ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Tomado del perfil de Twitter de Abel Prieto

Existe la ingenua –y a veces malintencionada– idea de que la Patria es un concepto más allá de lo político. Suerte de razonamiento metafísico, hay quien plantea que sentirse o saberse cubano no tiene nada que ver con credo ideológico alguno, sino que parte de una cándida «identidad cultural», de una pertenencia a una comunidad humana, a un espacio geográfico con determinadas regularidades características.

Sin embargo, la forja de Cuba como proyecto nacional se dio al calor del debate de ideas en torno a cómo organizar la sociedad en la Isla, a quién o quiénes eran los enemigos de ese proyecto y de cómo ese todavía hipotético Estado-nación tendría que responder a unos u otros criterios económicos, sociopolíticos, culturales…

Lo que hoy entendemos por Cuba no existiría si hubiesen triunfado las ideas anexionistas, si el reformismo o el autonomismo hubieran alcanzado sus metas, si la lucha independentista nunca hubiera cuajado.

La nación, como comunidad histórica, y la nacionalidad, como vínculo consciente y emocional con respecto a esa comunidad, existen en la medida en que la política, la lucha de intereses contrapuestos y antagónicos, ha moldeado los destinos del pueblo. Sentirse cubano es un posicionamiento político de la misma manera en que abjurar de esa condición es una declaración de principios.

Por supuesto, eso no implica que ser cubano determine una homogeneidad. Hay muchas formas de entender y asumir el nacionalismo, formas incluso que pueden estar diametralmente opuestas a lo mejor de la tradición patriótica cubana; formas que discuten unas con otras y que van construyendo un consenso «líquido», inestable, que trasmuta con el decurso de épocas, clases y generaciones.

La Revolución en Cuba es, ante todo, un proyecto nacional, basado en dos valores imprescindibles: la justicia y la libertad. En la etapa decimonónica de ese proceso revolucionario único, pero no uniforme, esos dos valores se tradujeron en la abolición de la esclavitud y la independencia. Para mitad del siglo XX, lo que se buscaba era la justicia social –en el sentido de la erradicación de la desigualdad y la explotación– y la soberanía popular, esa forma de libertad que partía del ejercicio del poder por parte del soberano históricamente oprimido, ese pueblo que debía capitanear su suerte sin injerencias extranjeras ni politiquerías domésticas.

En ese empeño, la Revolución halló en el socialismo y en las ideas marxistas una herramienta para concretar ese proyecto nacional de justicia social y soberanía popular, guardando intacto el núcleo del pensamiento martiano. Por supuesto, hubo –hay– cubanos que se oponen a esas herramientas, que no comprenden o no comparten el criterio de su utilidad, de su eficacia. Eso no los hace menos cubanos, sino que transparenta su visión alterna de la nacionalidad, de la Cuba que debe ser.

No obstante, a estas alturas del siglo XXI, sí podemos hablar de ciertos consensos mínimos en torno a lo que es Cuba y a lo que nos une como cubanos, más allá de las discrepancias tácticas o formas divergentes de asumir e intentar cambiar la realidad. Esos consensos mínimos son también una expresión política, aunque se quiera desconocer, y como casi todo en política, hallan su mejor exposición en la unidad y lucha de contrarios.

Por eso, cuando un grupo de «patriotas» acudieron a un estadio a abuchear a los peloteros de su propio equipo vistiendo la camiseta de los contrarios, el repudio fue mayoritario, tanto entre partidarios del socialismo como entre los que no comparten ese credo.

Hay un mínimo de decencia (no la decencia entendida como buenas maneras aristocráticas o burguesas, sino la decencia como imperativo ético) que se ha sedimentado como base inalienable de la nación cubana y de los que nos sentimos parte de ella.

Ese mínimo de no ir contra Cuba, de no apoyar a los que ahogan o acosan a Cuba, de no justificar por conveniencia aquello que hostiga al pueblo cubano o trata de borrar sus tradiciones, su historia, su identidad. Ese también es un posicionamiento político, un consenso básico para la nación heterogénea y en constante formación que somos; un posicionamiento que, decididamente, excluye a muchos que viven de Cuba y no para ella, que es también una forma de excluir a aquellos que, sencillamente, no valen la pena.

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El socialismo real dijo:

1

8 de abril de 2023

08:49:53


Hay algo que el artículo obvia, y es que en esa heterogeneidad de la sociedad cubana, muchos compatriotas no estuvimos de acuerdo con rebautizar al equipo Cuba, qué ha sido el de siempre, como “Team Asere”. Puede ser que quienes expresaron su disconformidad en el estadio no lo hicieran contra la bandera de su país de origen, sino contra la vulgaridad. Gracias.

Luis dijo:

2

8 de abril de 2023

12:34:43


Lo que no explica este escrito es que el partido fue contra Estados Unidos. Muchos de los que estaban allí ya tienen hijos que nacieron en ese país. Además de que muchos ya son ciudadanos americanos. Así que no es tan sencillo como se dice aquí.

Gina dijo:

3

8 de abril de 2023

23:48:16


Contra Cuba ni en la pelota. Así mismo. Cuando se trata de la patria no valen las diferencias en ideología ni en Política justamente porque lo que prima es " la unión dulcisima de amores y esperanzas" al decir de Martí lo que prima es la decencia de las personas, las tradiciones, sus costumbres, su identidad y eso, Michel es la cultura. Ante que en Cuba se arraigaran las ideas independentistas ya se formaba la cultura cubana en las aulas de José de la Luz, Varela y Mendive con alumnos como Céspedes, Martí y otros. La cultura " es lo que hay que salvar" al decir de Fidel porque esta revolución es " hija de la cultura y las ideas" . Es la cultura la que nos une. La política es la que nos traza el camino , nos dirige. Gracias.

Wilfredo dijo:

4

9 de abril de 2023

13:28:59


No entiendo de alineación con el enemigo genocida yanquis que nos bloquean. La pelota, deporte nacional, que nos llena de orgullo cubano, debe ser apoyado por todos los de esta tierra. Si enemigos de este pueblo, tratan de demeritar el trabajo y esfuerzo de nuestros peloteros y directivos, es porque vamos bien.

Guido dijo:

5

12 de abril de 2023

07:28:19


Hurra por un artículo bien escrito y definido

Gustavo de la Torre Morales dijo:

6

13 de abril de 2023

08:32:45


Hace días escribí este comentario, pero no se ha publicado. Lo repito tomando en cuenta que puede ser un fallo de conexión. Creo que las intenciones del periodista Michel E.Torres son adecuadas, ya que busca sentenciar la mesquina y dañina conducta de quienes prefieren el color del plattismo, la camiseta de las barras y estrellas, la decadencia moral del servilismo al mismo amo que les paga pero también desprecia. Sin embargo, hay puntos en lo que creo necesario hacer acotaciones ...y son puntos históricos. Puede que por falta de espacio editoria los haya 'omitido', pero en mi opinión personal, los veo imprescindibles. La identidad nacional, que no es cuestión de "candidez", sino de estudio, consciencia política, sacrificio y luchas (amén de los aportes culturales con la gracia de ese ajiaco del sincretismo). Al periodista le faltó (reitero, puede que por espacio de redacción) mencionar que esa formación llegó con los aportes de Félix Varela, de José Antonio Saco, Rafael María de Mendive y, también, de José Martí. No por gusto el apóstol de la Revolución cubana, en su escrito sobre el entierro del patriota Manuel Barranco, con gran magisterio llamó como 'cubanos buenos' (acentuado la cualidad con el adjetivo posterior al carácter nacional), para denominar a quienes le dieron apoyo en vida para que pudiera realizar la labor humanista y educativa (Cuba, Política y Revolución, Hombres. OC 4:481). Tanto la abolición de la esclavitud como la independencia son el resultado del legado de grandes maestros en nuestro proceso histórico: nos enseñaron a pensar, como a distinguirnos por medio de la emancipación. No se puede hablar de distinción de identidad sociocultural de la identidad política, dentro del parámetro de Nación, sino se acude al martiano e intelectual cubano, Fernando Ortiz, que supo magistralmente distinguir los valores de 'cubanía' y 'cubanidad'. Es por ello, que más que exclusión, es realmente una autoexclusión del proceso político escogido y reafirmado por el pueblo: el Socialismo. Ese es un posicionamiento político por quienes han preferido aislarse o traicionar el legado histórico y la voluntad popular de resistencia del pueblo cubano, frente a los crímenes del imperialismo.