ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Miles salieron de sus casas a combatir el analfabetismo. Foto: Archivo

Miguel Ángel Ariza Rodríguez era miembro de la Asociación de Jóvenes Rebeldes con apenas 15 años. El 17 de mayo de 1961 se incorpora a la Campaña de Alfabetización.

“En mi casa se simpatizaba con la Revolución. Ya en el ’61 estoy dentro de las Milicias Nacionales Revolucionarias y aparece la convocatoria para alfabetizar.

“Hay hechos que marcan un antes y un después, no solamente en las personas, sino en la vida de un país. La Campaña de Alfabetización fue uno de esos momentos en la vida del país entero y en la de los más de 100 000 muchachitos como yo que fueron a participar en aquella epopeya.

“Sin ánimo de hiperbolizar te diría que no recuerdo que la Revolución haya hecho otra cosa tan grande en 50 años. En aquel entonces no la veíamos como una hazaña, sino como la cosa más natural del mundo, como algo más que hizo la Revolución.”

UN AÑO MUY DIFÍCIL

Con este farol alfabetizó a los campesinos de San Alberto. Han pasado 55 años y lo ha acompañado todo este tiempo. Foto: Cortesía del entrevistado

Así recuerda Ariza Rodríguez el 1961 y argumentos no le falta.

“Es el año en que se nacionaliza la enseñanza, de Girón. Es el momento en que Estados Unido rompe las relaciones que ahora acaban de restablecerse. También desde ese país se acrecientan los ataques, las quemas de cañaverales y escuelas, el apoyo a las bandas contrarrevolucionarias internas y los asesinatos de campesinos y maestros. En enero matan a Conrado Benítez y luego fueron unos cuantos más.

“En medio de todo aquello 100 000 muchachos dejan sus casas, sus comodidades y todo lo que los rodeaba para irse lejos, nadie sabe dónde, a combatir el analfabetismo. Parece una bobería. Ninguno de nosotros se ve a sí mismo como quien hizo algo heroico o marcadamente significativo, sin embargo lo fue.

LA REVOLUCIÓN LLEGÓ A EL CALLEJÓN

A San Alberto, comunidad enclavada en la actual provincia Las Tunas, fue a parar el joven alfabetizador. Allí permaneció unos cuatro meses. Luego su salud comenzó a deteriorarse y fue trasladado a El Indio, una granja avícola que estaba construyéndose.

A pesar del entrenamiento previo que había recibido en Varadero sobre la vida de los campesinos, las cosas que encontró en ambos poblados le parecían de otro mundo.

“La Campaña de Alfabetización no solamente fue la eliminación del analfabetismo, también fue el encuentro de dos culturas: la mía — citadina, poblana—, con un sistema de vida totalmente distinto que, además, teníamos que modificar con un viso de trabajadores sociales sanitarios.

“Teníamos que ver cómo mejorábamos las condiciones de ellos y construíamos una letrina. En la casa donde fui a dar las necesidades se hacían en un cañaveral que rodeaba la vivienda. Las dos mujeres se bañaban dentro del cuarto en un recipiente que ellos llamaban ‘platón’, era como una palangana gigantesca.

“El pozo de donde sacaban agua no tenía brocal. El agua de tomar era la de lluvia, que adquiría un color carmelita al resbalar por el guano. Se acumulaba en un tinajón a través de una teja de zinc. Esa era el agua que se tomaba.

“Yo nunca antes había visto una vaca. La que conocía era la que venía en la lata de leche condensada.”

Miguel Ángel no olvida el momento en que él y Roberto Funes, el otro alfabetizador que lo acompañaba, llegaron a la comunidad en que iban a enseñar.

“Cuando llegamos a la casa había mucha gente, todos los que vivían por los alrededores. Apenas dijimos: ¡Buenas! la gente empezó a aplaudir.

“Yo miraba a Funes y él me miraba a mí. Ninguno sabía qué decir y sentíamos una emoción que nos apretaba el pecho. Entonces alguien de los que estaba ahí gritó: ¡Apunten la fecha, que hoy la Revolución llegó a El Callejón! Eso no se me ha olvidado nunca.”

Y TODOS APRENDIERON…

Miguel Ángel (izquierda) vistiendo el uniforme de alfabetizador. A su lado otro brigadista, Manuel Pardo. Foto: Cortesía del entrevistado

El mozalbete de la ciudad —como se llama a sí mismo nuestro entrevistado— logró un intercambio de culturas sin dolor. Así convenció a Benito, el hombre de la casa en que vivió en San Alberto, de construir un brocal en el pozo. También se identificó con la realidad y las necesidades de la gente que lo rodeaba.

Aprendió que los lugareños “todo lo resolvían con cocimientos”. Aunque por poco tiempo, dispuso de una habitación totalmente para él en El Indio y vivió de cerca el asedio de los bandidos que en las zonas rurales se oponían a la Revolución. Y algo muy importante: conoció asesores soviéticos de mecanización agrícola.

“En aquel entonces todo lo que olía a soviético era interesante. Yo me sabía el alfabeto ruso y tenía una motivación hacia esa lengua.

“Cuando se termina la campaña publican a final de año un tabloide en el que salieron maravillas, carreras de todo tipo, de toda clase. Ese fue el genio de Fidel. Si en medio de aquellos años de una tremenda lucha de clases interna con invasión y todo la Revolución había sido capaz de movilizar a unos 100 000 jóvenes, no nos podíamos ir para la casa o quedarnos en la calle a merced de lo que estaba pasando.

“Esa juventud había que mantenerla y entonces ahí es donde surge el famoso plan de becas. Vi: ‘Escuela para profesores de idioma ruso. Dos años, 119 pesos’ y me dije: ‘Esta es la mía’”.

LIBROS SOBRE LA EPOPEYA

Ya con la experiencia de 70 años vividos, Miguel Ángel tiene dos volúmenes inéditos sobre sus días de alfabetizador. Uno de ellos fue premiado en el concurso organizado por el Museo de la Revolución con motivo del aniversario 50 de la Campaña de Alfabetización.

Durante nuestra conversación rememora las palabras de Fidel a los jóvenes que partirían a fungir como maestros en las más difíciles condiciones, incluidas en su libro Tiempo de crecer:

“Cuando ustedes regresen satisfechos del deber cumplido, orgullosos para toda la vida de lo que han hecho, serán más hombres y más mujeres.”

Así ha quedado este hombre que hoy peina canas, marcado por una experiencia que lo convirtió en mejor ser humano y que le ayudó a perder todos los miedos ante el llamado de la patria.

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