SIERRA DE CUBITAS, Camagüey.–Si el famoso y nunca bien recordado ciclón de 1932 se encargó de destruir lo poco que quedaba ya de La Gloria city, una de las primeras colonias de norteamericanos en Cuba, los actuales habitantes del lugar acaban de vivir una experiencia casi similar «gracias» al huracán Irma.
«Oiga, esa señora pasó feo por aquí. Esto traqueó de mala manera…», afirma Jorge Fabelo Leach, mientras ayuda a levantar la vivienda de su amigo Luis Martínez Sotolongo en el barrio Las Mandarinas, una de las zonas más golpeadas por el meteoro en el Consejo Popular La Gloria, próximo a la costa norte camagüeyana.
«A mí se me cayeron apenas cuatro tejas del portal de la casa, pero eso no es nada comparado con lo que les ocurrió a otros vecinos», explica el recio campesino, atento en todo momento al ir y venir de Luis y su esposa entre el pequeño rancho que ahora los cobija y el esqueleto de lo que será su nueva morada.
«Este es mi hermano, como aquel que dice, y por eso no podía dejarlo solo en un momento tan complicado para él y su familia», asegura quien dice ser nieto de una norteamericana que arribó a estos parajes con apenas seis años de edad, nunca quiso volver y murió en el terruño que la acogió como una cubana más.
Hacha en mano, bajo un sol mañanero que calienta la comarca, Jorge acondiciona las tablas de palma recién llegadas del monte y que servirán de pared a la casa de Luis: «Hay que salir primero de esto, que es lo más urgente, para caerle de nuevo al horno de 460 sacos que estamos parando entre los dos no lejos de aquí».
Estimulados por los buenos precios de compra del producto, hace ya un buen tiempo ambos ofrecen sus servicios y experiencia como carboneros a la cooperativa Julio Antonio Mella, para lo cual aprovechan al máximo el abundante marabú de la zona y toda la leña que encuentran a su paso.
LEVANTARSE SOBRE LAS RUINAS
Nacido y criado en la comunidad de La Gloria, cuenta Luis Martínez Sotolongo que él y su familia pasaron la noche del ciclón en la casa de su hermano, que es de mampostería, y aun allí «parecía que el mundo se iba a acabar de lo fuerte que estaban aquellas ráfagas con un sonido que metía miedo».
Hecha de guano y madera, la humilde vivienda de Luis voló por los aires, como las de otros muchos vecinos, quedando al amanecer del día siguiente en los alrededores del lugar un panorama deprimente y desolador, solo superado por una realidad esperanzadora: «al menos, todos estábamos vivos».
En Las Mandarinas, sin embargo, la gente no se dejó aplastar por la desgracia: con los restos que a duras penas pudieron salvar de sus viviendas improvisaron pequeños ranchos para refugiarse y proteger las pertenencias a la espera de una ayuda que, estaban seguros, no demoraría en llegar.
«Fíjese si fue rápido, refiere Luis, que a los pocos días del ciclón ya me habían entregado los horcones, las tablas de palma y otros recursos necesarios para comenzar a levantar la nueva casa con el apoyo de trabajadores de la unidad básica de producción cooperativa Batalla de Las Guásimas».
«El carpintero que me pusieron, agrega satisfecho, se ha pegado duro de verdad y yo lo atiendo y lo apoyo lo mejor que puedo para que las cosas avancen lo más rápido posible. Esto sale bien si todos, en lugar de sentarnos a mirar, ayudamos en lo que podamos, seguros de que poco a poco saldremos adelante».
En ello coincide Javier Peña Álvarez, vecino cercano de Luis, cuya parentela se movilizó de inmediato en auxilio del joven para adelantar todo lo más que se pueda el montaje de la estructura de la vivienda campesina, mientras llega el resto de los materiales necesarios en su terminación.
REVOLUCIÓN EN LAS MANDARINAS
A Rosa Espinosa Rojas, la presidenta del Consejo Popular La Gloria, es difícil encontrarla en su hogar en estos días de intenso ajetreo. El esposo, siempre solícito, se encarga de ofrecer a los interesados las coordenadas de su ubicación: «Si quieren verla, búsquenla en Las Mandarinas».

Y es que el lugar, situado en uno de los extremos del poblado, se ha convertido en epicentro de la acción recuperativa, pues allí, junto a las labores de saneamiento ambiental, se acomete la construcción de 20 casas rústicas con la contribución de entidades de la Agricultura y de cooperativas cercanas.
«Como se puede apreciar, comenta Rosa, la tarea es bien dura, pero se respira en la gente un ambiente de trabajo, de salir a combatir y a resolver cuanto antes el problema mayor, que es el de la vivienda, porque los servicios básicos han sido restituidos a través de las más diversas alternativas con el apoyo del pueblo».
A modo de ejemplo, menciona a Dunia Machado Velázquez, quien no dudó un segundo en ofrecer su casa para ubicar de manera temporal la farmacia del poblado y no interrumpir la atención del público y la venta de medicamentos, mientras se le restablece el techo perdido a la edificación.
Conocido ya por todos en la localidad es también el caso de Maileni Guillén Manresa, cuyos alumnos de sexto grado del centro mixto Renato Guitart, con serios daños constructivos, reciben las clases en la parte del hogar de la joven maestra que el huracán Irma no pudo arrancar en su avance destructor por la zona.
Graduada hace tres años de la escuela pedagógica Nicolás Guillén, de la cabecera provincial, Maileni asegura no haber hecho nada del otro mundo: «Solo he dado el paso al frente en un momento difícil para la Patria; lo importante es que mis niños no pierdan más un día de clases y se queden sin aprender».













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Sergio dijo:
1
3 de octubre de 2017
18:17:35
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