Río Frío, Guantánamo.–La marea vegetal humedecida por el rocío centellea bajo el sol de la mañana, como un cuadro a relieve, salido de algún pincel sobrenatural.
En apenas siete hectáreas de tierra, plantaciones de yuca, boniato, maíz, hortalizas, frutales… presumen de su follaje y de haber aportado varias toneladas de productos del agro en 2020.
Hace un año, con el bloqueo recrudecido con 243 medidas, y la COVID-19 creciendo en su contagioso mal, resucitó el olvidado terreno de autoconsumo que hoy surte a más de 400 platos obreros, en cinco dependencias de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) en el Alto Oriente.
«Zarza, manigua y enredadera; en estas áreas no había otra cosa», admite Danilo Acosta, director de Administración y Finanzas de la CTC en la provincia. «Entonces, decidimos hacer este autoconsumo, donde trabajan dos mujeres y cuatro hombres», explica.
«Al principio salíamos para el campo al amanecer. Nos llevaban merienda y almuerzo allá, para aprovechar mejor la jornada», recuerda Orlando Leyva Fernández, un hombre de 79 años que le sabe de verdad a la agricultura, y cuya energía pone en ridículo al almanaque.
«Tuvimos que chapear, romper la tierra, cercar. Uno araba, otro sembraba; una mujer se batía en el surco y otra en la cocina; fuimos haciéndolo todo a la vez, y casi sin darnos cuenta empezaron a salir las primeras plantas».
La lluvia en Río Frío es poca, y escasa la humedad del suelo, pero esta gente tiene espíritu fértil. Para que los cultivos no mueran de sed represaron un arroyito; de allí sale el riego. A cambio, verdor y abundantes frutos.
«Abonos no hay –dice Leyva–, pero usamos gallinaza de una unidad avícola cercana. Da resultado. A la siembra intercalada y escalonada, le llamamos tres en uno, pues con ella, cada hectárea la multiplicamos por tres. Imagínese, esto es un pedacito de tierra».
El diminutivo trae a la memoria observaciones de Fidel y de Díaz-Canel: «¡No se sabe lo que puede dar una hectárea en alimentos y productos de exportación!», dijo varias veces el Comandante. «El país son muchas pequeñas tierritas», ha hecho ver el Presidente.
TIERRA «INVISIBLE»
Plantas de frijoles pululan a los pies de las hileras de frutabombas, que sobresalen por su estatura. Al fondo, el boniato y la calabaza. Atrás rejuvenece el único platanal sobreviviente del paisaje anterior. La tierra está ahí, pero no se ve; una capa verde lo cubre todo.
«Son 2 000», dice Orlando Leyva, en referencia a las matas de ñame plantadas junto a la cerca. La finca, además, tiene palmas, naranjos, mango, guanábana y cocoteros dispersos por toda el área.
La explicación de momento se corta por la estridencia de la guacaica que observa desconfiada desde una palmera: «protesta», dice él, y le devuelve la carcajada; «ya no se alimenta a sus anchas con las frutas de la finca, como lo hacían los pájaros hasta hace un año».
«Aquí no se desechan ni los desechos», asegura el entrevistado, y muestra, primero, unos conejos en pleno festín con hojas de boniato; después el rítmico picoteo de los pollos, pavos y patos que disputan los granos de maíz.
PRELUDIO
Cuando 2021 apenas ha consumido su primer cuatrimestre del calendario, del «pedacito de tierra» que explota la CTC en Guantánamo han salido ya más de 13 toneladas de productos del agro, y «lo mejor está por venir», vaticina Orlando.
Seis pares de brazos le bastaron a esta pequeña finca para librarse de las malezas, ese yugo que, solo en Guantánamo, sume en la improductividad a más de 7 000 hectáreas de tierra, y hace lo mismo con decenas de miles en todo el país.
Pareciera que al «cincelar» a escala mayúscula esa marea vegetal que centellea, ahora bajo sol implacable del mediodía, sus autores usaron como boceto la exhortación de Fidel: «multiplicar la superficie de nuestra patria, simplemente con un mejor trabajo».



















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