Cubanos y amigos de otras partes se aprestan a celebrar el aniversario 65 del triunfo de la Revolución Cubana. Pueden y deben decirse tantas cosas para explicar su existencia, pero el mero hecho de que fuera la primera revolución socialista de habla hispana –que le otorga un matiz único en el mundo–, precisa el lugar y también su alcance universal.
No podría iniciarse ningún análisis sobre este tema, sin establecer que Cuba contó con un privilegio excepcional: el pensamiento y la actuación del líder histórico de la Revolución, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Resulta imposible entender la lógica y los éxitos en la esfera exterior sin su impronta.
La Revolución, desde luego, es obra de todo un pueblo; pero también bajo esa premisa, podría decirse que, sin la política exterior que le ha caracterizado, difícilmente existiría.
El sistema de relaciones internacionales del país constituye, en rigor, uno de los pilares de la construcción del socialismo en Cuba, al ser custodio, en lo que le compete, de la soberanía y la independencia nacional. Ese sistema de relaciones exteriores resulta, por tanto, un extraordinario escudo defensivo de la Isla.
Desde luego, la mayor disuasión al enemigo siempre descansó en el músculo militar de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), que contó, en los inicios, con el apoyo de la entonces URSS, y en la propia doctrina de la guerra de todo el pueblo; pero también, tempranamente, el imperio calculó los costos internacionales que tendría que pagar por una invasión, de cuestionable justificación y muy dudoso desenlace a favor de sus intereses.
El prestigio internacional de la Revolución, por méritos históricos propios, conforma otra de las columnas vertebrales; la temeridad de desafiar al imperialismo yanqui a solo 180 kilómetros de distancia, demostró, ante el asombro de amigos y adversarios, que la prepotencia imperial no solo podía confrontarse, sino también derrotarse.
UNA REVOLUCIÓN SUSTENTADA EN PRINCIPIOS
La política exterior revolucionaria se basa en principios, que se han mantenido en estas seis décadas y media, a pesar de los vaivenes de la historia y de la dialéctica de los acontecimientos.
Entre otros, son principios inalterables el respeto a las normas que rigen el derecho internacional; el sentido de la justicia universal, de la igualdad de las naciones, sin distingo de tamaño, poderío militar o económico; el sentido de la solidaridad que nos hace más humanos; el respeto a la paz, la soberanía y a la autodeterminación de los pueblos.
De esa cultura principista emergió una estatura moral que, al decir de estudiosos extranjeros del tema, colocaron a este pequeño archipiélago al nivel de una gran potencia en el concierto de las naciones, en desproporción con los parámetros universales para dicha calificación, más bien asociada al tamaño territorial, demográfico, militar o económico de cada país. Es la ética y una alta dosis de coraje, diría cualquier cubano.
Durante todo este tiempo, también se asumió el principio fidelista de cambiar lo que debe ser cambiado, con profesionalidad y prudencia, siguiendo el sentido de lo oportuno.
Los primeros años posteriores a 1959 son los tiempos de supervivencia de la Revolución; es cuando se inicia, trabajosamente, la configuración de lo que sería, una década y media después, el mapa de vínculos políticos con el exterior, muchos de los cuales aún perviven.
La supervivencia pasaba, desde entonces, por enfrentar el férreo bloqueo económico que impuso el Gobierno de EE. UU. desde prácticamente el propio 1959, sufriendo codificaciones posteriores desde 1962, pasando por la Ley Torricelli, la Helms-Burton y las incontables órdenes ejecutivas de las sucesivas administraciones yanquis.
El bloqueo resulta la madeja de sanciones más extensa, prolongada y cruel que algún país haya soportado en la historia contemporánea, y tipifica, claramente, como un acto de genocidio.
La torpeza con que los gobiernos estadounidenses respondieron al ejercicio de independencia realizado por Cuba, también explica, en buena medida, la forma de gestionar la política exterior por la Revolución.
La hostilidad imperial se enfrentó no solo con hidalguía, sino con mucha inteligencia, que no pocas veces descolocó a los adversarios; mucho de ello hubo en el estrechamiento de los vínculos con el hoy desaparecido Campo Socialista, así como el apoyo al movimiento revolucionario en América Latina, que se evoca con orgullo, y en otras partes del denominado Tercer Mundo.
En esos años se escribieron verdaderas epopeyas; por ejemplo, la caída mil veces heroica del Che en Bolivia.
Qué decir de los contingentes internacionalistas en Angola, donde encontró su sepultura el apartheid sudafricano, en parte gracias a la sangre derramada por habitantes de una Isla que, al retirarse, no se apropió de mina o yacimiento alguno, ni dejó instalado un gobierno títere, de algún tipo de colonialismo.
De África solo trajimos a nuestros muertos, diría emocionado Fidel.
Sería imperdonable no mencionar la solidaridad, desplegada prácticamente en todos los confines del mundo, pues la política exterior cubana está indisolublemente asociada a la fraternidad con las causas justas de los pueblos de todo el mundo, compartiendo lo que tenemos, convirtiendo ese gesto en ejemplo que singulariza a su Revolución, auténtica en su internacionalismo.
Esa solidaridad se vistió de batas blancas, especie de ángeles sin alas, que llevaron la bandera de la estrella solitaria a más de cien países. Resulta colosal esa imagen.
Hasta el mandatario de turno del imperio, Barack Obama, se lamentó públicamente de que Cuba enviaba médicos a todas partes, y ellos, en cambio, distribuían marines en zafarrancho de combate, muchas veces recargados de odio racial.
No puede obviarse, en este balance, la vocación integracionista de la Revolución, legado ineludible de los próceres, herencia escrita en mármol por José Martí. El presente y el futuro de Nuestra América no serían iguales sin una Celac, o sin algunas de las estructuras integracionistas en nuestro Caribe, donde está presente el aporte modesto y desinteresado de Cuba.
En otros ámbitos multilaterales se ha brillado, con propuestas útiles, defendiendo posturas principistas y necesarias; desde los inicios de la Revolución, Cuba se integró al Movimiento de Países No Alineados, tiempo después al Grupo de los 77 y China, y a otros espacios tercermundistas eventuales o de las Naciones Unidas.
Cuando la Isla logra apoyo prácticamente unánime en la votación de condena al bloqueo, en la Asamblea General de la ONU, estamos viendo apenas el punto culminante de una labor internacional cuidadosamente desarrollada, de consagración del personal diplomático mandatado por un pueblo heroico. Lo realmente extraordinario es que ese apoyo no merma, seguramente como reflejo de la justeza de la denuncia a esa política criminal.
Otra batalla impostergable se ha librado en el espacio mediático, en el enfrentamiento a la calumnia, al intento de desacreditar una obra de la dimensión de la Revolución.
También debimos encarar un flujo migratorio politizado, empleado por la potencia agresora para denigrar al país, generando todo tipo de incentivos y privilegios a los cubanos que «escapaban del comunismo». Aquellos «exiliados» siempre volvieron a la tierra que los vio nacer; muchos, la aplastante mayoría, mantienen lazos con su país. Hoy los cubanos emigrados tienen la opción de aportar al desarrollo de su tierra de origen.
A los heroicos mártires del servicio exterior cubano van las últimas palabras de este homenaje. Estaban donde era necesario. Forman parte del paradigma intangible de la Revolución Cubana.



















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María Elena Alarcón dijo:
1
13 de diciembre de 2023
14:00:45
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