
Cuando Emilio Roig de Leuchsenring nació en 1889 nadie podría prever que le tocaría vivir en un tiempo tan complejo y al mismo tiempo tan importante para la vida intelectual de Cuba como serían las décadas que sumaron sus días hasta que, el 8 de agosto de 1964, falleciera en su Habana, hace sesenta años
Roig quiere decir rojo, y «rojo» sería llamado aquel joven que, sin militar en ningún partido político, fue amigo de Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena, los líderes revolucionarios, y de Juan Marinello, el revolucionario poeta.
«A Emilito, maestro en estas lides contra el imperialismo yanqui», como escribe Mella, le va surgiendo, quizás porque conoció la experiencia amarga de la Cuba intervenida dos veces, el sentimiento de vivir y profundizar el sueño de una República verdadera «con todos y para el bien de todos», como lo había pensado Martí.
Emilio Roig fue del derecho al periodismo. Martiano devoto, vivió convencido de que no era posible, ni decente, pensar en Cuba sin reconocer la vocación antiimperialista de su historia. Ninguna causa justa le fue ajena: luchó por el pueblo palestino y luchó por la justa causa de los presos políticos puertorriqueños.
Fue un fundador de instituciones. De su empeño nació la Sociedad Cubana de Estudios Internacionales, el Museo de la Ciudad de La Habana, entre 1941-1942; el sistema de Conferencias que fue la palabra viva; una biblioteca devenida en circulante y que llegó a ser una de las más importantes de Cuba llamada «Francisco González del Valle», y un Archivo, en el cual estarían las epístolas de Martí a su amigo Manuel Mercado, algunas de Simón Bolívar, libertador de Venezuela y figura esencial de la Independencia y la historia de latinoamericana, así como fotos de los grandes próceres cubanos.
Actor principal en la Liga antiimperialista, como heredero y continuador de la obra de Mella. Gran animador de la idea de una junta nacional para el estudio del folclor y las tradiciones afrocubanas, hermanado en esfuerzos con Don Fernando Ortiz, etnólogo, antropólogo, jurista y arqueólogo cubano.
También fue creador de la primera Comisión Nacional de Monumentos y Sitios históricos, con la que logró la declaratoria de monumentos a favor de importantes lugares de Cuba, como la ciudad de Trinidad.
Apoyó el nacimiento de la Universidad de Oriente; acudió a la defensa del muro donde fueron ejecutados los estudiantes del 71; defendió la Iglesia de Paula contra la destrucción que pretendían las obras de ampliación del tranvía urbano; protegió el conjunto de la Catedral de La Habana y le dedicó un libro precioso como Monumento nacional; colocó, en la Plaza de Armas el monumento a Carlos Manuel de Céspedes, desplazando el del abominable monarca Fernando VII al que consideraba una pieza de museo; y recorrió con sus amigos, el continente colocando monumentos a Martí y a Maceo.
En Historia de la Enmienda Platt, su obra mayor, afirmó el carácter de nuestra lucha contra el imperio norteamericano, enemigo acérrimo del proyecto independentista cubano desde su raíz.
Su más destacado aprendiz, Eusebio Leal, afirmó que «Roig es, y será siempre el eterno y paradigmático Historiador de la Ciudad de La Habana. No hay otro ni podrá haber ninguno que reúna sus cualidades, no hay nadie que lo pueda hacer, porque el tiempo que le tocó vivir formó en él a un hombre entre dos siglos, un hombre de excepción, un caballero de la palabra».
Asi fue y vivió Emilio Roig, quien naciera en cuna burguesa, pero cuya única y real fortuna fue su gran obra: una obra de palabra, de pasión, de lealtad a Cuba.












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