Hasta el pasado fin de semana, el número 32 me conducía a dos únicos recuerdos: el dorsal de Víctor Mesa y la cantidad de selecciones participantes en los mundiales de fútbol, antes de la ampliación de plazas para el certamen previsto dentro de unos meses en México, en Canadá, y en el mismo país cuyas ansias expansionistas crearon otro significado del 32 y nos lo grabaron bajo el fuego del horror.
Ya terminó el duelo, de manera oficial, pero solo nuestras almas, desde el fondo, saben cuánto va a durar ¡Cómo pesa llevar este dolor a cualquier lugar y en todo momento! ¡Cuánto cuesta hoy una simple sonrisa!
Desde el lunes, cada vez que la cotidianidad me imponía caminar cerca de los ministerios del Interior y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, sentía como si el plomo disparado a sus cuerpos, durante la heroica defensa de Venezuela y de su Presidente, se hubiera vertido sobre nuestro derecho a la alegría.
Al principio, cuando aún desconocíamos sus nombres, me entraban deseos de saludar o abrazar a cuantos hombres y mujeres vestidos de verde aparecían ante mí, aunque al final siempre prefería el homenaje del silencio lleno de clamores.
Pero al saber cómo se llaman, su edad, sus grados y mirar sus rostros… Resulta una tarea muy ardua imaginar y abrazar desde un papel a aquellos en quienes habitó tanta vida y supieron morir en su hora.
Escuché, de un compañero de trabajo, una evocación admirada de muchos oficiales con los que tuvo el placer de estrechar vínculos. También leí mensajes conmovedores de familiares en redes sociales, tristes, pero al mismo tiempo firmes y seguros del deber cumplido.
Más allá de la historia, los libros, los cuentos de mis abuelos, nunca me había correspondido sufrir en mi tiempo esta clase de penas: ni Barbados y otros incontables atentados terroristas, ni los internacionalistas fallecidos en varias naciones de África, en Bolivia, en Nicaragua.
Esta herida nunca acabará de cerrar, señalará nuevamente cuáles son los asesinos y la importancia de luchar por la vida. Lo he comprendido como nunca: en la guerra, las cifras son más que números y una sola persona de menos basta para estremecer el milagro de existir ¡Hasta siempre, hermanos!



















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