El reloj marcaba las 12 en punto. El sol castigaba justo en el centro del cielo, mientras un grupo de personas esperaba con ansiedad por acceder a una tienda recaudadora de divisas de la ciudad de Matanzas.
Se abrió la puerta del establecimiento y una de sus tenderas informó que comenzaba el horario de almuerzo. Varios decidieron retirarse, otros, a regañadientes, permanecieron en la cola, ajenos a la función que presenciarían.
Sin aviso previo, sin consultar ni siquiera el permiso de quienes esperaban, decididos y sin remordimiento alguno, comenzaron a llegar los «artistas», no cantantes ni actores, sino individuos que por conocer al menos a una de las tenderas del establecimiento evitaron la espera bajo el sol.
Experiencias como esta se viven a diario en las colas, ya sea para la solución a un trámite, para comprar el pan nuestro de cada día, o para recoger los mandados; y cuán molesto es que después de mucho tiempo de espera para resolver nuestro problema se presenten personas apremiadas por satisfacer sus necesidades sin tener en cuenta las de los demás.
Las colas, esas que colman nuestra paciencia, se deben a la escasez, trámites lentos, a que los responsables de los establecimientos laboran con mucha paciencia, falta de trabajadores, llegada de productos a los establecimientos en horarios laborales o porque el espacio es insuficiente para tantos clientes.
Por ello se suelen buscar alternativas para evitar estos momentos incómodos, entre ellos la compra de turnos, las amistades que hacen favores, o simplemente, como suele explicarse en el argot popular, «dan con la cara»: «se me va el taxi», «salí del trabajo nada más para venir hasta aquí», «ella pidió el último para mí también».
¿Colarse tiene explicación en dependencia de la circunstancia? ¿A quién le agrada la idea de que por mucho que madrugue los turnos tendrán el nombre y apellidos de quien aún duerme?
Debemos ser conscientes también de que en algún momento nos hemos colado. Mientras lo hacemos pensamos: «Ya que tengo la oportunidad», «hay que aprovechar», pero indudablemente es una falta de respeto ocupar el lugar de otra persona.
El «arte» de colarse no debe enseñarse ni aprobarse. Pasar por encima de otros, en ocasiones de embarazadas, madres con niños pequeños, ciudadanos de la tercera edad o discapacitados, debe ser señalado como mala conducta.
Tenemos que esforzarnos porque dejen de existir estos «artistas» incapaces de respetar el orden, y aprender a ceder el paso a quien lo necesite.
La autora de este texto es estudiante de periodismo













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Antonio Vera Blanco dijo:
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20 de junio de 2018
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Julio Cesar dijo:
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Rendón Respondió:
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laloqui dijo:
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bcp dijo:
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21 de junio de 2018
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