Ha transcurrido una semana del paso de Oscar, un huracán que ya dejó su nombre grabado, como solo saben hacer las borrascas, en miles de familias guantanameras. Las secuelas se expresan de manera distinta en cada esquina de este territorio oriental.
Al oeste, usted puede cruzarse con la continua entrada de ayuda a la provincia, y rondan las historias de lo que pasó «más allá», pero en general la vida sigue con su marca cotidiana.
Al sureste el asunto es distinto. En San Antonio del Sur queda algo de fango en las alcantarillas, y donde no está el fango hay una costra leve y seca que tal vez tarde en marcharse.
La arenilla está en las calles y aceras... y algo más leve en las paredes de la biblioteca del pueblo, justo hasta el nivel del cuello de un ser humano de un metro ochenta de altura. Sin libros se quedó la biblioteca y los libros son cosa importante, porque los libros sirven para salvar la vida, para darle forma y sentido.
En San Antonio resulta tan fácil encontrar la historia de la tragedia como la de los auxilios. Podría decirse que son actos heroicos y nadie se atrevería a negarlo. Sin embargo, hay riesgos en buscar héroes individuales, en suponer que el acto de hermandad y sacrificio es cuestión de seres aislados. El dolor hermana pueblos, así como el entendimiento de lo plural como forma de supervivencia.
Dese a las gentes una fe, la oportunidad del día después, y no habrá arbusto espinoso que no hagan florecer, incluso en este semidesierto. Y será cuestión de personas comunes. Las personas comunes son capaces de todo.
En el cauce de un río a la salida del pueblo, las cañas de castilla se muestran reclinadas, como recuerdo de la crecida. Los güines siguen ahí, muchos sin quebrarse, en espera de que las raíces vuelvan a tomar fuerza y el tronco de las cañas puedan, otra vez, retar punta contra rayo al cielo. Un tramo adelante, en otro cauce, quedaron inmensos árboles rendidos desde la raíz.
Ya en Imías, hay imágenes para bajar la cabeza e imágenes para levantarla. Aprietan los ojos los patios llenos de colores. Los colores son restos de ropa enmarañada con la tierra, restos de cualquier cosa en realidad, pero las prendas llevan los tonos vivos, los más vivos, que le colocan el acento al contraste.
Sobre algunos techos está la guata de colchones y cojines, dispersa de manera uniforme, puesta a secar, cual si fuesen granos de café o cacao bajo el resplandor.
Hacen levantar la vista la multitud de gentes en la calle, que elevan el torso, saludan con el puño y se reclinan de nuevo para seguir corrigiendo el desastre, en la casa de al lado o en la de la cuadra siguiente, quizá con una pregunta entre sien y mejilla: ¿Por qué tendría el agua que desgarrarme la existencia en un semidesierto?
Apenas unos kilómetros al norte, en las entrañas de la serranía, los ríos continúan bajando en tropel, las lomas se inventan cascadas y tormentos precedentes no resueltos, como algún puente maltrecho, ensanchan un tanto más la herida.
Los ríos y los puentes son asunto serio en la montaña. De golpe, lo incomunican todo. Aquí el saldo del huracán no es la muerte ni la pérdida de casas, sino la desconexión.
Una mula, con algo de suerte y pericia, puede burlar una crecida, pero el alimento que necesitan no tres ni cuatro casas, sino miles de personas que moran acá, solo pasa en camiones, y los camiones necesitan caminos que, a golpe de deslaves, hoy no lo son.
La lluvia casi no ha dejado de caer en estas lomas desde el huracán y las nubes, que abrazan los enclaves más aislados, no dejan siquiera que los helicópteros arriben.
En comunidades como Vega del Jobo, hasta donde llega la carretera, aún la electricidad es una incógnita. Este reportero permanece en este poblado, amparado por las familias del barriecito de Campo Amor, en espera de que las precipitaciones permitan cruzar los ríos para arribar a Explanada de Duaba, un territorio todavía incomunicado.



















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