A la primera mujer que ejerció la medicina en Cuba y América, Enriqueta Faber, está dedicada la escultura en bronce recientemente develada de forma transitoria en el vestíbulo de la sede provincial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) en Guantánamo.

El periódico Venceremos señala que la pieza, de los artistas José Villa Soberón (Premio Nacional de Artes Plásticas 2008) y del joven escultor tunero Gabriel Raúl Cisneros, es una réplica de la imagen de Enriqueta (Henriette) inaugurada en febrero de este año en la Alameda de Paula de La Habana, en ocasión de conmemorarse el aniversario 204 de su llegada al extremo oriental de Cuba.
El destino final de esta obra de arte que recuerda la batalla épica de la mujer suiza por la igualdad de derechos de ambos géneros, tendrá como destino final el paseo peatonal del bulevar de Baracoa, frente a la sede del órgano de Gobierno de la primera villa cubana fundada el 15 de agosto de 1511 por el Adelantado Diego Velázquez.
Esbelta, firme y con una postura desafiante, la escultura rinde tributo a Enriqueta, nacida en 1791, casada a los 15 años con un soldado francés del que quedó viuda poco tiempo después, y que estudió Medicina en la Universidad de La Sorbona con la vestimenta e identidad de un oficial del regimiento al que pertenecía su difunto esposo.
El rotativo recuerda que durante las Guerras Napoleónicas trabajó como cirujana hasta su captura en España por las tropas del general británico Arthur Wellesley, más conocido como el Duque de Wellington. Al ser liberada viajó a Cuba para comenzar una nueva vida bajo el nombre de Enrique Faber y se asentó en Baracoa en marzo de 1819, donde practicó su profesión y la clientela incluía a personas en extrema pobreza, a quienes enseñó a leer y escribir.
La leyenda urbana recuerda que así conoció a Juana de León, una mujer de la zona con quien se casó. Al ser descubierta la verdad, Enriqueta fue enviada a prisión en el Hospital de Mujeres de San Francisco de Paula, en La Habana, y posteriormente expulsada a Estados Unidos, donde terminó sus días en un convento, en 1845, a los 54 años. Su tumba fue destruida por el huracán Katrina en 2005, recuerda Venceremos.













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