No se regalan flores ni piensan en regalos ostentosos. Hace rato que les basta con abrazarse en la noche, mientras todos duermen, tener la certeza de que aún respiran, al unísono, como un equipo de cuatro instrumentos de viento, ruidosos y rítmicos.
Cada uno conoce, al dedillo, los medicamentos que toma el otro. A veces, cuando quieren romper la rutina, recuerdan el pasado, los tiempos en que fueron jóvenes y vigorosos.
Los hijos vienen cada fin de semana y llenan de alegría la casa, mientras una pequeña nieta revolotea por todos lados.
Han estado ahí, por los años de los años, en las buenas y en las malas. Ahora se toman de la mano, entrecruzan los dedos, acarician la piel arrugada. Si ella enferma, él siente que muere. Son dos cuerpos unidos por el tiempo, una simbiosis espiritual y corpórea.
Desde hace años no celebran el 14 de febrero. Lo que han vivido no cabe en una fecha. Saben que la pasión acaba demasiado pronto y que los cuerpos, que antes se encendían como llamas, ahora padecen los achaques propios de la edad, tras bailar la danza del reloj, esa que no cesa en su constante paso por las horas.
En la mañana, él prepara el desayuno, mientras ella se estira en la cama. Juntos van a todos lados. Buscan la forma de complacer esos detalles que conocen a la perfección: la comida con poquita sal, la yuca siempre con mojo, el agua tibia, los zapatos a la izquierda de la cómoda.
También han cometido errores y muchos. Cada tropiezo dejó sus propias enseñanzas. Estuvieron a punto de darse por vencidos, pero decidieron enmendar lo roto, zurcir las heridas, sanar.
Aprendieron que el amor es mucho más que una noche loca, o que besar con ardiente pose los labios deseados, y que verse a escondidas y quitarse la ropa.
El amor, el verdadero, suele ser tan cotidiano como la vida misma. No tiene que llevar el sello de imposibilidad de Romeo y Julieta. Pero sí debe vencer a uno de sus grandes adversarios: la rutina.
A veces tenemos una idea demasiado romántica del amor y cuando la sangre se enfría, cuando la piel se agrieta y la belleza mengua, se buscan desaforadamente otros cuerpos, otros labios, otras pieles para saciar el hambre de un amor que no existe más allá de la idealización colectiva.
Y mientras cientos de parejas gastan sus ahorros en regalos y cenas para celebrar una fecha, ellos dos, que ya han probado la esencia del sentimiento más puro, se abrigan del frío, se dan un buen masaje en la espalda y se acuestan abrazados, como lo han hecho siempre, uno bien cerca del otro, y saborean, con tranquilidad y parsimonia, su pequeño instante diario de felicidad.


















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Ramón Hernández Cruz dijo:
1
11 de marzo de 2024
14:50:24
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