ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La doctora Lourdes Camacho Paneque, manifiesta que en Guatemala asistió a muchas mujeres que llegan muy deterioradas al trabajo de parto. Foto: Nuria Barbosa León

La doctora Lourdes Camacho Paneque, especialista de primer grado en Ginecobstetricia, comenzó a sentir la profesión desde niña, cuando su abuela la llevó a visitar el hospital donde laboraba en el municipio de Banes de la provincia de Holguín.

Ella siente orgullo por la experiencia acumulada y por su principal aporte en ayudar a los pueblos de Bolivia (2006-2008) y ahora con su entrega profesional en el barrio La Tinta, departamento de Alta Verapaz, de Guatemala, desde el 2017. 

«Desde los cinco años de edad vivo en La Habana y realicé todos mis estudios en la capital. Al concluir la carrera me brindé para ir a la serranía cubana a prestar servicio rural en el contingente Manuel Piti Fajardo.

«Me designaron al poblado el Caney de las Mercedes, del municipio de Bartolomé Masó, en la provincia Granma. Hice el sexto año de la carrera, más otros dos, en el hospital Mariano Pérez Barí. Justo en esa etapa conocí sobre varios procederes de ginecología, por ello me incliné a seleccionar la especialidad.

«Me gusta la parte de obstetricia. Tengo dos hijos y siempre pedí hacer todo mi trabajo de parto hasta el final porque quise saber lo que experimenta una persona cuando está en ese proceso».

—¿Cómo fue la experiencia en Bolivia?

— Trabajé en un lugar, ubicado a una gran altura sobre el nivel de mar. Para llegar allí nos recomendaban no ingerir alimentos durante un día para evitar los vómitos. El viaje transcurría alrededor de una montaña en una carretera, bautizada por la población como: Carretera de la muerte. Cuando llovía, el pavimento quedaba muy húmedo y los autos se volcaban. El transporte demoraba unas ocho horas para llegar al poblado. En aquella montaña había nieve y escarcha casi todo el año.

«Increíblemente, al llegar al lugar, el colegio médico y los profesionales que ejercían la medicina privada pusieron resistencia para que no atendiéramos a la población. Eran parte de la oposición política al presidente Evo Morales.

«Recuerdo que justo a mi llegada, llegó a la guardia médica una mujer muy deteriorada por el trabajo de parto. Por suerte resolví la situación y luego la trasladé, sin peligro para su vida, para otra institución de la capital para tratamientos especializados.

«Resulta que los integrantes del colegio médico me querían demandar, alegando que quedaron restos dentro del útero. Como recibí a la paciente en estado crítico, entré al salón acompañada de varios médicos, entre ellos, el director del hospital. Todos pudieron responder cómo se le salvó la vida y la demanda no procedió. Lo mejor que me ocurrió es que yo me encuentro un día a esa paciente y ella me agradeció por estar viva. La población del lugar era muy pobre y dolía ver cómo se aprovechaban de ellos.

«En Bolivia me enfrenté a situaciones extremas para salvar a mujeres casi moribundas. Tuve la dicha de estar en Pando, cuando el presidente Evo Morales inauguró un hospital en aquel departamento con servicios médicos de primer nivel y gratuito para la población.

«Otro caso fue una niña de ocho meses con una quemadura en el rostro. Eso no tiene nada que ver con mi especialidad, pero cuando estudiamos en Cuba, hacemos rotaciones médicas por cada una de las especialidades y uno sabe buscar la información para enfrentarse a las circunstancias del entorno».

—¿Los médicos cubanos seleccionan el lugar donde van a trabajar?

—Jamás, esa decisión le corresponde a la dirección de la brigada médica, atendiendo a la cantidad de habitantes por municipios y a las necesidades del país. Nosotros vamos con la disposición de laborar en los lugares donde haga falta».

—¿Cuáles han sido los casos más difíciles en Guatemala?

—Es muy frecuente asistir a partos difíciles, con bebés prematuros en tiempo y de bajo peso al nacer, producto de una desatención médica durante el embarazo. No existe un sistema de salud organizado con un programa materno infantil bien concebido. He tenido casos de pacientes que viven en aldeas muy lejanas y comienzan el trabajo de parto con 28 semanas. A ese recién nacido hay que aplicarle mucho conocimiento para que no muera.

«Generalmente en los lugares apartados, los partos los realizan las comadronas o parteras que resuelven situaciones, pero cuando existe una complicación como por ejemplo con un niño que se encuentra en una posición pelviana, la mujer nos llega con un estado muy deteriorado, porque han pasado muchas horas y esa criatura sufrió en el canal de parto».

—¿En ambos países existen leyes en contra del aborto?

—Ese tema es muy doloroso. En ambos lugares el aborto está prohibido y he tenido que asistir a muchas adolescentes y mujeres violadas sexualmente, que quedan embarazadas.

«En Guatemala recibo a un gran número de mujeres violadas por familiares o personas cercanas a la familia. Allí practiqué la cesárea a una niña de 12 años que la violaron cinco hombres. Nunca hubo una denuncia y los hombres no fueron investigados. Igual otras violadas que identifican a su victimario, que realizan la denuncia y tampoco las autoridades lo juzgan. Incluso me hacen llenar un expediente bastante extenso y de muchas páginas describiendo las lesiones provocadas y al final, jamás se inicia un proceso penal. Los siquiatras certifican que las mujeres violadas nunca se recuperan de ese trauma, aunque se les haga un tratamiento y un seguimiento médico.

«En esos países impiden acceder al aborto en una institución segura, por lo cual ellas acuden a otros lugares, donde no están creadas las condiciones higiénico-sanitarias, compran medicamentos abortivos o se introducen aditamentos por la vagina para interrumpir su embarazo. Luego las recibimos en el hospital con un proceso séptico avanzado, casi al borde de la muerte. La prohibición del aborto lleva a dos problemas: uno, los embarazos no deseados, y otro, la posible muerte materna para una mujer que acudió a métodos anticonceptivos no seguros.

«Puedo ponerte otro ejemplo: recibí una adolescente con un embarazo a término que le diagnosticamos una eclampsia (subida de la presión arterial por diferentes causas). Ella le contó a su padre, días antes de su ingreso, que el marido de la hermana la violó. Nos llegó convulsionando y al indagar en su historia familiar nos relatan que todo su embarazo lo hizo con un gran mutismo y tristeza. No quería explicar su sufrimiento. Se le hizo una cesárea y quedó internada para aplicarle medicamentos. Luego notamos una regresión. Sucedió que el violador la estaba visitando en el hospital. Después de tratarla con la sicóloga, logramos que ella cooperara con el tratamiento.

—¿Por qué volver a realizar otra misión?

—Las misiones fuera del país son un aprendizaje y me recuerdan ese momento en que trabajé en la serranía. Fuera de Cuba enfrentas situaciones y conflictos con pocos recursos al alcance. Generalmente escasea la sangre para las transfusiones y se generan obstáculos por el personal médico local que ve a la medicina como un negocio.

«En las misiones, un profesional conoce a otras culturas y aprende mucho. En Cuba se cuenta con el apoyo de los compañeros. En una guardia médica hay residentes, estudiantes, especialistas y profesores. Fuera de la Isla para resolver un caso solo está el médico y si acaso un enfermero.

«Ahora en Guatemala hacemos guardia 24 horas. En un día de guardia suelo hacer más de nueve cesáreas como mínimo y el trabajo es muy intenso. Nos llegan pacientes que llevan transfusiones de sangre, que no tenemos, y apelamos a todos los recursos para salvarla».

—¿Cómo se considera Lourdes Camacho Paneque?

«Una mujer realizada».

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