
Hace más de un siglo, el 8 de marzo es una fecha para la lucha, la reivindicación y la defensa de los derechos que a las mujeres tanto nos ha costado conseguir y que, en algunos sitios, quieren arrebatarnos. Es el día de los pañuelos morados, naranjas y verdes; el día de recordar a las hermanas perdidas.
La ubicación en el calendario se la debemos a una de las precursoras del feminismo, la alemana Clara Zetkin, quien la propuso en 1910 para honrar a las 129 mujeres que un año antes habían perdido la vida en un incendio en una fábrica textil en Nueva York, mientras protestaban por sus derechos laborales.
Nacida el 5 de julio de 1857 y fallecida el 20 de junio de 1933, hace hoy 90 años, Zetkin vivió la época fundadora del feminismo moderno. Las luchas sufragistas, los derechos de las mujeres trabajadoras y la igualdad ante el hombre en cada aspecto social marcaron su vida entera.
En tantísimas ocasiones su nombre estuvo unido a alguna «primera vez» que cambiaría para siempre la historia de la mujer: la primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, el primer Comité Central del Partido Comunista de Alemania o la fundación de la Liga Espartaquista. La lucha incansable por la equidad que, con voz y letra, ejerció hasta morir, con 76 años, le valió para ser una de las siete mujeres cuyos restos descansan entre los muros del Kremlin.
Pudiésemos llenar muchas páginas con sus aportes teóricos y logros prácticos que impulsaron la posición de la mujer. Su presencia en el marco político europeo, junto a otras luchadoras como Rosa Luxemburgo, marcó un precedente que pudiéramos seguir hasta hoy, cuando tantas mujeres han llegado a ocupar los más altos cargos y liderar naciones. Al levantar su voz en nombre de las mujeres trabajadoras, consiguió que estas no la volvieran a bajar, no volvieran a temer exigir sus derechos.
Pero el homenaje a Zetkin, y a todas las fundadoras del feminismo, no puede resumirse solo en leer sus textos. En este primer cuarto de siglo que vivimos debemos analizar sus discursos con ojo crítico desde nuestro propio contexto, y entender que la lucha sigue siendo la misma, por un mundo más justo, más equitativo, en el que se reconozcan los logros y el talento, sin importar si llevamos vestido, pantalón o tacones.
En un momento histórico, en el cual la equidad de género se ha expandido mucho más allá del modelo heteropatriarcal que imperó durante tantos siglos, en el que peleamos no solo por nuestro justo lugar en la sociedad, sino también por leyes que protejan nuestra seguridad física ante la violencia contra mujeres y niñas en el mundo actual, es bueno regresar a esas primeras feministas. Miremos atrás, a todo lo que hemos conseguido, y de ellas saquemos las fuerzas para continuar la lucha.


















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