Habían pasado solo cuatro días de aquel primero triunfal cuando a la obra inconmensurable le nació una hija pródiga, la Policía Nacional Revolucionaria.
Con misiones claras desde el instante en que el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz lo fundara, ese cuerpo pasó a ser una estructura imprescindible en función de velar también por los intereses de la patria, protegiendo cada rincón de la Isla y, sobre todo, a su pueblo.
Antecedida por la Policía Rebelde, su papel pasó a ser muy pronto imprescindible, no solo en aquellos primeros años, sino a lo largo de la historia, pues desde entonces hasta hoy han sido muchos los peligros enfrentados por la Patria, e incontables los intentos de fracturar una de nuestras grandes conquistas: el orden y la tranquilidad ciudadana.
En estos 67 años de existencia, que comparten con su obra madre, sus combatientes han dado innegables pruebas de lealtad y no pocos se han inscrito entre los mártires que, cuando el deber los puso en la disyuntiva, no dudaron en poner de por medio su vida, por la de los suyos, por aquellos a los que han jurado proteger.
A diferencia de otros cuerpos policiales en mundo, no tiene el nuestro las manchas morales de la represión o la tortura entre sus métodos. Sin dejar de cumplir con su deber, no han optado jamás por convertir el miedo en sinónimo de respeto, o el abuso en antesala de la autoridad.
Por eso se les reconoce, y también por su altruismo, y por la entrega y hasta las cotas de renuncia que requiere el camino que eligen. Por eso se les puede ver lo mismo patrullando en las calles, que socorriendo a quien acuda a ellos por ayuda, o cruzando ríos crecidos para salvar vidas.
Para ellos el uniforme no es solo un distintivo o una mera cuestión de disciplina, es también el abrazo de convicciones, valores y principios que, de forma innegable, han recibido por herencia mambisa, rebelde, y, sobre todo, revolucionaria.



















COMENTAR
Responder comentario