Toda ciudad, pueblo, comunidad tiene sus héroes, gente de pueblo que deja hermosa huella para generaciones por venir. Jatibonico no está exento de tal regularidad.
Sin proponérselo, nunca, un hombre humilde llamado Antonio Darío López García se convirtió en hijo amado de la localidad, en historia viva de ella. Tan así resulta que, por estos días, remarca la presencia que en verdad siempre ha tenido allí, a lo largo de todo el calendario.
Es que se cumplió un siglo, el pasado 27 de septiembre, desde que Manuela, su adorada madre, lo trajo al mundo, y 39 años desde que una enfermedad se confabuló con la muerte para cargar con su cuerpo, rumbo a lo eterno (29 de septiembre de 1985).
Por ello se vuelve a hablar bastante acerca de él en escuelas, matutinos, conversatorios, espacios de la radio…
No es para menos. Desde muy joven se vinculó directamente a la actividad clandestina; participó luego en el asalto al cuartel Carlos Manuel de Céspedes; logró escapar de la feroz persecución desatada por la tiranía; viajó a Guatemala, luego a México; integró la expedición del yate Granma, encabezada por Fidel. Es capturado tras el revés de Alegría de Pío; el triunfo revolucionario lo sorprende en prisión; es movilizado durante los decisivos días de Girón, también en las jornadas correspondientes a la Crisis de Octubre. Se entregó, en fin, a cuanta tarea le asignaron.
Jatibonico, hay que decirlo, ama a su Darío y no hace otra cosa que darle vida, a través de él, a la historia local: algo que, con toda justeza, está pidiendo el país desde hace muchos años.
Por ello el concurso Yo pinto la historia –con tema central en la gesta del Cuartel Moncada y el desembarco del Granma– atrajo nuevamente a estudiantes, del mismo modo que lo hizo la exposición consiguiente, la premiación a los ganadores, el panel a cargo de tres miembros de la Unión de Historiadores de Cuba, así como la cita de ayer en el conjunto monumentario erigido a él allí, en la intersección de las calles Céspedes y Juan Manuel Feijóo, muy cerca del ingenio azucarero en el que tantas veces, siendo un niño, gimió en silencio, viendo trabajar de manera brutal a su padre Emilio López.
Toda ciudad, pueblo, comunidad tiene sus héroes, tiene su historia. De conservarla así, se trata.

















COMENTAR
Responder comentario