Treinta veces el Astro Rey se ha visto circunvalado por el común hogar de los terrícolas, desde el día en que a las montañas cubanas les naciera lo que, por muchos, fue visto como otro Sol destinado a iluminarlas con la transformadora luz de la ciencia.
«Aquí se van a someter a prueba las ideas de la transformación que quiere hacerse en el Plan Turquino», anunciaba entonces el General de Ejército Raúl Castro Ruz, al dejar inaugurado el Centro Científico para el Desarrollo de la Montaña (CDM).
Treinta años después, parece indispensable, por útil, preguntarse hasta qué punto esa institución ha logrado cubrir las expectativas creadas desde su alumbramiento aquel 3 de febrero de 1994, en Limonar de Sabaneta, municipio de El Salvador, Guantánamo, a 405 metros sobre el nivel del mar.
Razones les asisten a quienes digan que del multidisciplinario Centro han salido decenas de investigadores formados y con rigor categorizados en él, los cuales ejercen como docentes en disímiles instituciones científicas y docentes del país, entre ellas la Universidad de Guantánamo.
De ese capital humano y científico se han nutrido otras instituciones, como la que, desde el santiaguero municipio de Tercer Frente, también le dedica empeño investigativo a la anhelada y pendiente aceleración del desarrollo agrícola y forestal del lomerío de la Isla.
Lo mismo podrían decir otros organismos y sectores favorecidos con profesionales o cuadros salidos del CDM, institución que ha acometido proyectos disímiles, varios de ellos de relevancia.
Destacan la zonificación del cacao y los estudios sobre la producción de semillas y de tecnologías eficientes para ecosistemas montañosos, además de proyectos para evaluar la resiliencia a la sequía y otros fenómenos naturales en esos frágiles escenarios.
Son apenas algunos ejemplos de aportes concretos de un centro que ha realizado también una importante labor de educación medioambientalista en su entorno y que, al nacer sin áreas experimentales, estableció vínculos directos con entidades productivas y productores individuales, lo que fue un punto de ganancia.
El CDM, en cambio, es codeudor, en parte –porque otros igual tienen incidencia– del despliegue productivo que apremia pero no acaba de despegar en las serranías cubanas. Hay en ellas un potencial enorme para extraer de allí buena parte de la dieta que consumen los pobladores en las montañas y llanos del archipiélago, y como aporte adicional, producir otros renglones que les generen divisas al país.
La producción, además de inteligencia, necesita brazos, y sucede que el CMD desarrolla su labor en medio de un éxodo migratorio continuo desde el lomerío, por causas bien conocidas.
Para un país de recursos financieros limitados por un constante cerco económico, es mucho más difícil revertir ese fenómeno, que es parte de una tendencia mundial.
Aun así, quizá al CDM sea tiempo de repensarlo sus directivos acarician la aspiración de hacer de él una empresa de alta tecnología.
Ojalá consigan que se transforme pronto, sin que, para ver los frutos de un empeño tan loable, haya que esperar a que nuestro hogar común le dé más vueltas al Sol. Cuba lo necesita.



















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