BAYAMO, Granma.–La máquina emite un zumbido bajo y constante. Por sus mangueras, cual arterias artificiales, se observa el fluir de la sangre. Desde la cama, Diana Fuentes Cabrera, de 33 años, reposa apaciblemente. Ya no observa con curiosidad el proceso. Son ocho años lidiando con esta disfunción renal, así que se lo sabe de memoria.
Su sangre viaja por un tubo transparente hacia el filtro que limpia lo que sus riñones ya no pueden. Afuera, aguarda otra máquina igual de vital: el taxi que debe llevarla de vuelta a casa, a 45 kilómetros de distancia, en el montañoso municipio de Buey Arriba, en Nuevo Yao.
Su vida, y la de decenas de pacientes del servicio de hemodiálisis del hospital provincial Carlos Manuel de Céspedes, enclavado en Bayamo, depende de la frágil sincronía entre ambas.
Este es el relato de una dependencia doble: del equipo de salud y del combustible. De vidas que se sostienen por un hilo de tecnología y logística, en un país donde garantizar lo esencial es una batalla diaria a causa del bloqueo económico impuesto por el Gobierno de Estados Unidos.
LA VIDA EN PAUSA
«Cuando vengo a recibir mi tratamiento, me levanto a las 4:30 o 5:00 a.m. para alistar las cosas de mi hijo para la escuela. Yo no me imagino una hemodiálisis sin una transportación, porque de ahí parte que yo pueda asistir a mi tratamiento», refiere Diana, quien, además de paciente, es madre de un adolescente de 13 años.
Su voz tiene la serenidad de quien ha hecho las paces con su destino, y como tal, lo acepta; pero sin ese pesimismo existencial que experimentó al conocer de la enfermedad.
«Cuando recibí el diagnóstico, lo primero que pensé fue que me iba a morir pronto. Sin embargo, después comprendí que se trata de un proceso y que, con el tratamiento adecuado y disciplina, es posible alargar los años de vida.
«Al principio, me limitaba mucho en casa. Todo el peso recaía sobre los hombros de mi madre, hasta que me di cuenta de que yo también tenía que poner de mi parte. Así que comencé a insertarme poco a poco en las tareas del hogar y en la atención de mi hijo».
Lunes, miércoles y viernes, su mundo se reduce a un viaje de 45 kilómetros de ida y vuelta desde Nuevo Yao hasta Bayamo, y a las cuatro horas conectada a la máquina que la renueva.
La hemodiálisis no es una opción; es la única alternativa al trasplante renal. La doctora Olga Díaz Nejviadovich, profesora instructora y especialista en Nefrología del Hospital Carlos Manuel de Céspedes, lo explica con precisión clínica.
El Hospital Céspedes atiende aproximadamente a unos 68 pacientes crónicos; aunque, en general, superan los 80, provenientes de municipios distantes como Cauto, Cauto Cristo y Buey Arriba, que constituyen «la zona del Cauto», una región donde las distancias devoran el tiempo, y el estado de las carreteras ralentiza y hace pesadas las horas.
Tres de estos pacientes son anéfricos, no tienen riñones, y dependen totalmente de una máquina de hemodiálisis para depurar su sangre, compensar su peso y el líquido que han generado. Para Diana, la máquina a su lado es una compañera incómoda pero necesaria. Le cambió la vida a los 24 años.
EL VIAJE MÁS LARGO
Pero la normalidad se quiebra fuera del hospital. La pieza crítica del engranaje es el transporte garantizado por el Estado, un contrato entre el Ministerio de Salud Pública y el de Transporte (Cubataxi) para mover a estos pacientes.
La doctora Yelenis Elías Montes, directora general de Salud Pública en Granma, lo describe como un esfuerzo costoso y prioritario: «Este programa requiere un combustible que se respalda bajo cualquier circunstancia».
Sin embargo, la circunstancia en ocasiones gana la partida. Diana recuerda una de esas experiencias desafortunadas:
«El transporte asignado se rompió, así que coordinaron una ambulancia que a las 11:00 p.m. llevaría pacientes a Buey Arriba, para que nos trasladara. Fue una espera agotadora. Somos pacientes que no podemos simplemente decir "voy a la terminal" e irnos; cuando comenzamos a caminar, la presión arterial baja y sobrevienen mareos y náuseas. Es muy difícil.
«No me imagino el servicio de hemodiálisis sin ese taxi asegurado, y lo que su pérdida significaría para nosotros».
Para quienes viven en la lejanía, el regreso se convierte en una odisea que pone en riesgo el tratamiento recién recibido.
«En los momentos puntuales en que se ha averiado el taxi, he tenido que tomar una "guaranda", pagar un pasaje a sobreprecio hasta la carretera y, después del tratamiento, caminar cinco kilómetros», cuenta Joel Morales González, de Cauto Cristo.
Su voz se quiebra al evocar el extenso camino de tierra que debe recorrer para llegar a su destino: cinco kilómetros hacia el interior, desde la carretera hasta La Tres de Cauto Cristo, ya en los límites de Holguín.
Incluso para pacientes como Jorge Rodríguez Pérez, del propio municipio de Bayamo, la garantía del transporte es una tranquilidad.
«Residir en la cabecera provincial no me libra de la incertidumbre cuando escasea el combustible. Si se endurecen las medidas de Donald Trump, en ciudades como Bayamo o Manzanillo se podría recurrir a triciclos eléctricos para los pacientes. Pero ¿qué pasaría con quienes viven en la profundidad de los municipios?».
En la sala de hemodiálisis, se establece una relación íntima y paradójica entre el paciente y el aparato. La máquina, ese órgano externo, de plástico y metal, le quita la sangre sucia y la devuelve limpia. El paciente se entrega a ella con una confianza absoluta, sabe que en esos tubos está su presente y su futuro.
Para Joel, la máquina es el recordatorio físico de su fragilidad. Para Diana, es la rutina que le permite ver crecer a su hijo. Ambos le ceden el control de su cuerpo por horas, en un acto de fe en la tecnología y en las manos de los enfermeros.
UN SISTEMA BAJO ASEDIO
Según la doctora Yelenis Elías Montes, en la provincia existen tres centros que realizan hemodiálisis. Además del hospital Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, que atiende a la región del Cauto, está el hospital Celia Sánchez Manduley, en Manzanillo (para pacientes de la zona costera), y el policlínico David Moreno, en Jiguaní, único servicio en la atención primaria.
«Este es un programa que se atiende de una manera muy particular, a partir de que es un servicio de alta sensibilidad, por lo que significa para los pacientes como una oportunidad de vida», subraya Elías Montes.
La hemodiálisis es el dique de contención ante la muerte. Mantener con vida a estos pacientes es una ecuación con múltiples variables. No basta con la máquina de diálisis. Se necesita, en palabras de la directora, «una gran articulación». Primero, los insumos médicos críticos: concentrado, bicarbonato, clorosodio, el dializador mismo, jeringuillas, todos asediados por el bloqueo.
Luego, está el soporte técnico invisible pero fundamental: la planta de tratamiento de agua. En Granma, son los electromédicos locales quienes, contra viento y marea, las mantienen funcionando, supliendo con ingenio y mantenimiento constante la imposibilidad de un reemplazo oportuno de piezas. Y, por supuesto, el recurso humano: nefrólogos especializados y personal de enfermería entrenado.
El transporte es el eslabón más visiblemente frágil de esta cadena. Cuando falla, no es un simple contratiempo; es una amenaza directa a la terapia. Se activan protocolos: a veces se hospitaliza al paciente, otras se usan ómnibus, está la casa de nefrópatas. Pero la solución no siempre llega a tiempo o de forma digna.
En el volante de esa lucha logística está Guido Emilio Manduley, taxista de Río Cauto con 20 años transportando pacientes de hemodiálisis.
«Esa recogida programada vale su peso en oro. Los caminos están en mal estado y, con la salud de estos pacientes, no es fácil buscar alternativas por cuenta propia con el transporte público tan deficiente. La situación empeora los días lluviosos, cuando la circulación se reduce y hay que lidiar con los oportunistas… Menos mal que cuentan con este apoyo de la Revolución».
Al final del turno, Diana es desconectada de la máquina. Se siente ligera, pero vulnerable. Joel sale con la pesadez de quien ha caminado demasiado, en cuerpo y alma. Los dos, y los más de 60 que comparten esta sala, son testigos de una paradoja: el Estado cubano garantiza un tratamiento que en muchos países sería inaccesible por sus altos costos; pero la crisis económica y logística hace que el acceso a este sea, a veces, una carrera de obstáculos desgarradora.












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