Su nombre merodea entre los viejos. Más de uno ha hablado de él; más de uno ha dicho que, el edificio que hasta hoy sigue formando bachilleres en la Ciudad de los Puentes, estuvo a las órdenes de Carmelo Ruiz; un estudiante loco, revoltoso y revolucionario, que se fajaba a los puños con la policía esbirra y que, en esos lances –cuenta mi abuelo–, cogió muchos golpes.
***
Dijo ser un servidor, invitó a pasar y arrastró par de asientos. No dejó preguntar; manifestó que él ya había hecho el recuento varias veces y todo iría bien. «No, no, no pongas eso. Tú verás». Y, ante los recortes de periódicos que decoran la sala, arrancó con lo mejor de su historia.
«Yo ingresé en el Instituto de Matanzas el 7 de septiembre de 1952; Batista ya había dado el golpe de Estado.
Inmediatamente vino un compañero y, a unos cuantos, nos propuso crear la organización Acción Libertadora; entonces éramos nada más que diez.
«Sacamos manifestaciones hasta el Parque de la Libertad en cuatro ocasiones; al Parque de Pueblo Nuevo tres veces (allí nos dieron tremenda tunda, pero no pasó na’), al Parque René Fraga... Empezamos a tirar proclamas e, incluso, no dejamos dar los carnavales de 1956 –en la ciudad–; tuvieron que suspenderlos.
«Propicié huelga un 28 de enero y un policía pateó a un muchacho de los nuestros, solo por estar allí. ¡Le di una trompada al teniente ese… que aquello fue de madre! Yo sufría mucho lo que le hacían a la gente».
De entre los antiguos estudiantes, los que «vivieron» los años 50, siempre sale la anécdota de los acuartelamientos del instituto. Entonces, la policía no podía entrar porque se llenaban azoteas y ventanas de alumnos dispuestos a lanzar sus pupitres a quienes «tuvieran la osadía de pegarse».
Carmelo, que fue electo presidente del estudiantado desde segundo año, aseguró, tuvo que frenar esa clase de revueltas «porque, figúrate; nos dimos cuenta de que al final nos acusarían de romper nuestros medios escolares, y eso tampoco era correcto».
Le gusta hablar sobre José Antonio Echeverría, según cercioró, se subordinaron a él y, al ser creado, también formaron parte del Directorio Revolucionario. «5 de mayo de 1954», estrujó el rostro y, al hallar la idea, agregó: «esa fue la primera vez que se entrevistó con nosotros».
LOS DÍAS DE MARZO
«Bueno, pasaron los años, llegó 1957 y, el 8 de marzo, cinco días antes –del Asalto al Palacio Presidencial–, fíjate si José Antonio conocía a su gente, él mismo llegó a Matanzas y me dijo: “Carmelo, tú eres un loco. He venido aquí nada más para decirte que no vayas a hacer nada fuera de lo acordado. Recuerda que debes estar en el instituto, con bastantes alumnos –mil, enfatiza el entrevistado–, en espera de mi alocución, para apoyar la huelga general”».
Todo iba conforme lo planeado –prosiguió– pero… cortaron el discurso radial del líder estudiantil. Al rato, apareció un emisario y lo convocó a ir para La Habana; habían matado a José Antonio.
Pidió le diera dos horas porque, en ese momento, no podía; necesitaba liberar a los alumnos que esperaban la orden de lanzarse a la calle. Colocó un crespón de luto frente al instituto y, como no llegó el transporte prometido por el emisario, consiguió un ómnibus.
«Entonces… parece que me chivatearon, porque cuando voy a coger la guagua, pararon la jaula delante y gritaron: “¡Carmelo Ruiz! ¡Vamos!” ¡Ay mi madre! ¡Qué cosa es esto caballero!», revivió en alta voz su pensamiento.
«Me llevaron para la jefatura de policía y, ahí, ya había 80 alumnos (de la escuela normal, la de comercio y de nosotros).
¡Muchacho!, a las seis y media de la tarde llegó el jefe de la policía; un blanco alto llamado Lino Fernández Sanabria.
«Él me condujo a un cuarto donde colgaba el retrato de Fulgencio Batista. Y me preguntó: “¿Tú conoces a ese?” “¡Yo no tengo que conocer al perro ese!” –grité–. Hizo así… me dio una trompada y me partió dos dientes, me tiró al suelo y me cayó a patadas.
«A los 15 minutos, ya junto a varios compañeros, aparecieron más policías; eran 16 y 16 con vergajo de buey –arma utilizada por las fuerzas represivas de entonces–. De ahí no supe más nada; estuve dos días sin conocimiento».
Aquella noche, la del 13 de marzo, querían sacarlo de la estación de policía para asesinarlo y, gracias al oficial de guardia, que no permitió la mañosa excarcelación, pudo sobrevivir. «Cuando volví en mí, escuché: “oye, tienes que irte urgente para La Habana”. Le repliqué “¡por qué!” –gritó nuevamente– “porque… mira, te van a matar como a un perro”».
«Terminé en el hospital Carlos J. Finlay, en La Habana; estuve ingresado seis meses. Me habían partido cinco costillas, un brazo, y la cabeza por tres lugares».
Luego del triunfo de la Revolución, Carmelo comenzó a estudiar la Licenciatura en Diplomacia, que se impartía entonces, en la Universidad de La Habana. Mientras cursaba el segundo año, «vino un médico de Checoslovaquia y me dijo: “oye, tú tienes los ojos muy amarillos, vamos a hacerte un examen médico amplísimo”. Ahí fue cuando salieron a relucir los golpes de la cabeza».
El propio doctor asumió el tratamiento y «luego de curarme, hicieron una fiestecita, me regalaron un reloj Ultramar, una guayabera –yo nunca me había puesto guayabera– y, de ahí, me trajeron para Matanzas».
No pudo culminar dicha carrera pero se graduó de Español-Literatura y acabó dando clases en aquel instituto que, un día, él mismo transformó en un cuartel contra la dictadura.
HOY CARMELO…
Trabajó en otras dos escuelas y, luego, dirigió el central azucarero Puerto Rico Libre, donde un día le comentaron: «Carmelo, ya tú tienes 72 años».
Dice no estar tan solo; aunque perdió a un hijo en Angola, en 1988, el otro, el que le queda, a cada rato, le insiste, que vaya a vivir con él. «Le digo que no, yo estoy bien, y me suelta: “pero contra, Carmelo…”». De todas formas, viene cada día y trae de todo, aunque no se lo pida.
«El domingo –13 de agosto– di un acto aquí; esa bandera, con el retratico que tengo de Fidel, todo lo puse allá afuera.
Llamé a dos o tres y dije unas palabras; la gente se portó muy bien».
Sin advertir la tensión que causa el verlo mecerse constantemente sobre las patas traseras de su silla plástica, señaló hacia una foto pegada a la pared. «Ese es mi padre. Julián Ruiz. Comunista desde que tenía 15 años y murió con 88».
Después de varios segundos en silencio, en acto de autoanálisis, confiesa haber sido un loco, un guapo. «Nunca pensé en la muerte; jamás en la vida; te lo juro por los restos de mi hijo, de mi madre y de mi padre». La voz, los ojos y el rostro se le rajan y yo, que en la escuela de Periodismo aún no he aprendido qué hacer cuando un viejo llora, bajé la vista.
Le comenté que necesitaba una foto para el periódico. Puso gesto pensativo. Miró a su pared. «Esta es la única que tengo del instituto; si te hace falta te la doy». No se preocupe, yo la tiro, aquí traigo una cámara. Y empezó a reír muy alto.
«¡Ah! –volvió a jurar por los que quiere y no puede ver–, jamás me han gustado las entrevistas y, con mis 86, prefiero me agarren allá afuera y me den con cuatro palos; pero qué voy a hacer; esto de la vida es así».
Yo esperaba que pronunciase adiós o hasta luego y, sin embargo, el viejo Carmelo, después del apretón de manos, se despidió con un grito casi en medio de la calle. Un sonido estridente de los que solo brotan de las almas desnudas y esperanzan a quienes, aún por casualidad, lo escuchan: «¡Patria o muerte, coño!».













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Joel Ortiz Avilés dijo:
1
27 de septiembre de 2017
08:02:38
Esperanza Bulguera dijo:
2
27 de septiembre de 2017
15:01:01
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