La victoria de Playa Girón el 19 de abril de 1961 la sorprendió movilizada como brigadista sanitaria en una zona de la costa próxima al municipio de Santa Cruz del Norte, hoy provincia Mayabeque. A cuestas, un fusil Garand casi tan pesado como ella. Al día siguiente cumplió los 15 y como pudo los celebró.
“En medio del diente de perro apareció una panetela hecha con boniato. Empezaron a cantar el vals… Yo tenía los pies llagados por las botas y el fusil colgado del hombro, porque no lo podíamos dejar. ‘Desentonaron’ el Danubio Azul. Después parto para la alfabetización”.

Así recuerda Gloria Salomé Nejme Franco tres momentos importantes que le tocó vivir siendo apenas una adolescente: la efervescencia por la primera derrota del imperialismo norteamericano en América, su fiesta de quince y su estreno como alfabetizadora.
Llegó a la antigua provincia Oriente con la delgadez propia de una muchacha de su edad, haciendo todo lo posible para que nadie descubriera que tenía paperas. Finalmente no pudo seguir ocultando los síntomas de la enfermedad.
“Llegué casi deforme y me mandaron a un hospital improvisado, que había en la loma La Vela. Allí empecé a alfabetizar. Enseñé a leer y a escribir a cinco hombres. En aquel momento la mujer campesina empezaba a parir desde jovencita y a atender la casa y todo lo demás.
“Le cogí mucho cariño. Estuve casi siete meses. Después me pidieron terminar de alfabetizar a los que trabajaban allí apoyando el hospital y a los que estaban en los alrededores.”
ME QUEDO EN CUBA
Lo que hace singular la historia de Salomé es su origen social. No nació en medio de privaciones económicas, pues los negocios de su padre le permitieron vivir en un ambiente holgado; y saberes no le faltaban por haber estudiado casi una década en un colegio de monjas. Entonces, ¿qué la llevó con apenas 14 años a abrazar la Revolución que empezaba en Cuba?
“No puedo decir que tuve influencia de nadie. En mi casa no se respiraba Revolución. Yo no pasaba necesidad, pero siempre me tildaban de extraña, porque me gustaba jugar con la hija de la señora que trabajaba en la casa y yo la consideraba mi mejor amiga.
“Simplemente me fui a alfabetizar y cumplí con esa tarea. Era algonuevo construir la Revolución. Cuando se hizo el llamamiento a la alfabetización, ahí yo estuve. Igual con los Comités de Defensa de la Revolución, la Federación de Mujeres Cubanas y las brigadistas sanitarias.”

“Siempre estaba cuestionada por toda la familia. Hasta que empezaron a irse. Cuando dije: ‘Me quedo en Cuba.’, se desentendieron de mí”.
REPARTIR AMOR
La decisión de sumarse a la campaña de alfabetización - proceso que surgió en 1956 en la Sierra Maestra cuando se crearon las aulas y aprendieron a leer y escribir los lugareños y los rebeldes-, marcó la vida de Salomé.
Hoy tiene 70 años y hace sus propias valoraciones con los argumentos que da la experiencia.
“¿Qué cosa es la alfabetización? Repartir amor. La veo como un paso para emprender otro sendero. La disfruté. Ahora tengo conciencia de lo que realmente fue.
“Mi nieto tiene 17 años, es decir tres más que cuando me fui a alfabetizar, y para mí mi nieto es chiquito. No hago comparaciones generacionales porque no es bueno, pero con la edad sí. Cuando yo tenía 14 años me creía ya una gente grande.
“Después que regresé de la alfabetización, mi mamá me celebró los verdaderos quince, según ella. Pero para mí mis verdaderos quince fueron el 20 de abril del 61, movilizada en las costas cubanas. Esos fueron únicos e irrepetibles”.
ADIÓS A LA NIÑA MIMADA
En el año 2014 Salomé recibió el premio Evangelio Vivo, que confiere la Asociación de Pedagogos de Cuba. Tal reconocimiento es el resultado de sus años como maestra voluntaria, guía de pioneros, docente y directivo a nivel tanto municipal como regional en la capital cubana, así como de su vínculo con organizaciones como la Federación de Mujeres Cubanas y la Unión de Jóvenes Comunistas.
También cuenta con la satisfacción de tener consigo a su hijo y a su nieto, aunque – como ella misma afirma-: “Todavía me parece que he hecho poco. Podía haber hecho más”.
Y la pregunta de cierre: ¿De qué sirvió toda esa vivencia?
“Dejé de ser una niña mimada y citadina que temía a la oscuridad y a la soledad.”

















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