
Septiembre de 1930. La Habana es un hervidero rebelde. Entre los muros de la colina universitaria, jóvenes alzan sus voces en protesta contra la tiranía de Gerardo Machado. Uno de ellos, quien dijo «haber tenido el honor» resulta herido.
Era claro que no se detendría ahí. Por su espíritu revolucionario fue apresado junto a otros dirigentes del Directorio Estudiantil Universitario, y una vez liberado publica una serie de artículos en el periódico El Mundo, bajo el título 105 días preso; porque Pablo de la Torriente Brau fue cronista de su tiempo y aunque su raíz era boricua, defendió los ideales cubanos como si le fueran dotados de nacimiento.
«No tengo nunca miedo de escribir lo que pienso, con vistas al presente ni al futuro, porque mi pensamiento no tiene dos filos ni dos intenciones. Le basta con tener un solo filo bien poderoso y tajante que le brinda la interna y firme convicción de mis actos», confesó en una de sus declaraciones.
Su vida y la de la Patria que lo acogió como un hijo, la reflejaba en crónicas, reportajes, cuentos, novelas... Entre los más destacados está Peleando con los milicianos, La Isla de los 500 asesinatos, 105 días preso; el inmortal Realengo 18, y otros escritos.
La solidaridad siempre anidó en Pablo, por eso no dudó un segundo para ir a otro destino: «me voy a España, a la gran revolución española, en donde palpitan hoy las angustias del mundo entero de los oprimidos», escribió a Juan Marinello en una carta el 6 de agosto de 1936.
Aunque algunos tildaron el acto de aventurero, él visualizó en España otro paraje de lucha, uno en el que la revolución se alejaba cada vez más, «por eso nuestros esfuerzos son heroicos pero infructuosos hasta ahora (…)».
Su ejemplo jamás se podrá acallar. Recordémoslo, no solo en el día de su nacimiento, con la profundidad con que lo hizo Marinello:
«Pablo de la Torriente fue un integradísimo caso de humanidad entendida como triunfo y honor de hombre (…). Alto, fuerte, arrogante —atlético—, su presencia imponía y daba muchas veces la idea de la brusquedad, de la altanería. Pero, mirado más de cerca, hablar con él en las interminables tardes del presidio era verlo hasta el fondo».













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