ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
¿Qué haría este campesino en una hectárea de tierra llana?. Foto: Pastor Batista Valdés

Deben haber transcurrido alrededor de 15 años, o más, y, a menudo, acude a mi memoria la imagen que capté desde la cama de aquel potente camión, cuyo motor rugía entre elevaciones del Escambray cienfueguero.

Realizábamos, entonces, un recorrido por la montañosa geografía, en el contexto del programa con que la provincia había abierto los brazos a la reunión anual de corresponsales del periódico Granma.

Ensimismado ante un paisaje que mataría de irresistible tentación a los más diestros artistas del pincel, mi pupila debe haberse dilatado de un tirón, frente a un elemento que rompía de cuajo con lo que, en estribaciones, arroyos, ríos e incluso flora había modelado la mano de la naturaleza en esa zona, desde tiempos remotos.

Como dibujada por un pintor o quizá por uno de esos barberos que ahora hacen caprichosas maravillas con el cabello, en formas y colores, a un costado de la serpenteante carretera apareció aquella pequeña área, impecablemente sembrada de coles.

¿Y qué tiene de extraño o de extraordinario eso?, podría preguntarse usted mientras lee estos «enredadores» apuntes.

Observe la foto y tal vez coincidamos en que no se trataba de un terreno horizontal, nivelado, de esos que facilitan las labores iniciales, siembra y atenciones culturales asociadas al riego, a la fertilización o la retención de ciertos nutrientes, incluida la llama­da capa vegetal.

Si el campesino que plantó ese repollo se hubiera dejado provocar, además, por la predominante presencia de roca, probablemente hubiera desestimado la idea de sembrar la falda de la pequeña elevación.

«¡Me alegro!», pensé, en autorrepro­che, por no haber tenido lista la pequeña cámara con que hubiese detenido, en un instante, aquel pedacito de criollo espacio cultivado.

«¡Pero qué va, al regresar no te me escaparás!», concluí con brisas de tozudo optimismo, mientras fijaba dos o tres puntos de referencia para la ubicación oportuna del «objetivo».

Y en efecto, horas después, mi índice derecho –en línea con el ojo hecho pura arruga– contra el visor logró captar, entre postes de tendido eléctrico y árboles que «pasaban» en dirección contraria, dos imágenes que aparentemente no decían nada y, sin embargo, cada vez hablan más por sí mismas.

La primera vez que escribí inspirado en esta foto me pregunté cómo es posible que a todo lo largo y ancho de Cuba haya cientos, miles de caballerías o de hectáreas de tierra cubiertas de marabú y de todo tipo de maleza, sin que aporten ni un grano de arroz o de frijol para algo tan estratégico e ineludible como la alimentación humana y, en cambio, ese laborioso serrano le saca zumo productivo a la roca, en plena falda montañosa.

Hace un momento afirmé que, desde entonces, deben haber trans­currido 15 años, o tal vez un poco más, ¿verdad?

Muy bien; a la luz o a la sombra del momento actual, me hago –con 15 o 20 veces más razones (necesidades)– aquella misma pregunta, sobre todo viendo a uno y a otro lado de carreteras y caminos tanta tierra baldía, invadida por marabuzales… en medio de un panorama totalmente contrario al delineado por aquella serrana mano que, sin reparar en lo adverso, convirtió en mayúscula lección minúsculas semillas de col.

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