Como un martillo aún resuenan, en la mente de la doctora Lidia Brito Martínez, las palabras de aquella joven de 24 años quien, ante el trato amable y la sensibilidad mostrada por ella, le pedía que nunca fuera a irse de su lado, porque sus ojos, que eran lo único que podía verle, le recordaban a su hermana, y eso le daba fuerza y confianza. Aquella noche, Lily, como la conocen, no paró de llorar.
«La muchacha había llegado al hospital alrededor de las dos de la madrugada, y a mí, que ni siquiera había podido bañarme, me tocó atenderla. Recuerdo que al ponerle el oxímetro, manifestó una saturación muy baja, además de otras complicaciones respiratorias, ante lo cual la remití urgentemente para terapia intensiva donde, a las pocas horas, falleció, víctima de la COVID-19.
Como ese triste episodio, han sido varios los vividos por la residente en Medicina Interna en el Hospital Provincial Arnaldo Milián, de Villa Clara. Con 26 años, ya sabe de los dolores que implica ser médico, pero también de las satisfacciones.
Ataviada en su traje sanitario, el nasobuco y la careta, que impiden adivinar su rostro, se puede ver cada día a esta personita, aparentemente frágil, frente a un enemigo invisible y mortal, sobrepuesta al agotamiento físico y a los recursos limitados.
Aunque cuesta mucho arrancarle una confesión, porque todo para ella es «normal» –desde pasarse días casi sin dormir, dejar de comer por atender a un paciente en estado crítico, estar horas sin ir al baño o compartir sus propios medicamentos–, lo cierto es que bastan pocas palabras para darse cuenta de la grandeza que hay en la mayoría de los trabajadores de la Salud.
Durante varios momentos ha estado en la zona roja, laborando en las salas de Medicina Interna, o recibiendo a los pacientes cuando llegan al cuerpo de guardia de respiratorio, sitio en el que, en ocasiones, se desempeña como jefa del servicio al cual pertenece.
De sus experiencias, recuerda aquellos días iniciales de la pandemia en Cuba, y a ella le tocó recibir a muchos de los primeros casos detectados en la provincia. «No puedo negar que sentía miedo, y me aterraba cada vez que veía a un enfermo. Pero aquella sensación fue pasando, y ya hoy asumo la tarea con mayor naturalidad».
Recuerdos de estos largos meses ella tiene muchos, algunos muy tristes, vinculados a la muerte de alguna persona, sobre todo si era joven, aunque reconoce que todas duelen; y otros de mucha satisfacción, relacionados con la recuperación de algún enfermo que ha estado muy grave.
No olvida, por ejemplo, todo el esfuerzo de ella y de su equipo para tratar de salvar a un joven profesor universitario, quien, casi sin comorbilidades, no sobrevivió a la enfermedad; o aquella enfermera, compañera de profesión, a quien cuidó con especial esmero en el Hospital Militar Manuel Fajardo, de Villa Clara, y tampoco pudo escapar de la muerte. «Así de peligroso es este virus, y de dura esta profesión», dijo.
Pero también ser médico resulta reconfortante: «cuando un enfermo o un familiar te llama para agradecerte por el buen trato, por el gesto amable, o por haber recibido la atención que merecía, como ocurrió con aquel joven de Camajuaní, quien, luego de estar muy grave, logró salvarse gracias a los anticuerpos monoclonales y a la Medicina cubana. «Ese día me sentí la persona más feliz del mundo», reveló emocionada.
En días recientes, la galena placeteña andaba con el corazón medio estrujado, debido a la tensa situación con el suministro de oxígeno para los enfermos con problemas respiratorios, y por la carencia de algunos medicamentos, ante lo cual, junto al equipo que la acompaña, buscó soluciones, como compartir entre varios pacientes el balón de oxígeno medicinal.
«Los medicamentos y la oxigenoterapia son esenciales, pero también el amor con que se trate a las personas resulta vital, además de no dejar de sonreír nunca con los ojos. Eso también cura». Tal es la filosofía que la acompaña ante las adversidades que se imponen en su camino como médico.
Ante los retos, ha sabido buscar fuerzas en su familia, en especial en la mamá y en su esposo, cuando todo parece desmoronarse. «No niego que el cansancio es inevitable, y a veces me invade, pero las ganas de seguir adelante son mayores. Tengo la certeza de que saldremos de este mal momento», aseguró la joven galena.













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margarita dijo:
1
28 de septiembre de 2021
14:39:32
alina dijo:
2
30 de septiembre de 2021
16:11:35
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