
Tener la verdad en combate implica, además, una pedagogía del lector. No se trata sólo de emitir mensajes, sino de formar sujetos capaces de leer críticamente cualquier mensaje, incluso el propio. En este sentido, la experiencia cubana dialoga con tradiciones latinoamericanas de educación popular, donde la comunicación es entendida como proceso participativo y emancipador. El periódico, más que un producto de consumo, se concibe como instrumento organizador de la militancia colectiva. Las cartas de los lectores, los espacios de opinión y las coberturas sobre asambleas y consultas populares, el arte, la ciencia, la literatura revelan una voluntad de interacción que, aun con límites, busca evitar la verticalidad absoluta.
Entonces, la dialéctica narrativa que atraviesa el desarrollo de Granma se funda en la conciencia de que la verdad no es un objeto estático depositado en un texto, sino una relación viva entre hechos, interpretaciones y proyectos históricos. Revolución de conciencias. En un continente donde la palabra «democracia» ha sido secuestrada para justificar la explotación de los trabajadores, las intervenciones y saqueos, reivindicar la verdad como construcción soberana es un acto político de primer orden. Granma ha contribuido a ese debate al sostener una línea editorial que prioriza la lucha por la autodeterminación de los pueblos, la integración regional y la denuncia de las desigualdades estructurales del capitalismo global. Y el plan realmente nuevo y más lleno de futuro que es el gobierno de la comunidad por sí misma: comunista.
Así, el aporte a la experiencia comunicacional latinoamericana se despliega en múltiples planos: como ejemplo de prensa comprometida con un proyecto revolucionario; como escuela de periodistas formados en la conciencia de que cada signo es campo de disputa; como plataforma de articulación simbólica entre Cuba y todos los continentes; y como recordatorio permanente de que la neutralidad absoluta es, en contextos de dominación, una ficción funcional al poder. La verdad en combate no es una consigna cerrada, sino una invitación a pensar la comunicación como praxis de organización transformadora. En esa invitación resuena la convicción de que narrar es intervenir, que informar es tomar partido y que la comunicación, cuando se asume con responsabilidad histórica, puede convertirse en una de las formas más altas de la acción política. Revolucionaria.



















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