ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Ana Fidelia Quirot, Driulis González y María Caridad Colón, glorias del deporte cubano. Foto: Ricardo López Hevia y archivo de Granma

Corrió como si fuese la última vez, pero era la primera, porque había renacido, porque un pueblo entero estuvo atado a su vida. Él se desveló cual padre tierno; se mantuvo a su lado por más de 20 días con la fe y la convicción de que se salvaría. La muchacha solo le decía, desde el primer día, el 22 de enero de 1993, «volveré a correr».

Quedó prácticamente inválida tras un trauma cervical, luego de una sesión de entrenamiento. El sueño olímpico de 1996, que tanto atesoraba en su almohada, se convirtió en una pesadilla. Pero su entrenador perseveró y, sin desoír el criterio médico, no dejó de hacerla soñar. La joven insistía: «Tengo que subir al tatami».

No podía sentarse ni levantarse, un dolor en la espalda lumbar la tenía ceñida a una cama, cuando solo faltaba menos de una semana para la cita bajo los cinco aros de 1980. En esa lid no era la favorita, pero estaba tan inspirada que solo ella pensaba en una hazaña. Sin embargo, antes de competir frente a avezadas rivales, su columna le demandaba un combate aún más enconado. Le dijo al médico: «Voy a competir como sea».

De esa épica están preñadas las entrañas de la mujer cubana. Perseverancia y firmeza se fusionan para llenarnos de ejemplos y emociones. Cuba estaba huérfana de sus entregas, no solo en el deporte, sino en cualquier otra esfera social; para ellas no eran los titulares de la prensa, hasta 1959, cuando llegó el Comandante y mandó a parar, y ellas, a andar. Luego vino el 23 de agosto de hace 62 años, para fundirlas a todas en la Federación de Mujeres Cubanas, de la cual son expresión los triunfos de las atletas.

Dijo Fidel que «cuando en un pueblo pelean los hombres y pueden pelear las mujeres, ese pueblo es invencible». Ese carácter indomable hizo crecer la cualidad de potencia deportiva.

La pelea de ellas en los más exigentes escenarios de la alta competición, escriben las pautas de una colosal obra que recoge 13 preseas doradas en los Juegos Olímpicos, cifra que solo tienen 47 de las 206 naciones representadas en ese escenario, el más encumbrado del mundo atlético, sumando el aporte de sus varones. Se engrandece la proeza al saber que esa cosecha áurea solo recoge 14 de las 32 versiones de esas convocatorias. Las deportistas cubanas tienen otro privilegiado sitial: 51 presencias en esos podios, incluyendo el botín masculino, nada más que lo poseen 48 países.

Pero hay más hitos. De la profundidad de sus estudios, Enrique Montesinos, quien fuera subdirector de nuestro diario y jefe de su redacción deportiva, nos legó uno de sus mágicos detalles. Cuba es el único país en la vasta historia olímpica, hasta hoy, capaz de tener a campeonas en todas las lides del área de lanzamiento: Maritza Martén (disco), Yumisleydis Cumbá (bala), María Caridad Colón y Osleydis Menéndez (jabalina) y Yipsi Moreno (martillo); aportó, con la Colón, la primera medalla de oro en ese concierto de una latinoamericana y caribeña; lo mismo hizo, pero en el judo, Odalys Revé, y las voleibolistas, conocidas por las Morenas de Caribe y capitaneadas por Mireya Luis, son las únicas que han ganado, consecutivamente, tres títulos áureos en ese ámbito.

En 1993, Ana Fidelia Quirot corría por primera vez tras aquel accidente que le quemó el 40 % de su cuerpo, llegó en segundo lugar en los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Fidel la premió entonces con la medalla de la dignidad y ella, tras recibirla, lloró hasta que llegó a su puesto. Le contó al colega de Trabajadores, Joel García, que miró hacia atrás y vio una lágrima en la mejilla del Comandante en Jefe. Ella, entonces, lo premió de vuelta, pues en 1995, justo el día de su cumpleaños, el 13 de agosto, ganó el campeonato mundial y repitió ese triunfo dos años después.

Driulis González subió al tatami cuando parecía despedirse de este y fue un regreso dorado, pues nadie fue mejor que ella en los Juegos de Atlanta-1996. En 2007 fue la abanderada de Cuba en los Juegos Panamericanos y, cuando le entregaba la enseña nacional, el General de Ejército Raúl Castro Ruz, al verla emocionada, le dio dos besos: «Este es el mío y este otro el de Fidel». De esa cita continental retornó con su cuarto pergamino de oro, para engrosar su galería de triunfos que, además, guarda tres cetros mundiales.

María Caridad compitió tal cual lo dijo, como fuera, después de un bloqueo de columna sin anestesia. La jabalina cayó en 68,40 metros, récord olímpico y medalla de oro.  En abril de 1895, luego de su desembarco por Playitas de Cajobabo, José Martí describió su encuentro con el comandante Félix Ruenes, el bisabuelo de la jabalinista, como un día mambí. «Entonces, yo no podía quedar mal, una mambisa combate hasta el final».

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