Norquis Mercedes Caballero Rojas, la maestra en la pequeña comunidad de San Serapio, en el municipio de Camagüey, es una de las candidatas a diputada de la x Legislatura en la Asamblea Nacional del Poder Popular. Su prestigio en el terruño es la causa de que aparezca, por segunda ocasión consecutiva, como posible representante del pueblo.
La mayor riqueza de la maestra, la que lleva como aval, para un escaño en el Parlamento, no es otra que la que se ha ganado: el respaldo y la confianza de los electores de San Serapio, donde es la delegada de la circunscripción 85, una experiencia alejada de todo privilegio y requerida de mucho trabajo para gestionar las inquietudes de los habitantes de esa demarcación campesina.
La maestra está entre los 35 candidatos camagüeyanos que el día 26 de marzo pasarán por el escrutinio de cubanas y cubanos, en las elecciones generales.
Como ella, casi la mitad de los 470 candidatos a diputados que por estos días recorren los campos y ciudades del país, en vínculo estrecho con el pueblo, son delegados de base, gente humilde y sencilla, elegida por los vecinos a partir de sus méritos personales y probada capacidad de liderazgo.
Es bueno aclararlo para algunas mentes enfermizas: al Parlamento cubano no acceden solo dirigentes. Basta revisar el listado oficial de candidatos para encontrar también a estudiantes, profesores, campesinos, obreros, médicos, científicos, intelectuales, músicos, atletas o representantes de denominaciones religiosas.
La Asamblea Nacional del Poder Popular en su nueva Legislatura será, por tanto, reflejo fiel del entramado socioeconómico del país, cuyos representantes, lejos de recibir prebenda alguna, tendrán el enorme compromiso de contribuir, desde sus escaños, a levantar el país y mejorar la calidad de vida del pueblo.
He ahí una singularidad, entre otras tantas, de la naturaleza genuinamente democrática del sistema político cubano. Por eso hacia allí concentran sus ataques los enemigos de siempre, empecinados en desacreditarlo y, de esta forma, atizar un divorcio entre el pueblo y el órgano supremo del poder del Estado.
El mejor antídoto frente a tanta vileza será, entonces, la unidad inquebrantable de los patriotas cubanos, a sabiendas de que no está en juego el puesto de uno u otro candidato a diputado, sino los destinos de la nación, agredida en todos los flancos por un imperio que insiste en ponerla de rodillas.



















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