«La vamos a hacer el sábado, que es el día antes de las madres, pa' que resuene donde tiene que “resonal”».
La marioneta-enlace lo proclamó con morboso énfasis desde su guarida en Miami, sin saber que, en el camino, como en anteriores intentos, le esperaba un fracaso más.
A su marioneta-receptor en La Habana, trató de tranquilizarlo con un «del trabajo sucio me encargo yo», emparentado, por el tono cínico y la intención criminal, con el repugnante «Pusimos la bomba, ¿y qué?». Por supuesto, no pudieron.
El aborto dejó a los «soldaditos de dólares» con la bomba social en las manos, y el deseo de un estallido que añoran, pero que no encuentran cómo concretar. Aun así, no desisten de su propósito; entre otras razones, porque ellos viven de eso, y para justificar sus salarios tienen que hacer, cuando menos, bulla.
Nada de exageración. Los enemigos de Cuba sueñan un estallido social en el archipiélago, y, conforme a lo aprendido en el manual de guerra no convencional del ejército estadounidense, el coctel para ese propósito, además de comedia y ficción, lleva falsedades y propaganda, por supuesto, sin excluir la violencia.
Para un juego sucio que adolece de manos limpias, los pobres conspiradores, sin otra opción, alistan a personajes de singular perfil, como Michel Naranjo Riverón (el Kiki), la marioneta-enlace en Miami. Según sus planes, víspera del día más tierno del calendario, cuando La Habana es toda delicadeza por nuestras madres, él articularía la violencia: «pa' que resuene».
El sujeto es de los promotores de los actos vandálicos a la postre frustrados, contra círculos infantiles, centrales eléctricas, hoteles... y hasta contra el Palacio de Convenciones, todos en los días del 8vo. Congreso de nuestro Partido.
Holgazán de origen cubano, radicado en la Florida desde hace menos de un año, sin estatus legal, el personaje dejó aquí una larga trayectoria delincuencial. Del cacareo más reciente del Kiki, la televisión cubana dio cuenta. Se le escuchó impartir a su marioneta-receptora en La Habana, instrucciones de armar una provocación en la capitalina calle Galiano, frente a la tienda La Época, sitio de abundante concentración de personas.
«Vas a salir de ahí (…) por to' las calles –indicó el Kiki, vía celular–, haciéndole un llamado al pueblo: “únete ya, vamos a botarnos pa' la calle”». La farsa debía ser filmada por un solo individuo, pues el de Miami había convocado a la prensa internacional, y tenía gente aquí, trabajando en eso.
Reunir unas cien, 200 personas, y darle apariencia de espontaneidad a la acción; esa era la idea: «pa' que no quede como una cosa que se planificó; sino como que el pueblo se está tirando a la calle. Yo tengo gente pa' que haga el trabajo sucio».
La provocación tenía potencial para el caos y la incertidumbre, para llenar de dolor unos cuántos corazones ávidos de ternura, a las puertas del segundo domingo de mayo. Parece que no sabe de amor de madre un mercenario.



















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