ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Los Van Van defienden el legado de Formell 50 años después Foto: Ariel Cecilio Lemus

Yo debo haber sido una de las últimas personas de Cuba en enterarme de lo que pasó la noche del 25 de noviembre de 2016.

Esa madrugada —que a muchos dejaría sin sueño tras oír el mensaje de Raúl—, también la pasaría yo en vela, pero por razones muy diferentes. Hacía apenas 48 horas que era otra, era madre. Y no había visto la televisión.

En un cuarto del hospital habanero González Coro trataba de aprender a amamantar, intentaba consolar —con desespero y sin mucho éxito— el llanto insondable y persistente de mi hijo; ensayaba contorsiones para —mientras brincaba de la cama a una silla—, esquivar el dolor de la herida fresca, de la leche sin romper.
Pero hay algo más que no olvido de esa fecha. Durante cada una de las horas que pastosamente hacían avanzar la noche hasta convertirla en día, se oía sonar a lo lejos, pero con suficiente estridencia como para que pareciera cercana, la música de Juan Formell y los Van Van.

Un disco tras otro ahogaba el necesario silencio de aquella madrugada infinita. A pesar de no poder dormir por otros motivos, a mí me daba rabia. No podía entender cómo, en el centro de un barrio populoso como el Vedado, cerca de una maternidad, alguien espantaba los sueños —ya de por sí esquivos— de los seres más indefensos y agotados del mundo: las nuevas madres con sus nuevos hijos.

Al romper el alba cesó la algarabía y, al rato, la revista informativa de la mañana nos heló con la noticia. Había muerto Fidel.

La intensidad de la vida que empezaba a conocer se cargó de otra sensación de irrealidad. “¿Era cierto?” Me preguntaba mientras el agua caliente empezaba a enfriarse en el baño. “¿Era cierto?” No te entretengas que mira, hay que cambiar al bebé. “¿Era cierto?” Volvía a pensar sin tiempo para permitirme el duelo: mi mamá debía dejar la sala, los médicos empezarían la visita, la hora de la toma de leche llegaba otra vez.

Cuando tuve un segundo de sosiego llamé a mi esposo: “¿Era cierto?”, y él me dijo que sí, resignado y triste, desde el otro lado del teléfono.

Entonces creí hallarle explicación al desenfreno vanvanístico que a tantos enfermos de sueño nos había atormentado la noche previa. Sospeché que alguien había estado festejando la noticia. Y fue mayor la rabia, peor la indignación; porque no hay que ser devoto de ninguna ideología para mostrar decencia, para no hacer del dolor un premio, para entender que el privilegio de la vida sobre la muerte no puede ser causa de humillación.

A tres años y unos días de aquella noche hosca, ha llegado a su medio siglo la orquesta de los Van Van, “maquinaria” musical inmune a la obsolescencia, con su hora fija en cada fiesta desde el tiempo de nuestros padres hasta hoy.

El “tren de la música” popular bailable, como también se le conoce, ayuda desde la cultura a halar un país que —recordando a Barnet— cada quien va empujando como puede, como sueña que debe. Es la agrupación del gran Juan Formell, idolatrado por su genio y carisma, inolvidable en aquel concierto, plantando como debía: “está bueno ya de abuso”.

Todo esto me ha obligado a repensar, irreverentemente, el des-concierto mío de aquella madrugada. He terminado por negarme el derecho al enojo y la irritación. Y es que no. Un símbolo tan auténtico de nuestra cultura, como los Van Van, jamás podría ser usado para agraviar esa fidelidad que también nos identifica.

Lo que pudo ser un mezquino festejo por la partida —aun a ritmo de Van Van y aunque sonara a fiesta— no podría sino devenir en homenaje.

Porque Formell no hubiera admitido otra cosa que acompañar con la lealtad de su música al Comandante en su última caravana; ni ÉL, tan defensor de nuestro arte legítimo, le hubiera negado a Juan su merecido lugar en el viaje.

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Pedro dijo:

1

26 de diciembre de 2019

19:55:26


Aquellos fueron días muy emotivos, una mezcla de llegada y de partida. Las primeras voces de Ernesto -además de su llanto- fueron las de sus ojos grandes. Su mirada me susurró: “estoy aquí, no sé bien quién eres, pero lo cierto es que te conozco”. La caricia de mi beso fue la que pudo responder a su mirada. No podía entonar palabras, no tenía acústica en mi garganta, solo un nudo. Días después se iba un grande, tan grande, que hasta sus mayores adversarios bajaron las espadas en su honor, y el pueblo se encadenó de occidente hasta oriente para despedirlo. Sí, era Fidel. Hoy leo esta hermosa prosa de Ivette y me siento muchas veces feliz, por recordarme esos días en los que unos llegan para crecer y hacer el bien, y otros parten para sembrarse en el bien de muchos. Por eso creo que ese día Van Van fue también música de la vida. Gracias por estas palabras mi amor.

Miguel Angel dijo:

2

27 de diciembre de 2019

02:31:33


Fue el día más triste de mi vida. Más tarde comprendí que Fidel jamás ha muerto, se encuentra siempre entre nosotros. Muy Vivo, nunca muerto.

CCA dijo:

3

27 de diciembre de 2019

11:46:37


Que bonita la prosa de Ivette y el comentario de Pedro. Son un homenaje mas a nuestro Fidel

Ivette dijo:

4

28 de diciembre de 2019

11:13:54


¡Muchísimas gracias, CCA! Es un pequeño tributo, que nace sincero, desde el alma de una pareja de agradecidos.