ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Tomada de Verde Olivo

El 20 de mayo es un día cargado de acontecimientos relevantes en la historia. Ese día, en 1988, Sudáfrica, Angola y Cuba acordaron la retirada de las tropas internacionalistas de Angola, que con su esfuerzo contribuyeron a preservar la independencia de ese país y a derrotar al régimen del apartheid en Sudáfrica y propiciar la independencia de Namibia.

Para los cubanos tiene, además, un personal significado: un 20 de mayo de 1902, después de cuatro siglos de colonialismo, tres décadas de guerra en las que se escribieron páginas de entrega y sacrificio imborrables de la historia patria, luego de cuatro años de ocupación militar estadounidense, debía surgir la nueva república, continuadora de la que había nacido independiente y altiva en 1869, en Guáimaro.

Ese día de mayo de 1902 tomó posesión de la presidencia Tomás Estrada Palma. Al mediodía, de manera simultánea, en el castillo del Morro y en el Palacio de Gobierno se arrió la bandera estadounidense y se izó la enseña nacional.

La Habana engalanó sus principales avenidas en honor al acontecimiento. Las festividades aunaban las esperanzas de una generación de cubanos, a pesar de los sentimientos de angustia e incertidumbre sobre el futuro, provocados por una soberanía que amanecía sujeta a los designios de Washington por el injerencista apéndice constitucional de la Enmienda Platt.

El curso de la historia se encargó de demostrar la veracidad de esos sentimientos y las luces, que iluminaron la noche del 20 de mayo de 1902, permanecieron apagadas hasta enero de 1959.

La intervención estadounidense en la guerra de independencia en 1898, frente al yugo de España, había frustrado las aspiraciones revolucionarias del movimiento nacionalista cubano, dando paso a la instauración de un modelo de dependencia, el primero de su tipo en América Latina y el Caribe.

Las Antillas, como soñó Martí, no pudieron salvar la independencia de Nuestra América.

En 1906, cuatro años después del nacimiento de la «república», las grandes empresas latifundistas estadounidenses poseían ya el 20 % de nuestras mejores tierras y el 75 % de las haciendas ganaderas, así como controlaban los ferrocarriles, la electricidad, los teléfonos, el transporte, las construcciones, la minería y la banca en la Isla.

Para 1958 eran dueños del 40 % de la producción azucarera, del 90 % de la industria eléctrica y telefónica, dominaban el transporte y la minería y en sus bancos se encontraba el 25 % de los depósitos.

La subordinación política caracterizó a la república nacida en 1902, el Estado neocolonial quedó atado por sólidos ligamentos a EE. UU. Como expresó el presidente estadounidense, William McKinley, los destinos de Cuba quedaron irrevocablemente unidos a los del naciente imperio.

Se necesitaría una revolución radical, surgida de la historia, nutrida de la prédica martiana, síntesis de lo mejor del pensamiento nacional, de la voluntad consciente de la mayoría del pueblo, que la vio como la única alternativa para romper esas ataduras, cambiar la situación del país y hacer realidad los sueños arrebatados al pueblo cubano en 1898.

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