Portuguesa, Venezuela.– «Zona libre de armas. Prohibido portar armas de fuego en este espacio», dice el cartel a la entrada del Centro de Diagnóstico Integral (CDI) Walter Shultz; en letras grandes, para que lo vean hasta los que van a operarse de la vista.
Los cubanos que llegan por primera vez a esa institución, en el estado de Portuguesa, quedan casi paralizados al leer el aviso.
Durante mucho tiempo, La Enriquera, comunidad en la que está enclavado el CDI, fue calificada como Zona Roja. Así se le llama a las localidades de gran peligrosidad.
Allí la violencia fue una estrategia de defensa, y en no pocos casos, una forma de vida. Entonces era común que a las instituciones de Salud llegasen heridos con todo tipo de armas.
Con el nacimiento de la Revolución Bolivariana y la Misión Barrio Adentro, las batas blancas de los profesionales sanitarios cubanos se convirtieron en banderas de paz. Como si se tratase de una especie de alto el fuego, la violencia letal en La Enriquera fue disminuyendo.
«Aquí, durante mucho tiempo, la población estuvo alejada de nuestros servicios. Ahora, después de que se les da de alta, continúan visitándonos, y si tienen a un primo, a un hermano, a un vecino enfermo, lo traen porque quieren que sean los médicos cubanos quienes los atiendan. Ahí es palpable el agradecimiento hacia nuestra labor». Así lo asegura la doctora Kenia Caballero Agramonte, jefa del cdi Walter Shultz.
«En los últimos tiempos, todo ha estado más tranquilo», insiste la galena, con la certeza de que el cartel de la entrada permanece como recordatorio, no como aviso».
Hoy, la brigada que labora en ese centro está compuesta por 22 colaboradores, quienes comparten la atención médica con especialistas nacionales. «Somos un colectivo unido. La palabra de uno es la palabra de todos. Tratamos de sacar hacia adelante al CDI. Invitamos a los venezolanos a nuestras actividades, y ellos a nosotros», significa.
La comunidad La Enriquera tiene alrededor de 44 300 habitantes, cuyas principales patologías actualmente están ligadas a sus hábitos de vida y condiciones climáticas. De ahí que abunden padecimientos como la hipertensión arterial, la diabetes mellitus y las infecciones urinarias. No obstante, la mayor afluencia de pacientes ocurre los días en los que trabaja la Sala de Rehabilitación Integral (SRI).
En el CDI, los de la isla caribeña prestan servicios de oftalmología, laboratorio clínico, ecosonografía, apoyo vital, emergencia y cuerpo de guardia. Y cuentan con salas de terapia y de hospitalización.
La doctora Caballero Agramonte reconoce «el impacto positivo» de la Misión en el pueblo. «Lo mejor es verlos agradecidos por lo que hacemos por su salud».
Bien lo sabe ella, testigo y protagonista de los cambios sociales ocurridos en esta y otras miles de comunidades, en las que la obra de los cubanos, llena de humanismo, ha devuelto a la población el derecho a la vida y a la atención médica.
Hasta la patria de Bolívar y de Chávez llegaron los cubanos hace 20 años para sanar a este pueblo, que ha decidido cambiar su historia gris por la alegría bolivariana de la bandera tricolor.
La vocación solidaria de nuestros profesionales de la Salud ha abierto, en muchos países del mundo, una brecha para que todos puedan curarse las heridas del cuerpo, y así también, las del alma.













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