
Un día como hoy, hace tres años, tuvimos el primer caso de la COVID-19 en Cuba. Recuerdo la tensa expectativa; ya entonces pasaban de 100 000 los enfermos en todo el mundo; las noticias eran muy preocupantes. Solo era cuestión de tiempo que nos tocara, y así fue: los primeros tres casos se detectaron en Trinidad; desde entonces, la palabra «pandemia» inundó las conversaciones.
Pero si bien la COVID sigue con nosotros –aún se registra un promedio cercano a los cinco casos diarios–, ya no hablamos de ella. Fue aquel un tiempo terrible en el que muchas personas murieron o quedaron con secuelas. La economía se resintió y aún perdura la crisis.
Uno siempre trata de olvidar los momentos tristes: una manera de protegernos del dolor, pero no todo fue negativo. Otra pandemia oportunista se volcó contra nosotros: la del odio y la venganza. Se recrudeció el bloqueo, nos negaron el oxígeno medicinal, sabotearon la adquisición de materias primas para las vacunas, y promovieron revueltas; pero, como dijo nuestro Presidente Díaz-Canel: «Nos tiraron a matar, y estamos vivos».
Fuimos testigos de la heroicidad de nuestros médicos y científicos. Ellos salvaron el país: ¡tres vacunas crearon en unos pocos meses! Algo simplemente extraordinario. Esa etapa también permitió derrumbar mitos: salimos de la pandemia con nuestros propios esfuerzos.
¿Recuerdan a los que decían que nuestra sobrevivencia solo era posible gracias a subvenciones extranjeras? Aquí llegamos sin ayuda de ellos, pero ayudando a otros. Decenas de brigadas médicas cubanas fueron a brindar apoyo solidario en lejanas regiones del mundo. Eso es fortaleza, eso es orgullo, aunque a veces los tiempos depriman.
Ciertamente, aún no estamos de pie, vamos levantándonos; eso sí, tampoco nunca estuvimos de rodillas.













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