Campechuela, Granma-.Un maestro es un artesano de lo posible y un arquitecto de autonomías. Su labor no se limita a transmitir conocimientos, sino que consiste en construir puentes entre las capacidades presentes de un estudiante y su potencial aún no revelado, entre un mundo lleno de desafíos y un futuro donde la dignidad no sea un privilegio, sino una base.
Con paciencia de orfebre y visión de creador, no impone caminos, sino que despeja el terreno, proporciona herramientas y acompaña el proceso mediante el cual cada alumno edifica su confianza para caminar con pasos propios.
UNA VOCACIÓN QUE DESPIERTA MUNDOS
Ese arte transformador toma forma concreta en un salón de la escuela Fructuoso Rodríguez Pérez. Allí, educadores como Daniela Jiménez Vega, egresada de la enseñanza especial, moldean el futuro con la paciencia de quien conoce la textura única de cada niño.
Esta escuela, que acoge a 37 niños con discapacidad intelectual leve y moderada, y asesora a otras ocho aulas municipales, es el taller en el que aquella teoría se hace práctica: en el que lo aparentemente imposible se traduce en un título de oro, en un oficio, en una vida que se sostiene por sí misma.
Para Daniela, esto no es solo método; es una vocación que nace de una convicción profunda: «Esta es una profesión muy sacrificada. Exige mucho amor y paciencia, y es lo que pocas personas hoy en día tienen. Me gusta compartir mi tiempo con los niños... Quiero que se sientan bien, que se sientan en su entorno y prepararlos para la vida. No quiero que se sientan inferiores». En sus palabras, el ideal se convierte en compromiso diario.
EL PUPILO DEVIENE MAESTRO
Entre esas proezas silenciosas que tejen la trama de esta escuela, emerge la historia de Leyner Milagro Milán Rivero. Su camino comenzó en un lugar de retraimiento: su situación de discapacidad la llevó a rechazar la escuela y a encerrarse en su habitación, con temor a enfrentar el mundo.
La dedicación del equipo docente y del grupo preventivo comunitario logró revertir esa realidad. A través de visitas constantes y un diálogo perseverante con sus padres, no solo consiguieron que Leyner cruzara de nuevo la puerta de la escuela, sino que en ella encontrara su vocación.
El esfuerzo colectivo rindió un fruto extraordinario: se graduó con Título de Oro en la especialidad de Bibliotecología. A la par, cursa su licenciatura en Educación Preescolar.
Tras un año sirviendo en la enseñanza primaria, pidió regresar a una escuela especial. Quería, desde su propia experiencia vivida, tender una mano a quienes ahora enfrentaban sus mismos desafíos.
«Atiendo a estudiantes de primero a noveno grado, pero todos son niños. Trabajar con ellos es muy lindo», comparte.
En ese espacio, los libros son solo el punto de partida. Leyner emplea cuentos y disfraces para abrirles ventanas a paisajes imaginarios, creando una comunicación en la que la fantasía se convierte en un lenguaje común. Su método guía a cada niño a explorar su propio mundo interior, a nombrar sus emociones y a encontrar, en el relato compartido, una brújula moral y emocional propia.
HERRAMIENTAS PARA LA VIDA
En el taller polivalente, Marlén Dávila Corrales, con casi cuatro décadas de experiencia, genera independencia. Cada habilidad enseñada –un punto de costura, un ladrillo bien colocado, un corte de cabello, una planta cultivada o un calzado reparado– es una herramienta precisa que entrega a sus alumnos.
Su logro es ver a sus antiguos aprendices convertidos en constructores activos de la comunidad, sosteniendo con sus oficios una parte del mundo.
«El niño que transita a una escuela de oficios va con una formación previa.
«Soy una de las maestras más antiguas que quedan en esta escuela. Me voy a retirar, pero no quisiera hacerlo. Me da mucho orgullo saber que muchos de los niños incorporados hoy a centros de trabajo han salido de aquí. El cocinero del combinado deportivo, el que trabaja en la playa, muchas niñas en las cafeterías».
Al preguntarle qué cualidades o características considera que debe tener un maestro, expresó:
«Yo recuerdo un escrito de Vigotsky que decía que nosotros, los maestros, ejercemos la sublime profesión del amor. Esta es la madre de todas las profesiones. Nosotros damos todo lo que tenemos».
ÁRBOL QUE DA BUEN FRUTO
Fruto de estos talleres es Yoandris Miguel Pérez Torres. Con 16 años recién cumplidos, recibirle en la misma escuela que lo formó es volver a ver en acción el ciclo completo de lo que aquí se siembra.
–¿Dicen que te formaste en esta escuela?
–Sí. Yo salí de aquí. De ahí me fui para el Politécnico. Después estuve un tiempo en el patio (el taller práctico), y ahora vine para acá. Todos son muy buenos conmigo y me ayudan.
–¿Qué aprendiste a hacer?
–A cocinar –responde, directo–.
Pero la pregunta que más le ilumina el rostro es otra:
–¿Qué sientes tú al volver justo aquí, donde aprendiste tanto?
Hace una pausa breve, y su respuesta revela una madurez que conmueve:
–Siento un gran orgullo. Y también… ayudar a que otros niños puedan aprender, puedan crecer. Me siento muy contento de haber vuelto para acá.
Yoandris es la prueba ferviente de que todo cuanto aquí se enseña trasciende las aulas; se convierte en independencia, en orgullo familiar, y en un futuro que, contra todo pronóstico, se construye día a día con sus propias manos.
A juicio del director Juan Miguel Pérez Aguilar, el éxito está en las adecuaciones curriculares y en la atención personalizada para que cada alumno encuentre sus potencialidades.
Esta escuela es, en esencia, un testimonio del poder transformador que habita en el oficio del maestro.
Con paciencia y amor sin límites, encienden la chispa para que cada niño se ilumine. En sus manos, las limitaciones se transforman en la materia prima con la que se forjan alas. Y así, el futuro construido adopta su forma más hermosa: la de una vida que camina, con paso firme, hacia su propio horizonte.


















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