El 23 de diciembre de 1841 vino al mundo en la otrora villa principeña un niño al que sus padres nombraron Ignacio Francisco Eduardo de la Merced y llegó a ser, con el paso del tiempo, uno de los más célebres y leales patriotas que ha dado Cuba.
A la distancia de 178 años, su legendaria figura sigue asombrando a generaciones enteras, no solo por su preclara visión intelectual y sus dotes de jefe militar forjadas en los campos de batalla, sino además por su amor infinito a la esposa idolatrada.
Ignacio y Amalia parecían nacidos el uno para el otro: él, un joven inteligente, culto y apuesto; ella, una muchacha bella, sensible y con dotes innatas para el arte.
Comenzó así un noviazgo marcado por la lejanía entre una Habana que lo acogía en sus estudios de abogado y un Puerto Príncipe hospitalario, donde ella lo esperaba ansiosa, conocedora ya de los primeros e intensos afanes conspirativos de su enamorado.
«Tu deber antes que mi felicidad es mi gusto, Ignacio mío», le escribió Amalia en abril de 1867, solo meses antes del regreso de Ignacio a Camagüey, para consumar sus anhelos libertarios y su unión en matrimonio con la joven amada el 1ro. de agosto de 1868.
Mas los días de feliz y armoniosa convivencia duraron poco: tres meses después se produjo el primer adiós de los cónyuges, justo el 11 de noviembre, cuando Agramonte, desde el ingenio El Oriente, se levantaba en armas por la libertad de Cuba.
Amalia comprendió sin titubeos, e hizo suya la decisión de quien pronto se erigiría como prestigioso estratega militar, lo que la llevó a sufrir las vicisitudes de la vida en campaña, donde dio a luz, el 26 de mayo de 1869, a su primer hijo Ignacio Ernesto.
Meses más tarde, en cuanto el fragor de los combates así lo permitió, Agramonte condujo a sus seres queridos a la finca San José de los Güiros, en la Sierra de Cubitas, y allí estableció un sitio íntimo al que la pareja coincidió en nombrar El Idilio.
Pero, consecuencia de fatales circunstancias, la separación se impuso una vez más, ya para siempre: tropas españolas asaltaron el lugar llevando prisioneros, cual codiciado botín, a la Amalia embarazada de nuevo y a su hijo de un año recién cumplido.
Agobiado por tanto dolor, Agramonte escribió a su esposa: «¡Cuánto nos ha hecho sufrir siempre la separación! Cuba exige grandes sacrificios; pero Cuba será libre a toda costa. Las contrariedades más nos exaltan, y más indomables nos hacen».
A finales de 1872, Ignacio le ratificó: «Cada día se robustece más mi fe en el triunfo, a pesar de todas las dificultades. Ni un momento he dudado jamás que nuestra separación terminará, y volverá nuestra suprema felicidad con la completa libertad de Cuba».
Sin embargo, Jimaguayú se interpuso entre tanto afecto compartido. Apenas unos días antes del suceso fatal, Amalia le había rogado: «por interés de Cuba debes ser más prudente, exponer menos un brazo y una inteligencia de que necesita tanto».
La misiva nunca llegó a manos de El Mayor. Quedaba trunca así una historia de amor, convertida en leyenda, entre dos seres excepcionales.








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vv dijo:
1
24 de diciembre de 2019
14:18:17
Juan Carlos dijo:
2
24 de diciembre de 2019
14:49:15
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